domingo, agosto 10, 2008

De ritos y de integración


Una moda de pertenencia
En Sudáfrica, el gusto por los deportes tiene también un carácter social: la mayoría de la población negra, los sectores más desfavorecidos, prefiere el fútbol; en cambio, la población blanca, la de mayores recursos económicos, opta por el rugby y por el cricket. Más allá de esa tendencia, hay particularidades: Bryan Habana, un moreno simpático y enorme, es el mejor jugador de los Springboks.Y en Soweto, localidad de las afueras de Johannesburgo con 3,5 millones de habitantes de raza negra, hay un club de rugby que nuclea a más de 200 chicos.
En el fútbol también hay contraejemplos: Mark Fish, un marcador central de raza blanca, es uno de los máximos ídolos de los Bafana Bafana, el seleccionado sudafricano. Una suerte de Daniel Passarella local, que jugó en la Lazio, de Italia, y que participó del Mundial 1998. Y figura en la Salón de la Fama de la Federación, junto a --por ejemplo-- Doctor Khumalo, ex delantero de Ferro, en los 90.
Pero las calles de Johannesburgo permiten demostrar que se trata de excepciones: la población negra camina con la camiseta del Liverpool, del Aston Villa, de Brasil y también de Argentina; los blancos lucen distintos modelos con inscripciones vinculadas al rugby. Como si se tratara de una moda de pertenencia social.


De ritos y de integración
Hay una afinidad que nace con la espontaneidad de lo natural. Sucede, simplemente. Faltan casi dos horas para el test match en el que los Springboks y Los Pumas homenajearán a Nelson Mandela por su cumpleaños número 90. El playón gigante del Ellis Park, una suerte de mega bar al aire libre, es una sucesión de cervezas que se consumen. En el medio, juntos, se abrazan hinchas argentinos llegados especialmente para la ocasión con hombres gigantes vestidos de verde. Entre todos sostienen una bandera que es un grito del rugby Puma: "Argentina existe". Y los sudafricanos saben el significado: es un pedido que ellos apoyan, que el Tres Naciones tenga cuatro participantes pronto.
El sol es tibio en el mediodía de Johannesburgo. Un cartel gigante dice que Ellis Park en realidad ahora se llama Coca Cola Park. A Butch, un gigante que no mide menos de dos metros y se necesitaría una balanza industrial para pesarlo, poco le importa. El bebe de una jarra en la que caben dos litros de cerveza. No es la primera ni la segunda.
En este lugar, hay muchos otros Butchs que llegaron más temprano: trajeron whisky para tomarlo puro, cervezas de todas las marcas y una parrilla doméstica para preparar unas salchichas que son la cara misma del colesterol. De fondo, se escuchan canciones ochentosas y noventosas: con Roxette, Bryan Adams y Mike & The Mechanics como los más aclamados. Luego se jugará un partido. Pero queda una sensación a esta altura: los ritos previos son más importantes que el juego en sí. En breve, a través de una pantalla gigante, hablará Mandela (no pudo estar presente debido a dificultades para trasladarse). Y se escuchará una ovación.
La mayoría de los que están sentados en las mesas son blancos, grandes y rubios. Pero por allí cerca están unos pequeñísimos morenos recién llegados de Soweto. Son un montón de simpatías que hablan en inglés y en zulú. Ellos pertenecen al Soweto Rugby Club y participaron esta semana de la clínica que ofrecieron Los Pumas y los Springboks. Se acuerdan de Manuel Carizza, con una sonrisa y una frase breve: "Buen chico, nuestro profesor". Ellos no toman cerveza. Juegan juntos con una pelota de rugby. Y se animan a enseñar una frase en su idioma: "N'Kosi Sikelele Africa" (Dios Bendiga a Africa).

Luces, sombras y temores
En Johannesburgo existe una ley no escrita que señala: "De día, todo; de noche, nada". De acuerdo con ello, mientras el sol ilumine sus calles y recovecos no hay un riesgo considerable de que algo malo le suceda. Pero la recomendación continúa: si ve la luna, escape tan rápido como pueda a su casa. Cuentan que entonces caminar por las calles es una osadía propia de quien desconoce tal mandamiento fundamental.
De lo primero se puede dar fe: con luz, Johannesburgo -y sobre todo la zona de Sandton, donde se hospedaban Los Pumas que enfrentaron a los Springboks- luce confortable, cercana, amigable. De noche, según cuentan, suceden las peores cosas.
Un detalle complementario sirve como testimonio: para el Mundial se armará una fuerza especial con más de 30.000 policías para garantizar la seguridad en cada una de las ciudades. La mayoría de ellos desarrollará su tarea en esta Johannesburgo tan encantadora y tan contradictoria.
Lo aconsejan en los hoteles, lo señalan las autoridades policiales en el aeropuerto, ya se lo habían comentado a Los Pumas en Buenos Aires, lo advierten los periodistas. "De día camine; de noche, si no está arriba de un auto andando, es mejor que se quede en su casa", repiten unas voces y otras. Con sólo asomar un poco la cabeza bajo la oscuridad de Johannesburgo se percibe esa paz que antecede a la tragedia. Al menos eso indican quienes conocen los secretos de la ciudad. E intentar comprobarlo no es, claro, el mejor plan.

Post publicado desde Johannesburgo, Sudáfrica.

miércoles, agosto 06, 2008

N'Kosi Sikelele Africa


Contrastes de cada esquina
Johannesburgo es también un territorio de contrastes. No hay matices: el Mercedes Benz flamante, carísimo y blanco es un extremo; en el otro, a unos 10 metros, dos jóvenes flaquísimos de no comer miran el auto desde el último retazo de sol de la tarde. Y así, como esa escena se ven a cada paso incluso a un puñado de cuadras del lujoso Sandton Sun, donde se hospedan Los Pumas que el sábado enfrentarán a los Springboks.
Esta ciudad es la capital de la provincia de Gauteng, la más rica del país y la cuarta economía del Africa subsahariana. Tal vez por eso, para los zulúes, Johannesburgo es simplemente iGoli (lugar de oro). Sin embargo, para muchos otros habitantes del lugar, siempre tendientes a abreviar palabras, es "Joburg" o "Jozi".
En Sandton, la geografía donde habitan los que más dinero tienen, hay edificios gigantes y modernos centros de convenciones; shoppings y autos de lujo. Pero también asoma la otra cara por sus calles prolijas: la de los desamparados y excluidos que piden un rand para sumar varios y comer lo que se pueda. Sucede acá, en el rincón más favorecido, de la ciudad más rica de la primera economía de Africa.


Regina Church, en Soweto.

Bajo el cielo de Soweto
No es un día más bajo el cielo de Soweto. El sol tibio agrada y no parece una casualidad: se trata de la tarde perfecta para cada uno de esos chicos que, ahora, tienen cerca a quienes nunca tuvieron cerca. Bryan Habana, el mejor rugbier del último Mundial, se revuelca por el piso con ellos. Cerca del impresionante wing sudafricano, miran asombrados dos de los integrantes de Los Pumas, Benjamín Urdapilleta y Alfredo Lalanne. Un poco más allá se mezclan Percy Montgomery y Schalk Burger con Alberto Vernet Basualdo y Esteban Lozada. Y junto a Los Pumas y a los Springboks brotan más de 200 chicos. No importa si son blancos o negros o mestizos. Juegan todos juntos al rugby con los mejores profesores que se puede tener en la actualidad. El detalle pasa inadvertido, pero tiene un valor simbólico enorme: es la primera vez que el seleccionado sudafricano de rugby, ahora campeón del mundo, concurre a Soweto.
Por allí, sobre un costado del campo de juego donde todos se divierten, anda también Hugo Porta, embajador argentino en Sudáfrica entre 1991 y 1995 y profundo admirador de Nelson Mandela. Está en Soweto en su condición de presidente de la Fundación Laureus (versión Argentina), que promueve el deporte como una posibilidad de cambio. Le dice a Clarín: "Es muy importante entender lo que se puede conseguir a través del rugby y del deporte. Por ejemplo esto, integración. Para estos chicos, esto es un día inolvidable".
El evento, desarrollado en el Soweto Rugby Club, es una novedad. Hay caras de perplejidad también en Los Pumas que concurrieron (los titulares se quedaron descansando en el hotel de Johannesburgo, por decisión del cuerpo técnico). Sucede que Soweto es justamento eso: una sucesión de asombros. Se trata de un lugar emblemático de los tiempos del apartheid. Allí nacieron, en 1976, las principales protestas de la población negra por la negativa gubernamental a enseñar en idioma inglés.
También cerca de Dobson Ville, donde ahora Los Pumas dan cátedra en la tierra de los Springboks, vivió Nelson Mandela. Y aún ahora habita Desmond Tutu, el arzobispo anglicano que en 1984 ganó el Premio Nobel de la Paz por su militancia contra el racismo.
Esta zona rezagada y excluida durante tanto tiempo tuvo también otra visita de un deportista argentino: en marzo de 1981, Santos Benigno Laciar le ganó por el título mundial a Peter Mathebula, en el Orlando Stadium, a apenas 10 minutos del Soweto Rugby Club. En aquella ocasión, durante los días duros del apartheid, organizar una pelea allí parecía una inmensa osadía de Tito Lectoure. Hubo entonces un operativo de guerra, con varios centenares de policías y militares. Ahora, la sensación es otra: alcanza apenas con un protocolar patrullero para la llegada y la partida del plantel argentino. Acontece, por ejemplo, que cada chico que participa del evento es una alegría que camina, que corre, que pasa la pelota, que tacklea, que se divierte. Como Maweth, un niño habitante de Soweto, que invita desde su cuerpo pequeño y su boca inmensa a todos a jugar con él. No le alcanzan los segundos para tanta felicidad. Cerca de ese chico que parece salido de la película brasileña Ciudad de Dios, Marcos Ayerza, Rafael Carballo, Lucas Borges, Hernán Senillosa, Alvaro Galindo y Manuel Carizza les explican ejercicios con la pelota ovalada. Todos escuchan. Y miran con un entusiasmo inevitable.
Ya cerca del final, Los Pumas, los Springboks, los de Soweto, los de Sandton, los de Johnannesburgo se juntan para cantar canciones en sus idiomas originales. Los argentinos se animan con el "Arroz con leche"; los sudafricanos, con "N'kosi sikelele Africa" (Dios bendiga a Africa) y con "Die Stam" (La Llamada). La escena y las canciones parecen un himno a la integración. Y allí están los rugbiers argentinos, encantados, formando parte de la tarde que Soweto jamás olvidará.


Ese nombre, ese hombre
Nelson Mandela está en todos los rincones de Johannesburgo. Aparece en esa inmensa estatua oscura que lleva su cara y su nombre, en la plaza que también tiene que ver directamente con el Premio Nobel de la Paz de 1993: se llama Mandela Square.
A un puñado de cuadras, un centro de convenciones también le rinde tributo a ese hombre que estuvo 27 años preso, a consecuencia de su militancia contra el apartheid, la política de discriminación racial.
Los comercios y los shoppings también adoptaron el rostro, el nombre, el apellido y hasta los apodos (Madiba y Mkhulu) para ofrecer productos: tazas, remeras, colgantes, ceniceros, gorros. Incluso, Mandela también impone modas: sus emblemáticas camisas multicolor brotan de las vidrieras de los locales de ropa.
En las librerías sucede algo similar: ofrecen biografías y relatos de distintos autores sobre la vida de este hombre que fue presidente de Sudáfrica entre 1994 y 1999 y símbolo de una búsqueda cotidiana, la del fin del racismo.
El sábado también habrá un homenaje: se presentarán los Springboks frente a Los Pumas, en el marco de los festejos de los 90 años que cumplió el 18 de julio. Mientras, su sonrisa mínima y su mirada mansa aparecerán por todos los rincones de la ciudad.

Post publicado desde Johannesburgo, Sudáfrica.

jueves, julio 17, 2008

Benditas sus manos


A Fernando Gabrich lo conocí a principios de esta década por los días compartidos en Clarín. Puedo decir que mi simpatía nació abrazada también a un gol de su hermano Iván, ese grito tremendo para el 2-1 contra San Lorenzo, el 10/9/2000. Pero más allá de que la distancia no nos hizo amigos, siempre existió afinidad.
El es de Chovet, una localidad de 3.000 habitantes en el departamento General López, al sur de la provincia de Santa Fe. No muy lejos de donde nacieron mi mamá y mis tíos, General Gelly. Allí, el campo es un modo de vida, un trabajo, una búsqueda cotidiana y leal. Allí, no se especula con la comida de la gente...
¿Para qué seguir yo? En el texto que continúa el mismo Fernando Gabrich, destacado periodista e inminente escritor, cuenta las sensaciones de quien vio y vivió el esfuerzo de sol a sol. Lo hace desde la Barcelona que habita hace seis años. Como si ahora, el voto de Julio Cobos fuera --entre otras cosas-- una reivindicación para las benditas manos de sus familiares.

Hoy soy feliz viejos. Hoy lloré por las calles de Barcelona. Nadie aquí podía entender mis lágrimas y mi cara de alegría. Me daba igual. Lloré y fui feliz porque mi mente los vio a ustedes felices, en la cama mirando TN y abrazados con los ojos cansados por tantos meses de angustia, de tensión, de irrespetuosidad.
Hoy soy feliz Papi. Te vi como si estuviera sentado al lado de la cama tomando mates con vos. Te vi como no parabas de llorar, como descargabas tanta angustia de todos estos meses en lo que te llamaron hasta golpista y oligarca. ¿Golpista vos que cuando fue el golpe del 76 estabas con el culo sentando arriba del tractor y haciendo lo que único que te enseñó el abuelo Nicola: laburar la tierra. ¿Oligarca vos Papi? ¿Vos, que llegabas a las 2 de la madrugada, con tierra y mugre hasta en los oídos por culpa de la cosechadora que siempre daba problemas? ¿Oligarca a vos? que con 13 años te subías a un tractor a trabajar y tu único anhelo era poder terminar de arar o de sembrar para poder jugar el domingo para San Martín.
Al fin Papi. Al fin un reconocimiento.
Hoy soy feliz Mami. Hoy no pude contener las lágrimas luego de hablar por teléfono con vos. No pude porque nadie tiene el derecho a maltratarte como lo han hecho en estos días. Nadie, por más gobernante que sea, tiene el derecho de imponer. Que saben ellos de las noches que pasaste sola, cuidándonos, porque papi tenía que trabajar. Que saben ellos, los que hablan de cuatro por cuatro, cuando vos andabas en una bicicleta de piñon fijo que te rompía las canillas pero que era lo único que el abuelo te podía comprar. Que saben ellos de criar pollos porque comprarlos en el almacén era muy caro, que saben de juntar los huevos en el gallinero, de preparar dulce de leche casero para la merienda con mate cocido.
Al fin Mami. A fin un reconocimiento.
Hoy soy feliz viejos.
Porque lo vi a Marcos llorando plena madrugada de Rosario abrazado a Yessi, sin importarle un carajo tener que ir al trabajo sin dormir y luego, seguir estudiando para poder recibirse.
Hoy soy feliz.
Vi como Iván se cruzaba hasta la habitación de Ema para decirle: se pudo Emita, se pudo. Vi como una lágrima se escapaba de los preciosos ojos achinados de Ana. La imagine pensando, se pudo. Se pudo.
Hoy soy feliz viejos.
Hoy por fin, después de 34 años y desde la distancia, vi triunfar a la Argentina que no quiere divisiones, ni patoterismo, ni engaños.
Hoy soy feliz.
Por ustedes. Se merecían un reconocimiento.

Fernando.
Barcelona, 17 de julio de 2008.


Post publicado desde Mar de las Pampas.

martes, junio 17, 2008

Finding the Euro

Dinamarca, sorprendente campeón de la Eurocopa en 1992.

Roberto Fontanarrosa solía contar que para él los espacios temporales de referencia estaban vinculados con los Mundiales de fútbol. A muchos nos pasa algo parecido. En mi caso particular, además, podría agregarle a un torneo presuntamente ajeno: la Eurocopa.
El primer recuerdo no tan difuso está asociado con la camiseta de Holanda en la edición de 1988. Con Leandro Sessarego, compañero en tiempos del primario en el Manuel D'Alzon, coincidíamos en que era la mejor de todos los tiempos: tenía distintos tonos de naranja, figuras geométricas, todo una novedad para esos días.
En la de 1992, que se jugó en Suecia, me hice hincha del equipo imposible, Dinamarca. Y con un Schmeichel impresionante se consagró tras arribar como invitado por azares geopolíticos (la exclusión de Yugoslavia). Recuerdo haber llegado tarde a la práctica del equipo del San Román, a consecuencia de quedarme a ver la final frente a Alemania. Me sentí un talismán de aquella consagración.
La de 1996, en Inglaterra, me invita a rememorar mis primeros días en Clarín: vi la final, con Olivier Bierhoff como superhéroe, en la redacción. Y me sorprendí: a casi nadie en la Sección Deportes le importaba mucho el desenlace del partido decisivo entre Alemania y la República Checa. Primero, me pareció insólito. Más tarde leí El Diario de la Argentina, un libro mordaz del impresentable Asís... Y comencé a comprender.
La edición de 2000, jugada en Bélgica y Holanda, la observé más desde el lugar periodístico y del juego. El éxito de Francia era entonces un atentado para mi sensación de que la Argentina del admirable Bielsa era el mejor seleccionado del mundo. Zidane y compañía parecían los dueños del mundo futbolístico, luego de consagrarse como locales en el Mundial de 1998.
A la Euro de 2004, en Portugal, soñé con ir a verla; pero no pudo ser. Y el título de Grecia resultó, luego, inspirador para cada torneo en el que participó mi querido Huracán: pensaba que si ellos pudieron construir un milagro futbolero, todos podemos.
Y ahora, la versión 2008, me convoca a recordar las visitas compartidas con mi mamá Eulalia a esos territorios suizos y austríacos que serán sede de este "Mundial sin Argentina ni Brasil" (esa suerte de lugar común razonable con el que se la suele referir a la Euro). Por todo eso, este torneo para mí tiene también las propiedades de un espejo, un lugar en el que me puedo observar y repasar distintas etapas; y hasta reconocer variadas personas que fueron parte de esos días en los que el campeonato europeo de naciones resultaba una geografía parecida a Neverland.

Osvaldo Bayer, estupendo periodista e historiador, escribió el siguiente texto vinculado a la Eurocopa 2008 en el diario Página 12, el sábado 7 de Junio de 2008. Se trata de un retrato del lado menos grato, que existe, pero que no se exhibe...

Mucho circo y poco pan

Desde Bonn, Alemania.
Toda Europa se prepara para el Campeonato Europeo de Fútbol que comienza hoy. Si comparamos los espacios en los medios de comunicación que se le han dedicado a la Conferencia Mundial de Alimentación que acaba de finalizar con las páginas y páginas que se dedican a los comentarios y reportajes de fútbol, son diez a uno. Diez para el fútbol y uno para el hambre mundial que esa conferencia ha dejado en claro: 800 millones de seres humanos padecen hambre en el mundo; la mayoría, por supuesto, niños. Diez goles a uno: toneladas de papel sobre jugadores, pronósticos, entrenadores, hinchadas. Otros diez golazos en contra para los pobres del mundo.
Que los hay en todos los países. Desde el primer mundo hasta el tercero, cuarto. Sí, leamos por ejemplo el informe de la Asociación Federal de la Mesa Alemana. Es una organización de ayuda a hombres, mujeres y niños que no pueden alimentarse bien por falta de medios. Actualmente, se atiende a 800.000 necesitados en toda Alemania. Se les entrega pan, productos lácteos, fruta y verdura. La razón de este aumento de pobres es la suba que han tenido últimamente los precios de alimentos. Justamente ayer, viernes, se instaló la llamada “mesa larga de la solidaridad”, de 200 metros de largo, en Magdeburgo. Eso se llama verdadera solidaridad. Esta organización comenzó en 1993 en una ciudad y hoy ya hay 785 filiales en las diversas regiones alemanas. Tienen 35.000 ayudantes voluntarios que solicitan a los supermercados, panaderías o carnicerías la donación de productos sobrantes. El presidente de esta organización, Gerd Häuser, declaró a la revista Stern: “La red social no existe más en Alemania. Muchos que reciben del Estado ayuda por desocupado y jubilado, pero también madres solas con hijos, ya no llegan a comer todos los días sin nuestra ayuda”. Agregó que “cada vez aumenta más el numero de niños y los adolescentes que necesitan ayuda. Ya están llegando a una cuarta parte de los que vienen a nuestras mesas. En algunas ciudades llegan ya hasta el 40 por ciento”.
Pienso en la Argentina. En los generosos comedores infantiles que se han ido organizando en casi todos los barrios pobres, a los cuales hay que ayudar. Sí, en el país de las espigas de oro. Hambre, hambre.
El gobernador de Buenos Aires, Scioli, ha dicho hace algunas horas: “Con los alimentos no se jode”. Claro que no. Justamente lo que pasa en la Argentina, donde se ha volcado, como protesta, leche a las zanjas, ha ocurrido en estos días en Holanda y Alemania. Una revista alemana muestra cómo en Holanda se han bañado chicos y grandes con leche derramada por los productores. Que se derrame la leche, que se arrojen a las carreteras los cereales, habla de falta de sentido de respeto a la vida. ¿Por qué esa leche no se llevó gratis a las escuelas y a los comedores infantiles y de adultos o se repartió en los barrios pobres? Lo mismo con los otros productos que se tiraron a la basura. Hubiera sido más directa y simpática dicha protesta si hubieran llamado a la puerta de cada casa y obsequiado a cada uno un vaso de leche. Pero claro, el problema no se reduce a la leche que tiraron o no. No se jode con los alimentos, pero también hay que empezar a gritar: no jodan con la tierra, no jodan con los bienes que pertenecen a todos. Con retenciones o no retenciones no se soluciona el problema fundamental, sino con una reforma agraria bien estudiada, de fondo, en libertad y debate. Por ejemplo, impedir propiedades de tierras mayores a treinta mil hectáreas –como principio– y propender a la formación de cooperativas agrarias con los verdaderos trabajadores de la tierra. Una sociedad verdaderamente democrática no puede permitir que sean las empresas pulpos las que nos digan cuánto tendremos para comer y cuánto se dará para biocombustibles, o se siembre sólo aquello que les da más ganancias. La tierra es un bien público y no de las tendencias del mercado. Son las necesidades de todos los habitantes las que tienen que regir y no de aquellos que paran por unas horas en Puerto Madero. Con la tierra no se jode, tendría que ser el lema argentino.
Lo hemos podido comprender en la reciente Cumbre Mundial sobre la Alimentación, en Roma. Donde concurrieron 40 jefes de gobierno y 4747 delegados. (Nos imaginamos lo que debe haber costado ese encuentro.) Bien, pero ¿qué se resolvió? Primero digamos que por lo menos se comprobó de acuerdo con cifras oficiales que 850 millones de habitantes viven todos los días con hambre y están desnutridos. Que más de una cuarta parte de la suba de precios de los alimentos se debe a los negocios especulativos que se hacen con ellos. (Los argentinos debemos tener bien en cuenta justamente eso y preguntémonos: quién hace los negocios especulativos.)
Quedó claro en la reunión esto de las especulaciones cuando se puso el ejemplo de Ucrania, donde subió de pronto el precio del trigo en un tercio cuando se resolvió dedicar más tierra al cultivo de la colza. O cuando Bush anunció que se iba a promover el bioetanol e instantáneamente se duplicó el precio del azúcar. El Banco Mundial ha declarado que cuando se propuso el aumento de las llamadas “plantas energéticas”, subió el precio de los alimentos entre el 30 y el 70 por ciento. Oficialmente se dijo que hay peligro de hambre en treinta y tres países. Lo dijo en el Congreso el representante de la organización de Ayuda contra el Hambre en el Mundo: “En esta reunión se tendría que haber discutido el peligro de las prácticas comerciales que distorsionan la seguridad de la alimentación de los países en desarrollo.” No, eso no se hizo. Porque, ¿quién le pone el cascabel al gato del sistema? Es un papel que, sin ninguna duda, tienen que tomar en sus manos las organizaciones de derechos humanos del mundo entero, porque nada se puede esperar de delegados que sirven como lacayos de los gobiernos. Es un papel que desde hace mucho tiempo tendrían que haberlo tomado también las iglesias. Pero hasta ahora han dado como única solución recomendar ponerse a rezar. O embellecer todo con palabras que parezcan profundas. En el actual conflicto argentino, el cardenal Bergoglio ha pedido a las partes en litigio un “gesto de grandeza”. ¿Gesto de grandeza a quienes siempre aspiran a ganar más? El mismo cardenal ha empleado la palabra “concordia”. ¿“Concordia” a un sistema que nos ha llevado a esto? Multimillonarios y pobres de pan duro.
No, los problemas hay que solucionarlos y tienen que prevalecer las búsquedas de soluciones para los problemas de los que no tienen ni siquiera para ponerles un pan en la mesa a sus hijos. Porque si no la “concordia” a la que se llegue en la Argentina va a merecer el título que el diario alemán Frankfurter Rundschau le acaba de dar a la conferencia de la Alimentación de Roma: “Gran circo y poco pan”. Ninguna receta contra el hambre.
¿Para eso se gastó tanto en este congreso? Casi cinco mil delegados para ese resultado final.
Pero no todo está perdido, como siempre, el destino nos trae de pronto un hecho humilde, pero logrado con todo coraje civil. Me llega un mensaje de que en Lanús, en mi país argentino, se cambió oficialmente el nombre de la calle coronel Federico Rauch por el nombre de un obrero de ese barrio desaparecido en 1976. Asistió el intendente al acto cumpliendo así la resolución del Concejo Deliberante. Se cumplía así un sueño. Terminar con la glorificación de ese militar mercenario contratado por Rivadavia “para exterminar a los indios ranqueles”. A los cuales degollaba “para ahorrar balas”, como lo dice en sus comunicados. En 1963 pedí en la ciudad bonaerense de Coronel Rauch que el pueblo votara otro nombre. Por ese pedido fui preso 63 días ya que el ministro del Interior de la dictadura militar de ese tiempo era el general Juan Enrique Rauch, bisnieto directo del mercenario. Y ahora en Lanús, a 45 años de mi pedido, se daba el primer paso para bajar del pedestal a quien iniciaba una línea que iba a terminar con la matanza de Roca, que iba a dar el paso a la repartición de la tierra y al origen de los dueños de la tierra que hoy obligan a marcar el rumbo de nuestra economía.

sábado, junio 07, 2008

Espíritu papelero


El Día del Periodista fue establecido en 1938 por el Primer Congreso Nacional de Periodistas celebrado en Córdoba, en recuerdo del primer medio de prensa con ideas patrióticas. El 7 de junio de 1810 Mariano Moreno fundó la "Gazeta de Buenos Ayres", primer periódico de la etapa independentista argentina. Sus primeros redactores fueron Mariano Moreno, Manuel Belgrano y Juan José Castelli.

El Día del Periodista resulta también, claro, el Día de Osvaldo Ardizzone. Porque él fue, sobre todo, un irrepetible. Un personaje tan único que se convirtió en paradigma del periodismo bien escrito. Un hombre de las redacciones y de la bohemia. Lo conocí a través de lo que me contaron quienes compartieron sus días y sus noches, como Héctor Cardozo y Horacio Pagani. Era un tipo sensible, lúcido, frontal, entrañable. Un grande sentado a la mesa de los notables con Roberto Arlt, García Márquez, Rodolfo Walsh, Osvaldo Bayer, Osvaldo Soriano, Juan Gelman... Falleció el 8 de enero de 1987. Nadie lo olvidó.

Lo que sigue es una de sus columnas llamadas Hombre Común, publicada en junio de 1980, en la revista Goles Match. El, mejor que nadie, contó el Día del Periodista. O como tituló su texto: "El día de los papeleros".

Quería contarte, Juan, que el último sábado anduve ahí de festejos... ¿Juergas? No... Bachín de frente. Medio tuco y medio al pesto rociado con una variedad "de la casa" de las capas etílicas de los Greco que recién se hace amigo en la cuarta botella... ¡Qué vas a hacer, Juan! El triste fin de un enólogo... Antes, en las celebraciones, el pedigreé del vino te lo denunciaba el corcho añejo. Ahora, para abreviarte el
trabajo de investigación, te baten que la tapa de hojalata es la más moderna...
Fijate vos, Juan, nos reunimos unos cuantos "muchachos" para conmemorar el día del periodista, el día nuestro, el de los "papeleros" -como nos bautizaron los sagaces filólogos del lunfardismo- y el tema de la noche fue, justamente, ése. El aditamento del calificativo "moderno" para justificar todo tipo de pseudo y artificioso vanguardismo...
Y, como era natural, de la enología con tapa de hojalata, pasamos al laburo nuestro... ¿Sabés que ese bautismo de "papeleros", además de ocurrente, es el más acertado? Porque el periodismo siempre fue el afectuoso matrimonio de una hoja de papel y una máquina de escribir. O el encuentro de una hoja de papel y una pluma de ganso, mucho antes que inventaran la typerwriter. Al cabo ¿qué es un periodista sin
papel y sin tinta?
Hace un par de semanas se presentó en la redacción un pibe que, entre el bagaje de sus dudas, traía esa misma pregunta... Nos contó que pertenecía a la Universidad de
Lomas de Zamora, donde le habían encargado un trabajo sobre ese tema... Y, frente a un pibe de veinte años que te observa con los ojos asombrados y ávidos de respuestas, te tenés que despojar del saco, de la camisa, y ofrecerle al strip tease de tu mayor sinceridad...
¡Vos querés escribir, no, pibe? -le pregunté. No, porque aunque parezca pintoresca la pregunta, si querés ser periodista, no es imprescindible que escribas... Se pueden leer noticias, hacer reportajes y preguntar, por ejemplo... "¿Qué opina usted de la popularidad?". O entrevistar a la reina del sorgo y sorprenderla con una aguda requisitoria como podría ser... "¿tiene usted novio?", o, en una de ésas... "¿es usted feliz?" ¡Hay tantas preguntas importantes para hacer! Además, pibe -le advertí-ni te imaginás la competencia que tendrás que enfrentar... ¿Por ejemplo, vos entendés de horóscopos, con preferencia en el aspecto sentimental? ¿Sabés decir, en el momento oportuno, un colalogo y volvemos?
Y volviendo al festejo de "nuestro día", te confieso que "el perlado de la casa" concluyó por sumirme en una densa melancolía... ¿Y a qué te lleva la melancolía? A la nostalgia... Entonces ni se como recordé -y lo comenté en la mesa- unas palabras que decía mi abuela cuando alguna de las muchachas casaderas del ghetto gringo, era festejada por unos de esos periodistas de aquel tiempo... Uno de esos tipos introducidos en un paletó ya raído, de ojos soñadores que parecían más profundos en la palidez hambruna de su cara angulosa. ¿Periodista? -preguntaba la abuela con acento profético... "Per la fame a persola vista", concluía en su dialecto invadido
de cocoliche. "Por el hambre perdió la vista". ¡Sí viviese la abuela!
No, abuela, ya no son más aquellos escuálidos idealistas de la sempiterna bohemia un tanto anárquica "que perdían la vista" en aquellos ayunos y en aquellas interminables vigilias en las que solían frecuentar el trato de los maestros, a la luz macilenta de un humeante quincé... Ya no sueñan con la encendida defensa de sus improstituibles convicciones. Queda muy poca lírica, abuela. Ahora, prevalecen más las ambiciones que los sueños... Hay otro espécimen que tipifica la profesión. Por otra parte, con un mínimo caudal de notoriedad se puede ser "firma" apetecible... Basta con llamarse Menotti, por ejemplo. O, en todo, caso, Vilas o Reutemann, o podría llamarse Omar Sívori... Una especie de Jet Set del periodismo, que nada tiene que ver con la esencia "papelera". ¡Ah manes de Frascarita, de Borocotó, de Last Reason, de Roberto Arlt...!
Después, quedan los profesionales en mimetismo político, los "hábiles" en promover campañas sutiles, los "gourmets" del reportaje, los expertos en la problemática "a nivel de pareja", los abnegados consejeros de la familia unida, los compla- cientes advenedizos, los que están enemistados con el idioma, los que se ponen palabras como camisas...
Estaba ya alta la madrugada cuando nos despedimos. En los quioscos ya estaban ordenando el tributo cotidiano que vomitan las gigantes rotativas. Noticias, noticias, el mundo, la Vida... Éramos cuatro los protagonistas del anónimo festejo... Los cuatro compramos el diario, como siempre, como toda la vida... "Fíjate lo que te predice el horóscopo" -me dijo Antonio con expresión burlona-. "En una de ésas, quien te dice, te toca echar buena..."
¿Y querés una confesión, Juan? Cuando me hube instalado en el tren que me lleva a mi refugio sureño, disimuladamente, le eché una mirada a Escorpio... "Gran semana para intentar negocios" -alcancé a leer-. "A nivel pareja, plenitud de sentimientos amorosos en los días ocho y nueve". Y agregaba el vaticinio... "Cuidado con el día diez", presagio que, para que te voy a negar, me preocupó bastante... ¿Vos te reís, Juan? ¡Qué vas a hacer! Uno concluye por adaptarse, como con las cepas etílicas de los Greco añejadas con tapitas de hojalata...
¡Ah, me olvidaba...! ¿Sabés que le dije al pibe de la Universidad? Que le meta adelante con el periodismo. Que es la mejor profesión del mundo. Más que periodista, "papelero". Una hoja de máquina, un papel y... un montón de sueños... ¿Ouerés que te diga una cosa? Tenia la cara limpia y hasta le escuché el sonido cristalino de esa campana que todos los "papeleros" llevamos adentro...

martes, junio 03, 2008

Anónimo superhéroe

Leonardo Almanza define ante Sanmartino y con ese gol mandará a Excursionistas a la Primera C. Sucedió el 27 de mayo de 1995, en la cancha de Platense. Se trató de una tarde feliz para un barrio feliz, mi queridísimo Núñez de la niñez.

El siguiente texto lo publiqué en Clarín, en el suplemento deportivo del 2 de junio de este año. Se trata de un homenaje a quien permitió aquella alegría de hace 13 años, en plena adolescencia:

Almanza, el Poy del Bajo Núñez

Leonardo Almanza nunca jugó en la máxima categoría del fútbol argentino. Sin embargo, tiene su propio día en la historia: el 27 de mayo de 1995, hizo dos goles para Defensores de Belgrano en el último Clásico del Bajo, ante Excursionistas. La consecuencia fue devastadora para el club de La Pampa y Miñones: descendió a la C y nunca pudo regresar. Incluso este año corrió riesgo de descender a la D, la última categoría de la AFA, por primera vez en sus 98 años.
Para los hinchas del club del Bajo Núñez, aquel triunfo resultó el más importante de la historia reciente de Defe, que ahora milita en la Primera B. No sólo eso: cada mes de mayo se celebra en la cancha de Comodoro Rivadavia y Avenida del Libertador la Copa Almanza, un torneo entre hinchas para evocar aquel encuentro disputado en Platense. El año pasado el rito incluyó la participación de Almanza, quien como en aquella tarde de 1995 definió ante la salida de un arquero ocasional para delirio del pueblo defensorista. Algo parecido a la fiesta que desarrollan cada 19 de diciembre los hinchas de Rosario Central con la Palomita de Poy, por aquel gol ante Newell's, en 1971, en el Monumental.
Almanza nació el 22 de enero de 1974, en Merlo. Llegó a Defensores en 1993 y jugó hasta 1995. En 1998 regresó por un puñado de partidos. En total, disputó 33 encuentros e hizo apenas cuatro tantos. También se puso la camiseta de All Boys, Temperley y Deportivo Italiano. Entre la segunda y la tercera categorías, actuó en 101 encuentros y convirtió 18 goles. El también sabe que aquellos dos gritos bajo el cielo de Vicente López no tendrán olvido. Por las dudas, de todos modos, los hinchas de Defensores de Belgrano se lo recuerdan todos los años, cuando llega mayo y brota la añoranza inevitable. Como sucedió ayer.

martes, mayo 27, 2008

Maestros sin pizarrón


Nacho Uzquiza, amigo y compañero en algunos proyectos especiales de Clarín, me convocó para participar en su muy buen blog: Periodismo de los buenos. Y procuré mantener el espíritu de Tributo: la gratitud para esas personas significativas que se brindaron generosamente en nombre de que sea mejor.

XXXX

Un autor desconocido escribió lo que sigue:

Quisiera hoy detenerme
Para hacer un homenaje
A ese ser tan importante
Que modifica la vida
De quien lo encuentra y transita
Con dolor, con alegría
A través de su faena.

Es el principio de un poema titulado "Maestro", una suerte de tributo a todos aquellos que de algún modo recorrieron --incluso sin pretenderlo-- tal camino.

Fui al colegio San Román, en Belgrano, desde Jardín de Infantes hasta quinto año. Tuve docentes a los que quise, a los que valoré y a los que aún recuerdo. Muchos de ellos fueron entrañables formadores en el marco de las aulas.

Después empecé la carrera de Derecho en la UBA, me recibí de Periodista Deportivo, estudié Publicidad en la UADE y ahora estoy cursando Sociología en la UNQ. En todos y en cada uno de esos lugares me encontré con profesores capaces y de los otros; con algunos cuyas clases eran una invitación al asombro; con otros que se permitían romper la asimetría de la relación con el alumno en nombre de una mejor llegada... Disfruté a muchos y padecí a unos pocos.

Pero en ese recorrido que ya lleva tres décadas conocí otros maestros, a partir del ingreso al día a día de la profesión. Me crucé con tipos que no necesitaron pizarrón para enseñar. De ellos aprendí lo mejor: un puñado de leyes no escritas; algunos secretos respecto de cómo advertir ventajeros; la certeza de que siempre lo primero es la idea; la capacidad para soportar derrotas; la confianza en que después de un vendaval siempre asoma una oportunidad; el valor de la reunión con amigos como medio para crecer, para conocer; la militancia por cierta bohemia en retirada...

El Flaco Aisenberg fue el primer crack. Un gesto ampuloso y su divina verborragia transformaban un error en una lección. Todo con un sentido del humor eficaz e invariablemente con el término justo. Cuentan quienes comparten cada día con él que aquellas escenas no perdieron actualidad.

Casi en simultáneo, conocí a Pedrito, el papá de Nacho Uzquiza. Créanme: cada regreso compartido en auto hasta Callao y Arenales, donde me despedía, era una clase de la vida. Y una resurrección de un Buenos Aires con otros códigos, con personajes menos acartonados y menos individualistas.

El Negro Cardozo, amigo de Pedro, resultó siempre un remanso en ese vértigo habitual de los editores. Cada café con él era (y es) un mundo que se revela: aquel Rosario de vivillos queribles, aquel fútbol sin nomenclaturas catastrales (nada de 3-3-1-3 o 4-3-1-2 o 3-5-1-1 como solemos referir ahora), aquella vida en la que había lugar para lo lúdico y para los ritos del barrio.

Más tarde, ya en 2001, llegó Oscar Barnade, aquel Angel del Puerto que leía en la Sólo Fútbol. Redescubrí, gracias a él y con él, un montón de historias encantadoras. Encontré todos los elementos para demostrar que el fútbol no empezó con el Profesionalismo en 1931, ni con la Libertadores en 1960, ni mucho menos con TyC en los 90. Pero sobre todo, Oscar significó un espejo para celebrar un aspecto imprescindible de cualquier tarea: la pasión.

Más cerca en el tiempo, y también por los vaivenes de la profesión, apareció delante mío el inmenso Beto Angeletti: un catedrático de la sencillez. Escucharlo es estar en etapa de formación permanente. Un hombre capaz de contar en cinco minutos y sin vueltas lo que a algunos les viene costando varias temporadas de palabras huecas y aburridas.

Ellos, sin querer, me invitaron a mejorar, a conocer, a hurgar, a mirar, a pensar, a ofrecer. Ellos, también sin querer, resultaron y resultan mis maestros sin pizarrón. Por eso, ahora, Flaco, Pedrito, Negro, Oscar, Beto: brindo mis disculpas por no ser lo bueno que ustedes merecen. Por no entregar razones para su orgullo. Sepan perdonar.

domingo, mayo 18, 2008

Un espacio de pertenencia

Ser hincha de Huracán es como señalo en el Blog Quemero: "No se trata de la seducción de algún éxito pasajero; tampoco de una imposición de la implacable parafernalia mediática. Ser quemero es una cuestión de pertenencia. Una preciosa herencia inmodificable." Por eso hoy, ante la inminencia del clásico contra San Lorenzo, escribí lo que sigue. También pensando en mi viejo, Eladio, que si estuviera, se habría ubicado bajo el cielo de este domingo en la bandeja del medio, sobre la calle Gavilán, en el Diego Maradona.


Hoy.
Hoy estaremos todos.
Hoy creo que todo es posible.
Hoy vas a estar vos y mi viejo, que ya no está.
Hoy quiero arrancarme el corazón y tirarlo a la cancha, a modo de tributo.
Hoy vamos a ser un montón, seguro.
Hoy estaremos los que sabemos de dolor futbolero, los que sufrimos jugar en Quequén y en Villa Krause.
Hoy gritaremos sin pausa aquellos que lloramos en la cancha de Vélez, contra Italiano.
Hoy dejaremos la garganta por una reivindicación deportiva, por un triunfo memorable.
Hoy llevaremos los talismanes de los días felices y recientes: los que facilitaron el gol del Turco, en la cancha de Los Andes; los que se abrazaron a la noche y con Di Carlo, en el Ducó, contra Quilmes; los que fueron a Mendoza, para ganarle a Godoy Cruz...
Hoy creeremos que el espíritu de anteriores victorias también estará: el inmenso uruguayo Pedro Barrios, el Guapo Flores, Iván Gabrich, la Bruja Berti, Emanuel Villa..
Sí, sí, hoy tenemos que estar todos. Hoy, como cuando los dejamos sin bicampeonato y en silencio, en el Nuevo Gasómetro, en el tan cercano noviembre.
Hoy, hoy más que nunca, tengo la fe de los que ya no están, pero aparecen como duendes indelebles. Los de la década del 20; los de Masantonio y de Baldonedo; de Mellone y de Ricagni; del Inglés y de Miguelito; del Loco Houseman... Y de todos los que vinieron después...
Hoy, justo hoy, quiero aferrarme a la posibilidad de una fiesta, de un domingo para la historia.
Hoy, dejame que sea hoy, quiero que San Lorenzo se quede de rodillas...

viernes, mayo 02, 2008

Melián, Platense, el Polaco y La Sirena


Saavedra, en su difuso límite con Coghlan, fue la escenografía de toda mi adolescencia. Nos mudamos a la casa de Melián, a la vuelta del emblemático restorán La Sirena, cuando tenía 13 ó 14 años. Para volver del San Román me tomaba el 130, cuando todavía lucía su condición de tricolor: azul, rojo y blanco. También pasaban (y siguen pasando) el 76, que me llevaba a La City y a Federico Lacroze, y el 67, que me trasladaba primero a la Cultural Inglesa de Belgrano y luego al diario, allá lejos en Constitución.
Allí, en ese Saavedra tan porteño y tan propio, desarrollé ritos barriales que ya son imposibles: ir a comprar El Gráfico y/o la Sólo Fútbol, el lunes a la noche, recién llegados al kiosko de la Avenida; o pasar por la casa de videojuegos en los que todavía estaba el ochentoso Ms. Pac Man; o buscar la pizza en la esquina de Crisólogo Larralde y Del Tejar, cuando el delivery no era todavía una comodidad; o pasear a Dandy o a Otto por el Parque Saavedra; o escuchar mitos y leyendas del Polaco Goyeneche, asiduo concurrente a La Sirena; o simpatizar por cercanía con algunas circunstancias históricas de Platense; o... (continuará)

Lo que sigue lo publiqué en Clarín, en abril de 2002. Y tiene que ver con esa herencia de los días de ese difuso límite entre Saavedra y Coghlan:

Platense es paradigma del club barrial, una suerte de fervor de Buenos Aires criado en Saavedra y luego volcado a su frontera más cercana, Vicente López. Es el club del Polaco Goyeneche, el del sabor a tango, el que se fundó con espíritu burrero, el 25 de mayo de 1905: ese caballo ganador de nombre Gay Simon permitió sumar los primeros billetes para construir un equipo de fútbol; el jockey fue el inspirador de los colores de la camiseta, marrón y blanco; y el stud le aportó su nombre, Platense. Ese club entrañable que tuvo su estadio primero en Manuela Pedraza y Blandengues y luego en Crámer y Manuela Pedraza, ahora sufre más de lo que goza al borde de la General Paz.
Platense es ese club que debutó en Primera en 1913, en tiempos del amateurismo, que fue subcampeón en 1916, que coqueteó con su gloria más grande en el Metropolitano del 67 cuando el Estudiantes de Osvaldo Zubeldía lo eliminó en semifinales tras un partido épico, que terminó 4-3. Platense es el mismo que cobijó figuras como Eduardo Oviedo, Julio Cozzi, Antonio Báez, Miguel Juárez, Raúl Grimoldi, Carlos Bulla, Sebastián Gualco, Santiago Vernazza, Carlos Alfaro Moreno, Eduardo Coudet. Platense es el mismo que se pasó buena parte de su vida riéndose en la cara al descenso: como en el 77, el 78, el 79, como en casi cada año de la década del 80, como en ese 1986 del Pampa Gambier y la definición con infartos contra Temperley, en desempate. Platense es el equipo que alimentó su fama, casi con carácter de leyenda, de Fantasma del descenso rompiendo cualquier pronóstico de adiós. Platense es también ese equipo que hoy padece su descenso, el segundo en tres temporadas, el primero a una tercera categoría. Por eso el sábado —20 de abril de 2002— quedará como el más triste de su historia, el día que hirieron de muerte a ese fantasma peligroso para los rivales y querible para todos.

sábado, abril 26, 2008

El cielo gira


En Aldealseñor, un pueblo de Soria, España, quedan sólo 14 habitantes, la última generación de mil años de historia ininterrumpida. Hacia allí fue ella, la directora del documental, Mercedes Alvarez, tras los pasos de su gente, tras su identidad, para reconstruir el rompecabezas de su infancia, para darles vida a los que impulsaron la de ella, para rendirles homenaje a quienes ya no están. El resultado es una entrañable película, El cielo gira, en la que encontré un espíritu idéntico al de este Blog: la voluntad del merecido tributo a las raíces.

Cine:


Un fragmento de El cielo gira.

Más:
Detalles de la película, en IMDB.

martes, abril 01, 2008

En un rincón de Núñez y de la infancia


Defensores de Belgrano fue, es y será para siempre un encatador pedazo de mi vida. Allí, en la vieja canchita de papi que ya no está, la del corner de la tribuna que da a IMOS, jugué varios de mis mejores partidos de fútbol, cuando iba a la Colonia del Club. También en ese escenario en el que a los compañeros de equipo se los elegía luego del ya desaparecido pan y queso conocí a varios amigos de los tiempos de niño: como Pablito Corigliano y Damián Onzari, acompañantes en las primeras tropelías. O como el Armenio Emiliano Chimchirian, ya en los primeros años de la adolescencia. O como tantos personajes que, a la distancia, adquieren un carácter entre mágico y difuso.

Vívía en la casa de Campos Salles, a tres cuadras y media de la estación Núñez. Siempre fui hincha de Huracán, pero ir a Defe formaba parte de la agradable rutina barrial. Y por añadidura, en paralelo a la militancia quemera, brotó con naturalidad un espacio rojinegro en el corazón. Claro, Defe era el lugar en donde el mundo del fútbol se revelaba. Ver los botines del Torito Zuviría, saludar a Hugo Cantero, desearle suerte a Reginaldo y hasta jugar a las cartas con Fabio Sánchez y Fumaroni, un delantero juvenil que solía ir al emblemático solarium de la pileta del Club, era parte de ese fascinante ambiente. Incluso mi hermano Alejandro, mi ídolo deportivo de ese tiempo, jugaba en las inferiores hasta que comenzó el CBC.

En el Club, también, descubrí las primeras chicas guapas de la vida. Esas historias de Primaria que invariablemente nadie olvida porque conducen al beso inaugural. Carolina, Romina, Roxana, Aída... Aquellas inocencias sin interrupción.

Esto, entre otras cosas, es Defe para mí. Por eso, cuando Martín Sánchez --talentoso y sensible periodista de Clarín-- se decidió a escribir el Libro del Club y me convocó para que redactara el capítulo de los tiempos fundacionales lo tomé como un regalo bendito. Fue como un homenaje a aquellos días, a aquel rincón de Núñez y de la infancia.

Lo que sigue es el primer tramo de ese texto.

El sueño de los héroes
Era un Buenos Aires en el que el Carnaval tenía el valioso significado que el tiempo y algunos hábitos modernos deshicieron. El carnaval era, en las primeras décadas del siglo pasado, como lo contó Adolfo Bioy Casares en El sueño de los héroes. Una suerte de berretín entrañable e inevitable, con alegrías y excesos, con el culto por la amistad y por la juerga.

El carnaval recorría los barrios, con su color y sus misterios, con sus guapos y sus minas. En 1906, en el barrio de Belgrano, empezó --entremezclado con el carnaval-- la vida de un club ya centenario. En el libro Club Atlético Defensores de Belgrano: Historia de una pasión se relata: "Una barra de amigos alegra el corso y se gana el corazón de los vecinos. Habían conformado una ruidosa comparsa y con esa mezcla de espíritu alegre y picardía en sus canciones, donde la armonía musical importa menos que el mensaje cargado de doble sentido, redondean una exitosa actuación".

Según cuenta la historia y también la leyenda, el 25 de mayo de 1906, el día de la fundación del club, había dos grados de temperatura a las seis de la mañana. Aquel mismo grupo de jóvenes entusiastas, que había llamado toda la atención con su bullicio en pleno carnaval, se reunió en la esquina de Monroe y O'Higgins para poner en común un deseo compartido: jugar al fútbol. Y para no tener que esperar hasta el carnaval siguiente, deciden fundar un club al que resuelven llamarlo Defensores de Belgrano Foot-ball Club.

Todos ellos tenían una prioridad lúdica. Sólo los movilizaba el deseo de jugar al fútbol en la plaza del barrio, entonces ubicada entre las calles Nahuel Huapí, Arcos, Guanacache y O'Higgins, y participar en las Ligas Independientes de Buenos Aires. El primer presidente elegido Juan Pasquale, al que secundaron Miguel Giacomelli, Jaime Cortella, Eduardo Molinari y Francisco Sasso. Cuatro horas después del comienzo de la reunión, y cuando el termómetro ya no mostraba la inclemencia de los dos grados, ellos ya tenían un acta fundacional de diez puntos. El espíritu de aquel reglamento es también un mensaje para este tiempo: "Formar una única comunidad de belgranenses, buscando el bien común, la fraternidad, y el alto espíritu de solidaridad que aquí nos convoca. Y alimentar los sueños de grandeza que el barrio y cada uno de sus habitantes merece, enriqueciendo su ya distinguido acervo cultural".

Luego de ese día fundacional, la institución fue tomando forma, pero siempre con la bohemia involucrada. Las primeras reuniones y asambleas, por ejemplo, se desarrollaron entre las achuras y los costillares de la carnicería de los hermanos Pasquale. Sin embargo, la primera sede provisoria fue el local de O'Higgins y Monroe. Y desde allí salió el primer equipo que vistió la camiseta de Defensores de Belgrano, integrado por: Juan Bramante; Carlos Puriccelli y Juan Pasquale; Pedro Luna, Felipe Bordegaray y Santiago Ravizza; Raúl Bonahora, Ramón Puente, Arnulfo Leal, Mariano Acerbi y José Alejandro Pasquale. Como suplente, José Giulidore...
En un principio la camiseta era de color celeste con vivos rosas. Pero luego cambió por los definitivos rojo y negro, que tomó de un club que se había fundado en Montevideo, unos meses antes, llamado entonces Misiones Foot-ball Club. El mismo club al que hoy se conoce como Miramar-Misiones.

La primera cancha estuvo en la en la actual Plaza Alberti, en el barrio de Belgrano. Pero en 1910 la perdió porque la municipalidad remodeló la plaza. En esta cuestión, la historia nos ofrece dos versiones. Una cuenta que gracias a las gestiones del Sr. Berón de Astrada ante las autoridades municipales, se logró el otorgamiento de un terreno dentro del predio que ocupaba la Sociedad Sportiva, donde hoy se encuentra el club. La otra sostiene que el Barón Demarchi, Director de Paseos de la Municipalidad de Buenos Aires y gran amigo de Jorge Newbery (también inspirador y mecenas de Huracán en sus días fundacionales), ofreció una fracción de tierra ganada al río, un predio situado entre las calles Republiquetas, Blandengues y el Arroyo Maldonado. A partir de entonces, fue clave el consejo de Angelito Pasqueale, hermano del presidente del club, quien aconsejó elegir la esquina que forma el Arroyo Medrano (hoy entubado y que corre debajo de la calle Comodoro Rivadavia) con la Avenida Blandengues (hoy Avenida del Libertador). En aquel tiempo, esa esquina que era un retazo de barro.

La razón que inspiraba a Angelito era sencilla: aprovechar las gradas de madera que la Municipalidad había dejado allí apiladas, tras el del desfile militar del centenario de la patria. Así, los tablones terminaron siendo las primeras tribunas y con ellos se construyeron las casillas que se utilizaron como vestuarios. Y así se hizo. Con el esfuerzo de socios, jugadores, dirigentes e hinchas, que trabajaron de sol a sol a cambio del orgullo de pertenencia, el club tuvo su cancha definitiva...

Fuentes:
"Club Atlético Defensores de Belgrano: Historia de una pasión" (de Román Queiroz).
"Historia del Fútbol Amateur en la Argentina" (de Jorge Iwanczuk, 1992).
Sitio web del club: www.defe.com.ar.
Boletines del Centro de Investigación de la Historia del Fútbol (CIHF).
Oscar Barnade, historiador y periodista de Clarín.

sábado, marzo 15, 2008

Recuerdos sin descenso


Ariel Scher es un notable periodista que da clases más allá de los márgenes de las aulas. Está ahí, con tiempo para escuchar casi todo y a casi todos. Está ahí, con palabras para acompañar dolores y deshacer angustias. Está ahí, sin quebrantos, para los días duros. Está ahí, para invitar inquietudes, para sacudir lugares comunes, para resucitar leyendas y memorias. Está ahí, también, para ubicar las palabras mejor que cualquier otro par, para decir, para contar, para mostrar un mundo a través de un espejo fascinante: el fútbol.

Lo que sigue es un texto que él publicó en Clarín en agosto de 2007, en su columna De Rastrón. Ayer lo releí. Y redescubrí, como sostiene el sabio pescador del relato, el espíritu de este blog: "Los recuerdos nunca se van al descenso".

Memorias del pueblo donde el fútbol era la medida de todas las cosas

Fue en un pueblo apoyado sobre el río donde la sobrina del Roto nació, creció y aprendió que los penales son una excusa para que la Tierra quede brevemente en silencio. Según contó el propio Roto en el Bar de los Sábados, su escenario semanal para rememorar partidos y oler café, en ese pueblo el fútbol era el centro de todas las cosas. Tanto que, por ejemplo, los pescadores usaban viejos gajos de pelota como carnadas y les funcionaba con éxito porque hasta los cardúmenes, contagiados por la gente, eran futboleros. Para la sobrina del Roto, la vida resultó una combinación de armonía cotidiana y goles emocionantes mientras la albergó ese sitio. Pero una tarde, empujada por las mismas tentaciones y los mismos misterios que empujan a millones, se mudó a la gran ciudad.

Antes de que nadie le hiciera alguna pregunta en el Bar de los Sábados, el Roto detalló con el alma lo duros que se hicieron los días para su sobrina en la gran ciudad. Había mucho fútbol, desde luego. Pero no era el centro de todas las cosas. En la gran ciudad, vertiginosa, devoradora y brutal, nada era el centro de todas las cosas y miles de individuos se desplazaban sin parar, como si cada uno fuera una flecha indiferente. Es cierto que se producían goles emocionantes pero tampoco eso traía sensaciones de armonía. "Mi sobrina respiraba una vez abrumada y otra vez angustiada y hasta llegó a creer que en la gran ciudad no quedaba espacio para el silencio ni siquiera cuando había un penal", relató el Roto, como si estuviera impregnado de aquel estado abrumador y angustiante.

Con los años, y de nuevo igual que millones, la sobrina del Roto se terminó acomodando a la gran ciudad. Hizo estudio, hizo trabajo, hizo tardes de tribuna, hizo hijos. Y lentamente perdió el espanto a las multitudes indiferentes. Pero le surgió otro miedo: el miedo a olvidar. La aterraba la posibilidad, que intuía certera, de haber perdido en el pasado las lógicas de ese pueblo, su pueblo, en donde el fútbol era la referencia máxima y, sobre todo, un eje alrededor del cual circulaba una existencia de calmas. Entonces volvió.

Encontró al pueblo un poco idéntico y un poco diferente. Ansiosa, fue hasta el río y le confesó al primer pescador que tuvo adelante la dimensión de ese miedo que la perseguía. El pescador la escuchó con paciencia de pueblo, la entendió con tanta naturalidad como un goleador que cuenta cómo definió una final, y le devolvió una frase bien de tribuna, una sola, con la que de una sola vez le quitó para siempre los miedos, le certificó que en ese pueblo y en miles de pueblos el fútbol seguía siendo un recurso para explicar el mundo y le confirmó que ni se había olvidado ni jamás se olvidaría de nada:

-Puede quedarse tranquila: los recuerdos nunca se van al descenso.
En el Bar de los Sábados, el Roto contó que, entonces, su sobrina abrió los ojos felices y vio cómo el pescador, todo un sabio, sacaba de las aguas un ejemplar precioso. Por supuesto, usaba una carnada hecha con viejos gajos de pelota.

jueves, febrero 28, 2008

También tu amor...

Francisco Villaespesa (1877-1936) fue un poeta, periodista, dramaturgo y novelista; nacido en Laujar de Andarax, pequeño pueblo de la provincia de Almería, perteneciente a la comunidad autónoma de Andalucía, España. Estudió en la universidad de Granada y a los 20 años trasladó su residencia a Madrid para dedicarse al periodismo. Allí colaboró en muchas revistas y diarios de España. Recorrió varias veces la América española como empresario teatral y recitador de sus poemas. Ferviente admirador del poeta nicaragüense Rubén Darío, fue su mejor discípulo y el más genuino continuador del estilo modernista iniciado por éste. Acá, un poema (y su versión actuada y fílmica como bonus) que retrata un diálogo entre la madre y su hija. Un poema que, sin pretenderlo, también refleja a Eulalia...



Balada de Amor

- Llaman a la puerta, madre. ¿Quién Será?
- Es el viento, hija mía, que gime al pasar.
- No es el viento, madre. ¿No oyes suspirar?
- Es el viento que al paso deshoja un rosal.
- No es viento, madre. ¿No escuchas hablar?
- El viento que agita las olas del mar.
- No es el viento. ¿Oíste una voz gritar?
- El viento que al paso rompió algún cristal.
- Soy el amor -dicen-, que aquí quiere entrar...
- Duermete, hija mía..., es el viento no más.

Antología de poetas españoles. Chile, Nascimento, 1947.

miércoles, febrero 27, 2008

De sueño y de ternura

Baldomero Fernández Moreno (1886-1950) fue un poeta argentino, considerado uno de los más importantes exponentes de la corriente llamada sencillismo. Hijo de comerciantes españoles, pasó parte de su infancia en Santander, a orillas del Cantábrico. De regreso a la Argentina, obtuvo su título de Doctor en Medicina y comenzó a ejercer su profesión en Chascomús, provincia de Buenos Aires.
A los 29 años publicó el primero de sus seis libros de poesía. En sus poemas se mezcla el más intenso erotismo y la más alta espiritualidad, producto de su inspiración en dos mujeres cuya identidad siempre permaneció en misterio. También surge la ternura, al evocar a su madre. Como en este caso:

Duerme

La madre ha logrado
dormir a su hijito.

Una obra maestra
de pequeños suspiros,
de menudas palabras,
de amenazas, de mimos,
de dulces cancioncillas,
de voluntad, de instinto...

No respiremos casi.
El niño se ha dormido.

Poesía y Prosa. Centro Editor de América Latina, 1968. Herederos de Baldomero Fernández Moreno.

martes, febrero 26, 2008

Tus ojos, pero en negro

Retrato de la estupenda poetisa uruguaya Delmira Agustini.

Delmira Agustini (1886-1914) fue una de las más destacadas poetisas del Modernismo. Su corta vida transcurrió en Montevideo, alterada, sobre todo, por los avatares y el final dramático de su peripecia sentimental: su pasión por Enrique Reyes, el matrimonio entre ambos, la separación, el divorcio y su asesinato a manos del antiguo marido, convertido en amante. Eso no impidió a la Nena (su apodo familiar) desarrollar una obra poética notable, que contó con la aprobación elogiosa de sus contemporáneos. Rubén Darío, por ejemplo, la elevó hasta la cúspide de la literatura española. La comparó con Santa Teresa. En Pórtico, Darío la proclama como la única, desde la Santa, en expresarse como mujer. Ahora, se reproduce un poema, que ella también le dedicó a su madre al realizarlo.

Ojos-nidos

Para mi madre

Entre el espeso follaje
De una selva de pestañas
Hay dos nidos luminosos
Como dos flores fantásticas.
¡Nidos de negros fulgores!
¡De oscuras vibrantes llamas!

Y allá: dentro de esa selva
De follaje negro, espléndido,
En el fondo de esos nidos
Como flores de destellos,
¡Agita sus ígneas alas
El ave del Pensamiento!

Obras Poéticas. Ministerio de Instrucción Pública, Montevideo, 1940.

domingo, febrero 24, 2008

Después de tu adiós

Un retrato del bilbaíno Miguel de Unamuno realizado por un coterráneo del escritor: el notable Juan de Echevarría.

El siguiente poema lo escribió Miguel de Unamuno (1864-1936), escritor y filósofo que perteneció a la Generación del 98. Ahora, le escribe a Eulalia desde el compartido Reino de los Cielos.

Hasta que se me fue no he descubierto...

Hasta que se me fue no he descubierto
todo lo que la quise;
yo creía quererla; no sabía
lo que es de amor morirse.
Era como algo mío entonces, era
costumbre..., que se dice...;
pero hoy soy suyo yo, soy de la muerte
a quien nadie resiste.

Al irse nació en mí... ¡no!, que en torturas
en ella nací al írseme;
lo que creí yo sueño era la vela;
he nacido al morirme.

Por fin ya sé quién soy... no lo sabía...
¿Lo sé? ¿Quién sabe en este mundo triste?
¿Hay quién sepa lo que es saber y entienda
lo que la nada dice?

Mi madre nació en mí en aquel día
que se me fue Teresa... Madre, dime
de dónde vine, adónde voy perdido,
por qué al amor me diste...

Poesía Completa. Alianza, Madrid, 1987.

sábado, febrero 23, 2008

La preciosa tontería

Estampilla española con la imagen de Federico García Lorca.

Federico García Lorca (1898-1936) fue un poeta, dramaturgo y prosista español, también conocido por su destreza en las artes. Y en el recorrido de su prolífica obra escribió también esta poesía, una exposición de ternura hacia la madre.

Canción tonta

Mamá,
yo quiero ser de plata.
Hijo,
tendrás mucho frío.
Mamá.
Yo quiero ser de agua.
Hijo,
tendrás mucho frío.
Mamá.
Bórdarme en tu almohada.
¡Eso sí!
¡Ahora mismo!

Canciones. Obras Completas I. Aguilar, Madrid, 1978.

viernes, febrero 22, 2008

Cumpleaños poético


Mi mamá, Eulalia, cumpliría hoy 73. Pero hace cuatro años que ya no puedo festejar su cumpleaños en un marco de igualdad. Pero por acá anda, remontando barriletes de recuerdos, invitando en silencio, convocando a quienes no la olvidaremos.
Por eso, ahora, comenzará el más largo de los festejos: una semana, con poemas seleccionados especialmente, a modo de homenaje a su memoria, a los días compartidos, a la paz de su descanso. El comienzo será con Alfonsina Storni (1892-1938):

Palabras a mi madre

No las grandes verdades yo te pregunto, que
No las contestarías; solamente investigo
Si, cuando me gestaste, fue la luna testigo,
Por los oscuros patios en flor, paseándose.

Y si, cuando en tu seno de fervores latinos
Yo escuchando dormía, un ronco mar sonoro
Te adormeció las noches, y miraste, en el oro
Del crepúsculo, hundirse los pájaros marinos.

Porque mi alma es toda fantástica, viajera,
Y la envuelve una nube de locura ligera
Cuando la luna nueva sube al cielo azulino.

Y gusta, si el mar abre sus fuertes pebeteros.
Arrullada en un claro cantar de marineros
Mirar las grandes aves que pasan sin destino.

Editorial Losada S.A., Buenos Aires, 1997. Herederos de Alfonsina Storni.

miércoles, febrero 20, 2008

El Maracaná más cercano


A consecuencia de la historia del potrero cercano que escribí recintemente, recibí varios mails. Y tengo el deseo de compartir uno de ellos, firmado por Mariano, porque representa el espíritu de ese texto y, sobre todo, de este blog.

Querido Waldemar: Mi nombre es Mariano. Sólo comentarte que me gustó mucho tu artículo del día de hoy "Breve Historia de un potrero". Y decirte, además, que justo en ese lugar, en ese mismo potrero, lleno de piedras y recuerdos, fue donde yo aprendí a jugar al fútbol. Por momentos parecía, al leer tus palabras, que estabas contando la historia de mi vida. Un amigo, acostumbrado a jugar en canchas de cesped sintético, al ver el potrero donde jugábamos dijo: "Esto es el Maracaná, viejo". Y por siempre le quedó ese nombre al lugar, y a nuestro equipo. Sé que no hablás de nuestro equipo porque nuestra historia en ese glorioso potrero la vivimos entre el ´86 y el ´90. Pero también tuvimos una gran racha si perder, a pesar de no ser ningunas luminarias del balón, quizá fuera la templanza de jugar entre cascotes. O la amistad de un grupo de amigos a prueba de piedras y fierros. A muchos de ellos los dejé de ver, espero que a través de tus palabras vuelvan a evocar esos momentos. Tal vez entonces podamos, de alguna forma, volver al viejo y querido Maracaná de Olazábal y Holmberg.
Un saludo y mil gracias.

lunes, febrero 11, 2008

Un Asterix de Villa Urquiza


El siguiente texto lo publiqué en Clarín. Se trata de un homenaje a uno de los últimos potreros de la zona norte de la Ciudad.

Breve historia de un potrero
Ahora, al costado de la avenida Olazábal, sucede un milagro. Allí donde Villa Urquiza tiene su frontera con Belgrano R, un pibe de tamaño mínimo, sin botines ni medias juega bajo el sol de domingo. Y grita un gol que necesitó cuatro gambetas. El resto lo mira con una certeza: no lo podrán parar en toda la mañana. Hay una sorpresa más grande que la enorme jugada de ese chiquilín. La escena acontece en un potrero, ese espacio en días de retirada en cada rincón porteño. Y no se trata de una zona con lugares de sobra: el metro cuadrado cuesta no menos de 1.500 dólares y, muy cerca, camino hacia Alvarez Thomas, brotan edificios en plena construcción o recién terminados y listos para la venta.
Habita la lógica del potrero: el césped no tiene el cuidado de un jardinero; los arcos están previsiblemente despintados y lucen sus años de recibir y recibir pelotazos; y cuando la pelota se va a la calle hay que pedirles clemencia a los autos y a los colectivos de las líneas 114 y 133. Y, claro, también posee su mitología: cuentan que alguna vez jugó René Houseman, vecino del Bajo Belgrano y paradigma del talento surgido de este ámbito informal. Recuerdan también que, hace poco menos de una década, había un equipo que hacía de local ahí y que jamás perdió un partido de los más de 300 que disputó. Es curioso: ninguno de sus integrantes vive ahora en la zona para dar fe al respecto.
El potrero forma parte de la genealogía del fútbol argentino. Resultó, desde siempre, la cuna de la identidad de los cracks nacidos y criados en el barro. Incluso en esta Ciudad de Buenos Aires que cada vez contempla menos resquicios para la canchita barrial. Pero ahí, en Olazábal y Holmberg, habita una resistencia, con su inevitable crack inminente, una suerte de Asterix de Villa Urquiza.

viernes, enero 25, 2008

Ritos, de ayer a hoy


Jugar al Ms. Pac Man era una suerte de vicio dosificado, pero inevitable. Era el único juego que me generaba cierto entusiasmo. Ni siquiera los de fútbol me invitaban a gastar un par de moneditas en un fichín. Aquel rito nació de acompañar a mis hermanos a la casa de juegos electrónicos de Puente Saavedra, allá arriba, en el primer piso, sobre Maipú, del lado de Provincia. Y continuó cerca de la casa de Melián, ya en tiempos del secundario: habían puesto jueguitos sobre Avenida Del Tejar. No es jactancia, claro, pero no recuerdo cuándo fue la última vez que no hice el récord en un Ms. Pac Man.
Disculpen, me gustaba (y me gusta) ese juego. Tal vez porque me recordaba instantes de ocio o momentos del fin de semana, de esos domingos de visitas a lo de la tía Irma, ahí donde empieza Vicente López y se termina la parte más linda de Núñez, pegadito a la General Paz y a la estación Rivadavia. Cuando el helado Luxor era el premio de alguna buena nota.
Ahora, de vacaciones en Mar del Plata, vi que seguía estando el Ms. Pac Man, una típica máquina ochentosa. Probé de jugar una ficha. Hice el récord. Jugaba igual, con la misma celeridad, con idéntica voracidad. No pude evitarlo: los días siguientes, de pasada, regresé.
Y sucedió algo curioso sobre el Playland de la Avenida Colón. A partir de las tres de la mañana no permiten menores de 18 años. Entonces, mientras Adriana esperaba que terminara con aquel rito impropio de alguien que ya cumplió 30, un muchacho de seguridad del local se acercó para corroborar lo evidente: "Documentos, chicos..." Me reí. Nos reímos. En ese instante mínimo, más allá de lo inesperado e insólito, sentí que había regresado a los días de Puente Saavedra, cuando empezaba a huir y/0 a comer a esos cuatro fantasmas que respondían y responden a nombres que memorizo: Inky, Blinky, Pinky y Clyde.

Post publicado desde Mar del Plata.

miércoles, diciembre 26, 2007

Un regreso de días memorables


El colegio (el primario, pero sobre todo el secundario) pasa tan rápido que, por momentos, se parece a una invención de estos días, a una reconstrucción antojadiza de un pasado presunto. Pero no. Está ahí, latente, con aquellas caras ahora -ya quince años después- más rollizas o con otra postura o con más locuacidad o con menos cabellos o con cierto señorío impropio de los tiempos adolescentes. Pero son ellos, los mismos. Somos los mismos. Me pasó en este fin de año, en el reencuentro de los 15 años. A varios los veo con frecuencia, a otros ocasionalmente a través de ese espacio de pertenencia que sigue siendo el Misura. Pero a otros me tocó redescubrirlos, escucharlos como casi nunca antes. Sucedió un placer nuevo, entonces: el de refundar aquellos días y de resignificar aquellos vínculos. Me gustó, en definitiva. Creo que no podría ser de otro modo.

Por eso, me pareció atinado reproducir un mail que envió Agustín Seijas, compañero de aquellos días. No solíamos tener diálogo fluido ni trato frecuente. Quizá fue una lástima. Tal vez se trate de los vaivenes propios del tiempo. Lo que sigue es un divertido retrato de un reencuentro.

Resulta extraño andar comentando por ahí que uno de los mejores momentos de estos últimos días del 2007 lo haya compartido con un grupete de hombres peludos y semiborrachos a la luz de la velas.
Pero por suerte no me averguenzo de que así haya sido, aún a sabiendas de que aquellos que no hayan visto las inocentes fotos que preceden estas palabras, sospechen que les estoy ilustrando una trasnochada en Espartacus.
Pero como suelo andar sin reparos por la vida, no oculto mi entusiasmo por el encuentro del viernes pasado.
Sinceramente mi divertí muchísimo con el anecdotario de los presentes, y lo más importante: revisando las fotos pormenorizadamente he llegado a la conclusión de que la vida nos esta tratando bastante bien.
Mis queridos compis, espero que podamos juntarnos más seguido (quizás dándonos el interludio suficiente como para cosechar alguna anécdota personal nueva) y que aunque más no sea vía mail no nos perdamos el rastro.
Abro paréntesis para otorgarle a Tatín los mayores honores por la organización del encuentro (te pasaste con la iluminación!!!), a Gato por ser un gran afintrión y a los restantes por el buen humor.
Les deseo un gran 2008 y buena vida mientras dure el cuerpo.

PD: Walde te olvidaste un libro en el coche de Dano que lo tengo yo. Dalo por perdido, ya lo sume a mi biblioteca personal.


Post publicado desde Mar de las Pampas.

martes, diciembre 18, 2007

Un nombre, un determinismo

Actualización 2017: una década después de haber escrito el texto que continúa acá abajo de este largo epìgrafe, Pancho -amigo de la vida, amigo perpetuo- me manda esta foto que se luce a la izquierda. Reemplaza a otra, mucho menos atractiva, ofrecida por Google Imágenes. El capitán de nuestro Misura está en Barcelona, la tierra que -además de ese equipo genial que todos conocemos y que ayer le ganó al Real Madrid un clásico inolvidable en el Bernabéu, con Messi como superhéroe- tiene como patrona a Santa Eulalia. Dicho de otra manera: de algún modo, la patrona es mi mamá. Incluso más allá del carácter oficial que su nombre ofrece.

Escuché hace unas semanas a Alejandro Dolina, en su programa radial La Venganza Será Terrible, referirse --en tono de broma-- a cierto determinismo existente entre el nombre de un individuo y su personalidad. Y puso como ejemplo a un tal León, con su impronta inevitablemente feroz... Luego el conductor volvió a reir.
Coincido, claro, con esa ironía. Pero ayer, repasando la historia de Santa Eulalia de Barcelona, la joven mártir masacrada por orden de Diocleciano, me vi obligado a aceptar excepciones. Ciertas particularidades, sobre todo las cuestiones esenciales, que cuenta la historia católica, se parecen a un mandato recuperado por mi mamá, también Eulalia, también de sangre catalana.

Santa Eulalia --según relata el Pbro. Angel Fábrega Grau-- nació en las cercanías de la ciudad de Barcelona, hacia los últimos años del siglo tercero. La humildad, cierta sabiduría precoz y la prudencia fueron rasgos que desmentían su condición de niña.

Recién llegada a su pubertad, ella también escuchó lo que cada día oían los barceloneses: la noticia de que la persecución contra los cristianos volvía a desarrollarse una vez más en todo el Imperio.


Los emperadores romanos Diocleciano y Maximiano, que se habían enterado de la rápida propagación de la fe cristiana en las lejanas tierras de España, mandaron al más cruel y feroz de sus jueces, llamado Daciano, para que acabara de una vez con aquella superstición.


Al entrar en Barcelona hizo, junto a su séquito, públicos y solemnes sacrificios a los dioses, y dio orden de buscar a todos los cristianos para obligarles a hacer otro tanto. Con rapidez se divulgó entre los cristianos de Barcelona la noticia de que la ciudad era perturbada por un juez sin piedad.

Santa Eulalia tenía una profunda fe, una enorme generosidad, la tenacidad de una luchadora sin quebrantos y era una dulzura para su familia y para sus servidoras. Le dolían en lo más profundo las injusticias. Un día, en silencio, mientras todos dormían, emprendió mansamente el camino hacia Barcelona. La delicada niña recorrió el largo camino a pie y sin quejas.


Ya en las puertas de la ciudad, oyó la voz del pregonero que leía el edicto y se fue al lugar. Allí vio a Daciano sentado en su tribunal. Y, entre la multitud y mezclada con los guardianes, se dirigió a su encuentro. Le dijo: "Juez inicuo, ¿de esta manera tan soberbia te atreves a sentarte para juzgar a los cristianos? Ya sé que tú, por obra del demonio, tienes en tus manos el Poder de la vida y de la muerte; pero esto poco me importa".


Daciano, sorprendido de tanta audacia, le respondió con desconcierto: "Y ¿quién eres tú, que de una manera tan temeraria te has atrevido, no sólo a presentarte espontáneamente ante el tribunal, sino que, además, engreída con una arrogancia inaudita, osas echar en cara del juez estas cosas contrarias a las disposiciones imperiales?".

Daciano intentó al principio ofrecer regalos y hacer promesas de ayuda a la niña para que cambiara de opinión, pero al ver que ella seguía convencida de sus ideas cristianas, le mostró todos los instrumentos de tortura con los cuales le podían hacer padecer si no obedecía a la ley del emperador que mandaba adorar ídolos y prohibía adorar a Jesucristo.

Y la mató con toda la crueldad que cabía en su cuerpo imperial.

Señala el poeta Prudencio que al morir Santa Eulalia, la gente vio una blanquísima paloma que volaba hacia el cielo. Y que, en consecuencia, los verdugos salieron corriendo entre sustos, llenos de remordimiento por haber matado a una criatura inocente. La nieve cubrió el cadáver, hasta que varios días después llegaron unos cristianos y le dieron honrosa sepultura al cuerpo de la joven mártir. En ese lugar se levantó, luego, un templo a modo de tributo a ella.

El culto de Santa Eulalia se hizo tan popular que hasta San Agustín hizo sermones en su honor. Y en la antigua lista de mártires de la Iglesia Católica, llamada Martirologio romano, habita la siguiente frase: "El 12 de febrero se conmemora a Santa Eulalia, mártir de España, muerta por proclamar su fe en Jesucristo".


La encontré a mi mamá en el espejo de esta santa: en su constancia, en su prudencia, en su dulzura, en su generosidad, en su aprecio por las libertades, en su coherencia, en su búsqueda inquebrantable, en su esencia... Era ella. Era Eulalia. Como si su nombre fuera un determinismo.

sábado, diciembre 15, 2007

Una Reina y una Rana


Reina (foto) y Rana son, además de gatas siamesas, dos preciosas concubinas. Por los momentos compartidos y por la agradable sorpresa de sus compartamientos casi caninos, esta poesía de Liliana Cinetto.

Los Gatos

A los gatos les gusta
subir al cielo
trepando una escalera
de caramelo.
Les gusta hacer cosquillas
a las estrellas
con los bigotes largos
y las orejas.
Les gusta hacerles bromas
a los ratones,
jugar a la rayuela,
pasear de noche
y cantarle a la luna
sus serenatas
hasta que los descubre
la madrugada.

martes, diciembre 04, 2007

El Negro & El Negro


Mi amigo Héctor Hugo Cardozo, columnista de Clarín y reciente ganador del Premio Alumni, está por publicar un libro --"El Rubio"-- y me pidió que escribiera uno de los prólogos. Entonces, pensé también en otro rosarino y en otro Negro, Roberto Fontanarrosa, a modo de modestísimo homenaje.

Pichincha era un síntoma de aquel Rosario de los 50 y de los 60. Y resultó, quizá, la matriz de ese sentido de pertenencia que cada habitante de esa geografía mantiene con su espacio, como un mandato a rajatabla. Tenía los encantos de un barrio de los que ya no hay: el vecino era un amigo inminente; la pelota era la posibilidad de amalgamar un piberío con los códigos del cordón; la escenografía no tenía los vicios de gigantes edificios invasores pero mostraba los retazos de aquel Rosario turbio, prostibulario y compadrito; el tranvía resultaba una cuestión cotidiana. Era también un barrio de laburantes, con la estación Rosario Norte como punto de referencia. Allí, en ese tiempo y en ese lugar, nace y se desarrolla este libro encantador, lleno de personajes ambiguos, simpáticos, embusteros, talentosos sin rumbo, generosos, ventajeros.
No fue un tiempo ni un lugar cualquiera. Aquel Rosario, que retrata Héctor Hugo Cardozo con su pluma forjada en décadas de periodismo bien escrito, fue la cuna de muchos hitos imperceptibles y mágicos, que tácitamente están vinculados con el relato. Es decir, sin aquel Rosario esos momentos habrían resultado imposibles.
Hubo un día de agosto de 1954, en el que Roberto Fontanarrosa descubrió que, además de un rosarino inclaudicable, sería para siempre un militante hincha de Central. Bajo aquella tarde lluviosa, en un campo de juego con más barro y aserrín que césped, La Academia goleó 9-2 a Tigre. Ya no hubo retorno: El Negro sería para siempre un entrañable canalla. Lo que le pasó a Fontanarrosa aquel día en Arroyito les sucede, en el libro, a El Rubio y a varios de sus amigos que se subían a los trenes, incluso sin boleto, para viajar a Buenos Aires y ver a Central. Quienes conocen al Negro Cardozo pueden dar fe de que no hubo azar en la afinidad entre él y Fontanarrosa. Los unía la esencia, más allá de la patente del apodo. Sucede que Pichincha es una suerte de extenso bar El Cairo, comprendido entre la avenida Salta, Callao, Güemes y la avenida Francia. No sólo eso: no quedan dudas de que el Viejo Canale se habría sentido a gusto entre El Grone, Tarantela y El Loco Luis o recibiendo los favores de las chicas de Margarita.
Para aquellos que no nacimos en Rosario, este libro resulta --tal vez sin pretenderlo-- una invitación: dan ganas de conocer ese Rosario, de ver en qué anda Pichincha por estos días, de tentar la imaginaria posibilidad de cruzarse con aquellos personajes ahora ya maduros. Como alguna vez, con toda osadía, muchos se imaginaron sentados en La Mesa de los galanes.