viernes, diciembre 09, 2016

Ciudad de México, ciudad de fútbol


Caben muchos mundos en esta Ciudad de México de tantos colores que encandila, de tantos vértigos que apura. Mundos diversos y dispersos. Es un país dentro del país: según datos de la ONU, acá viven poco más de 20 millones de habitantes incluyendo las periferias. Parece inabarcable. Tal vez lo sea. Hay una certeza que se comprueba caminando: acá el fútbol late como en cualquier rincón del conurbano bonaerense profundo o como sobre la arena en un atardecer de Praia do Rosa o de Río de Janeiro. Ahí están las camisetas que tantos lucen aunque no sea día de partido. Las del América -las más vendidas- compiten con las de los otros dos gigantes de la ciudad, Cruz Azul y Pumas de la UNAM.

Esta ciudad de personajes que parecen cuento o mentira o fantasía ofrece un asombro a cada paso. Lo escribió en el Libro de los abrazos Eduardo Galeano, amigo de este territorio, visitante frecuente en sus días: "Superbarrio, cualunque mexicano de carne y hueso, héroe del pobrerío, vive en un suburbio llamado Nezahualcóyotl. Superbarrio tiene barriga y piernas chuecas. Usa máscara roja y capa amarilla. No lucha contra momias, fantasmas ni vampiros. En una punta de la ciudad enfrenta a la policía y salva del desalojo a unos muertos de hambre; en la otra punta, al mismo tiempo, encabeza una manifestación por los derechos de la mujer o contra el envenenamiento del aire; y en el centro, mientras tanto, invade el Congreso Nacional y lanza una arenga denunciando las cochinadas del gobierno". Ya lleva 29 años andando este hombre que es un misterio y del que nadie conoce los goles de qué equipo grita.

La primera impresión es que cualquier personaje propio del realismo mágico puede aparecer en este espacio que Gabriel García Márquez eligió para vivir varias temporadas. Un hombre con pajaritos que predicen el futuro, brujos, chamanes, un ex convicto con la piel a prueba de vidrios, artistas callejeros del absurdo, vendedores de todo lo que pueda caber en la imaginación, músicos de instrumentos de nombres impronunciables, entre tantos otros seres que ya forman parte del escenario o de la mitología. O de las dos cosas. También a la par de ellos están los hinchas de este ámbito en el que el fútbol resulta una suerte de religión. O varias al mismo tiempo. Se adivina una cosa: no hay ateos en la cuestión. Son mayoría los del América. En la capital y en el resto del república. Según relevamientos varios suman alrededor de la cuarta parte del total de 120 millones de habitantes del país.

Juan Villoro -escritor de esta tierra, preciso y precioso observador del fenómeno del fútbol, autor de Dios es redondo- es hincha de un equipo que pertenecía a la CIudad de México, pero fue mudado. Sus llaves cuelgan de un llavero del Necaxa. Le contó a la Revista Ñ, en su visita a la Feria del Libro de 2013: "El mío es un equipo muy gitano, simpático. Era el equipo del sindicato de electricistas. Y era muy rebelde: fue el único que se negó a cobrar cuando el fútbol se volvió profesional. Era un equipo romántico que no quería cobrar. Como suele ocurrir con tantos clubes, especialmente en mi país, fue vendido. Y pasó a ser propiedad de otro equipo que es el villano de la liga, el archiodiado América. Y además se lo llevaron a jugar a Aguascalientes. Pero uno no puede negar al club de sus amores, es como decir 'yo ya no soy ese niño, que me den otra infancia'. Y creo que a lo último que debemos ser fieles en nuestra vida es a nuestra propia infancia". El Necaxa volvió a ser vendido en 2014 a un grupo de inversionistas encabezado por Ernesto Tinajero y por Guillermo Cantú. Sigue jugando en Aguscalientes. La razón de la mudanza era ajena: el América, omnipresente en la capital mexicana, le quitaba hinchas. Acaparaba todo.

"Odiame más", fue uno de los eslogans de más impacto y mayor polémica asociado a un equipo de fútbol. No podía ser patrimonio de otra institución: sí, del América, el más campeón de los clubes locales y el más exitoso de la Concacaf. También el más poderoso en términos económicos, al amparo de su propietario, el Grupo Televisa. "Lo dejamos un poco de lado eso del 'odiame más' para que no se interprete mal. Vivimos en un mundo muy complejo. De todos modos, es cierto que el América genera eso: es amor o es desprecio. Nosotros -los millones de hinchas- lo amamos. El resto, nos quiere ver perder hasta los amistosos", le cuenta a Clarín el presidente de Las Aguilas, Ricardo Peláez, en pleno estadio Azteca, templo del fútbol, museo vivo de tantos encantos.



Ahí está, claro, el arco de la Mano de Dios y el del Mejor Gol de la Historia. Ambas obras sucedieron el mismo día de 1986 y tuvieron a idéntico protagonista, Diego Maradona.

"Acá vive el mejor de los fantasmas", cuenta uno de los tantos empleados de seguridad del estadio. No es día de partido. Pero a la joya la cuidan como tal, más en este 2016 del centenario de Las Aguilas. Y se nota en cada detalle.

-¿Qué fantasma? ¿El de la altura?, pregunta el argentino asombrado.

-No, el de Maradona...

El seleccionado de México también es local en esta ciudad y en ese estadio afín a las mitologías. A los temores que generan los 2.250 metros sobre el nivel del mar se suma ese contorno de 84.000 espectadores (históricamente, la capacidad superaba los 100.000 asientos), con cada butaca ocupada, con cada hincha vestido de verde dominante. "En cada presentación en el Azteca hay dos espectáculos: uno adentro, que puede fallar; y uno afuera, que es una garantía de calidad", cuenta el periodista Jaime Luna, ante la consulta de este diario.

Los locales, a este estadio ubicado en la Calzada de Tlalpan, prefieren llamarlo con un nombre más grandilocuente: El Coloso de Santa Ursula. Aclara el guía oficial: "No es una exageración. Es un coloso de verdad. Miren..." Y allí, recién remodelado, el Azteca revela su imponencia ante los ojos. Es una maravilla propia de esta ciudad de maravillas. Y de fútbol, claro.

Texto publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo, de Clarín.com.

Post publicado desde Ciudad de México.

martes, noviembre 08, 2016

Las palabras de los otros


Los pobres traductores buenos

Por Gabriel García Márquez*

Alguien ha dicho que traducir es la mejor manera de leer. Pienso también que es la más difícil, la más ingrata y la peor pagada. Tradittore, traditore, dice el tan conocido refrán italiano, dando por supuesto que quien nos traduce nos traiciona. Maurice-Edgar Coindreau, uno de los traductores más inteligentes y serviciales de Francia, hizo en sus memorias habladas algunas revelaciones de cocina que permiten pensar lo contrario. "El traductor es el mono del novelista", dijo, parafraseando a Mauriac, y queriendo decir que el traductor debe hacer los mismos gestos y asumir las mismas posturas del escritor, le gusten o no. Sus traducciones al francés de los novelistas norteamericanos, que eran jóvenes y desconocidos en su tiempo -William Faulkner, John Dos Passos, Ernest Hemingway, John Steinbeck-, no sólo son recreaciones magistrales, sino que introdujeron en Francia a una generación histórica, cuya influencia entre sus contemporáneos europeos -incluidos Sartre y Camus- es más que evidente. De modo que Coindreau no fue un traidor, sino todo lo contrario: un cómplice genial. Como lo han sido los grandes traductores de todos los tiempos, cuyos aportes personales a la obra traducida suelen pasar inadvertidos, mientras se suelen magnificar sus defectos.Cuando se lee a un autor en una lengua que no es la de uno se siente deseo casi natural de traducirlo. Es comprensible, porque uno de los placeres de la lectura -como de la música- es la posibilidad de compartirla con los amigos. Tal vez esto explica que Marcel Proust se murió sin cumplir uno de sus deseos recurrentes, que era traducir del inglés a alguien tan extraño a él mismo como lo era John Ruskin. Dos de los escritores que me hubiera gustado traducir por el solo gozo de hacer lo son Andre Malraux y Antoine de Saint-Exupery, los cuales, por cierto, no disfrutan de la más alta estimación de sus compatriotas actuales. Pero nunca he ido más allá del deseo. En cambio, desde hace mucho traduzco gota a gota los Cantos de Giaccomo Leopardi, pero lo hago a escondidas y en mis pocas horas sueltas, y con la plena conciencia de que no será ese el camino que nos lleve a la gloria ni a Leopardi ni a mí. Lo hago sólo como uno de esos pasatiempos de baños que los padres jesuitas llamaban placeres solitarios. Pero la sola tentativa me ha bastado para darme cuenta de qué difícil es, y qué abnegado, tratar de disputarles la sopa a los traductores profesionales.

Es poco probable que un escritor quede satisfecho con la traducción de una obra suya. En cada palabra, en cada frase, en cada énfasis de una novela hay casi siempre una segunda intención secreta que, sólo el autor conoce. Por eso es sin duda deseable que el propio escritor participe en la traducción hasta donde le sea posible. Una experiencia notable en ese sentido es la excepcional traducción deUlysses, de James Joyce, al francés. El primer borrador básico lo hizo completo y solo August Morell, quien trabajó luego hasta la versión final con Valery Larbaud y el propio James Joyce. El resultado es una obra maestra, apenas superada -según testimonios sabios- por la que hizo Antonio Houaiss al portugués de Brasil. La única traducción que existe en castellano, en cambio, es casi inexistente. Pero su historia le sirve de excusa. La hizo para sí mismo, sólo por distraerse, el argentino J. Salas Subirat, que en la vida real era un experto en seguros de vida. El editor Santiago Rueda, de Buenos Aires, la descubrió en mala hora, y la publicó a fines de los años cuarenta. Por cierto, que a Salas Subirat lo conocí pocos años después en Caracas trepado en el escritorio anónimo de una compañía de seguros y pasando una tarde estupenda hablando de novelistas ingleses, que él conocía casi de memoria. La última vez que lo vi parece un sueño: estaba bailando, ya bastante mayor y más solo que nunca, en la rueda loca de los carnavales de Barranquilla. Fue una aparición tan extraña que no me decidí a saludarlo.

Otras traducciones, históricas son las que hicieron al francés Gustav Jean-Aubry y Phillipe Neel de las novelas de Josep Conrad. Este gran escritor de todos los tiempos -que en realidad se llamaba Jozef Teodor Konrad Korzeniowski- había nacido en Polonia, y su padre era precisamente un traductor de escritores ingleses y, entre otros, de Shakespeare. La lengua de base de Conrad era el polaco, pero desde muy niño aprendió el francés y el inglés, y llegó a ser escritor en ambos idiomas. Hoy lo consideramos, con razón o sin ella, como uno de los maestros, de la lengua inglesa. Se cuenta que les hizo la vida invivible a sus traductores franceses tratando de imponerles su propia perfección, pero nunca se decidió a traducirse a sí mismo. Es curioso, pero no se conocen muchos escritores bilingües que lo hagan. El caso más cercano a nosotros es el de Jorge Semprún, que escribe lo mismo en castellano o en francés, pero siempre por separado. Nunca se traduce a sí mismo. Más raro aún es el irlandés Samuel Becket, premio Nobel de Literatura, que escribe dos veces la misma obra, tina vez en francés y otra vez en inglés. Es la misma obra en dos idiomas, pero su autor insiste en que la una no es la traducción de la otra, sino que son dos obras distintas en dos idiomas diferentes.

Hace unos años, en el ardiente verano de Pantelaria, tuve una enigmática, experiencia de traductor. El conde Entico Cicogna, que fue mi traductor al italiano hasta su muerte, estaba traduciendo en aquellas vacaciones la novela Paradiso, del cubano José Lezama Lima. Soy un admirador devoto de su poesía, lo fui también de sil rara personalidad, aunque tuve pocas ocasiones de verlo, y en aquel tiempo quería conocer mejor su novela hermética. De modo que ayude un poco a Cicogna, más que en la traducción, en la dura empresa de descifrar la prosa. Entonces comprendí que, en efecto, traducir es la manera más profunda de leer. Entre otras cosas, encontramos una firase cuyo sujeto cambiaba de género y de número varias veces en menos de diez líneas, hasta el punto de que al final no era posible saber quién era, ni cuándo era, ni dónde estaba. Conociendo a Lezama Lima, era posible que aquel desorden fuera deliberado, pero sólo él hubiera podido decirlo, y nunca pudimos preguntárselo. La pregunta que se hacía Cicogna era si el traductor tenía que respetar en italiano aquellos disparates de concordancia o si debía vertirlos con rigor académico. Mi opinión era que debía conservarlos, de modo que la obra pasara al otro idioma tal como era, no sólo con sus virtudes, sino también con sus defectos. Era un deber de lealtad con el lector en el otro idioma.

Para mí no hay curiosidad más aburrida que la de leer las traducciones de mis libros en los tres idiomas en que me sería posible hacerlo. No me reconozco a mí mismo, sino en castellano. Pero he leído alguno de los libros traducidos al inglés por Gregory Rabassa y debo reconocer que encontré algunos pasajes que me gustaban más que en castellano La impresión que dan las traducciones de Rabassa es que se aprende el libro de memoria en castellano y luego lo vuelve a escribir completo en inglés: su fidelidad es más compleja que la literalidad simple. Nunca hace una explicación en pie de página, que es el recurso menos válido y por desgracia el más socorrido en los malos traductores. En este sentido, el ejemplo más notable es el del traductor brasileño de uno de mis libros, que le hizo a la palabra astromelia una explicación en pie de página: flor imaginaria inventada por García Márquez. Lo peor es que después leí no sé dónde que las astromelias no sólo existen, como todo el mundo lo sabe en el Caribe, sino que su nombre es portugués.

martes, octubre 04, 2016

El encantador anarquista



Responde el impecable Osvaldo Bayer, ese encantador anarquista y pacifista. Nació en Santa Fe en 1927. Estudió Historia en la Universidad de Hamburgo, Alemania. Ya de regreso a la Argentina, se dedicó al periodismo, la investigación de la historia argentina y a escribir guiones cinematográficos. Trabajó en los diarios Noticias Gráficas, en Esquel, y en el diario Clarín, en donde llegó a ser secretario de redacción. En 1958 fundó "La Chispa", al que él mismo denominó como "el primer periódico independiente de la Patagonia".

Bayer fue reiteradamente amenazado y perseguido en tiempos de la Triple A de López Rega (con Isabel Perón en el gobierno), debido al contenido de sus obras. EL que más molestaba era su libro "La Patagonia Rebelde" (luego llevado al cine por Héctor Olivera). Eso motivó su exilio en Berlín desde 1975 hasta el final de la Ultima Dictadura.

Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires y por la Universidad Nacional de Córdoba, Bayer resulta también un prolífico ensayista. Entre sus textos más destacadons se encuentran "Los Vengadores de la Patagonia Trágica" "Los anarquistas expropiadores y otros ensayos", "Fútbol argentino", "Rebeldía y esperanza", "Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia" y la novela "Rainer y Minou".

En la actualidad sigue siendo un referente en la lucha por la reivindicación de los Pueblos Originarios argentinos y por los Derechos Humanos.

Sigue viviendo en su entrañable Tugurio, ese espacio de vida al que su amigo Osvaldo Soriano le puso nombre.

Más:
Algunos artículos de Osvaldo Bayer, en La Fogata.
Osvaldo Bayer y los Pueblos Originarios, en Página/12.

jueves, septiembre 01, 2016

La breve clase magistral


Literatura sin dolor

Por Gabriel García Márquez*

Hace poco incurrí en la frivolidad de decirle a un grupo de estudiantes que la literatura universal se aprende en una tarde. Una muchacha del grupo -fanática de las bellas letras y autora de versos clandestinos- me concretó de inmediato: "¿Cuándo podemos venir para que nos enseñe?". De modo que vinieron el viernes siguiente a las tres de la tarde y hablamos de literatura hasta las seis, pero no pudimos pasar del romanticismo alemán, porque también ellos incurrieron en la frivolidad de irse para una boda. Les dije, por supuesto, que una de las condiciones para aprender toda la literatura en una tarde era no aceptar al mismo tiempo una invitación para una boda, pues para casarse y ser felices hay mucho más tiempo disponible que para conocer la poesía. Todo había empezado y continuado y terminado en broma, pero al final yo quedé con la misma impresión que ellos: si bien no habíamos aprendido la literatura en tres horas, por lo menos nos habíamos formado una noción bastante aceptable sin necesidad de leer a Jean Paul Sartre.Cuando uno escucha un disco o lee un libro que le deslumbra, el impulso natural es buscar a quién contárselo. Esto me sucedió cuando descubrí por casualidad el Quinteto para cuarteto de cuerdas y piano, de Bela Bartok, que entonces no era muy conocido, y me volvió a suceder cuando escuché en la radio del automóvil el muy bello y raro Concierto gregoriano para violín y orquesta, de Ottorino Respighi. Ambos eran muy difíciles de encontrar, y mis amigos melómanos más cercanos no tenían noticias de ellos, de modo que recorrí medio mundo tratando de conseguirlos para escucharlos con alguien. Algo similar me está sucediendo desde hace muchos años con la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo, de la cual creo haber agotado ya una edición entera sólo por tener siempre ejemplares disponibles para que se los lleven los amigos. La única condición es que nos volvamos a encontrar lo más pronto posible para hablar de aquel libro entrañable.

Por supuesto, lo primero que les expliqué a mis buenos estudiantes de literatura fue la idea, tal vez demasiado personal y simplista, que tengo de su enseñanza. En efecto, siempre he creído que un buen curso de literatura no debe ser más que una guía de los buenos libros que se deben leer. Cada época no tiene tantos libros esenciales como dicen los maestros que se complacen en aterrorizar a sus alumnos, y de todos ellos se puede hablar en una tarde, siempre que no se tenga un compromiso ineludible para una boda. Leer estos libros esenciales con placer y con juicio es ya un asunto distinto para muchas tardes de la vida, pero si los alumnos tienen la suerte de poder hacerlo terminarán por saber tanto de literatura como el más sabio de sus maestros. El paso siguiente es algo más temible: la especialización. 'Y' un paso más adelante es lo más detestable que puede hacer en este mundo: la erudición. Pero si lo que desean los alumnos es lucirse en las visitas, no tienen que pasar por ninguno de esos tres purgatorios, sino comprar los dos tomos de una obra providencial que se llama Mil libros. La escribieron Luis Nueda y don Antonio Espina, allá por 1940, y allí están resumidos por orden alfabético más de un millar de libros básicos de la literatura universal, con su argumento y su interpretación, y con noticias impresionantes de sus autores y su época. Son muchos más libros, desde luego, de los que harían falta para el curso de una tarde, pero tienen sobre éstos la ventaja de que no hay que leerlos. Ni tampoco hay que avergonzarse: yo tengo estos dos tomos salvadores en la mesa donde escribo, los tengo desde hace muchos años, y me han sacado de graves apuros en el paraíso de los intelectuales, y por tenerlos y conocerlos puedo asegurar que también los tienen y los usan muchos de los pontífices de las fiestas sociales y las columnas de periódicos.

Por fortuna, los libros de la vida no son tantos. Hace poco, la revista Pluma, de Bogotá, le preguntó a un grupo de escritores cuáles habían sido los libros más significativos para ellos. Sólo decían citarse cinco, sin incluir a los de lectura obvia, como La Biblia, La Odisea o El Quijote. Mi lista final fue ésta: Las mil y una noches; Edipo rey, de Sófocles; Moby Dick, de Melville; Floresta de la lírica española, que es una antología de don José María Blecua que se lee como una novela policíaca, y unDiccionario de la lengua castellana que no sea, desde luego, el de la Real Academia. La lista es discutible, por supuesto, como todas las listas, y ofrece tema para hablar muchas horas, pero mis razones son simples y sinceras: si sólo hubiera leído esos cinco libros -además de los obvios, desde luego-, con ellos me habría bastado para escribir lo que he escrito. Es decir, es una lista de carácter profesional. Sin embargo, no llegué a Moby Dick por un camino fácil. Al principio había puesto en su lugar a El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, que, a mi juicio, es una novela perfecta, pero sólo por razones estructurales, y este aspecto ya estaba más satisfecho por Edipo rey. Más tarde pensé en La guerra y la paz, de Tolstoi, que, en mi opinión, es la mejor novela que se ha escrito en la historia del género, pero en realidad lo es tanto que me pareció justo omitirla como uno de los libros obvios. Moby Dick, en cambio, cuya estructura anárquica es uno de los más bellos desastres de la literatura, me infundió un aliento mítico que sin duda me habría hecho falta para escribir.

En todo caso, tanto el curso de literatura en una tarde como la encuesta de los cinco libros conducen a pensar, una vez más, en tantas obras inolvidables que las nuevas generaciones han olvidado. Tres de ellas, hace poco más de veinte años, eran de primera línea: La montaña mágica, de Thomas Mann; La historia de San Michel, de Axel Munthe, y El gran Meaulnes, de Alain Fournier. Me pregunto cuántos estudiantes de literatura de hoy, aun los más acuciosos, se han tomado siquiera el trabajo de preguntarse qué puede haber dentro de estos tres libros marginados. Uno tiene la impresión de que tuvieron un destino hermoso, pero momentáneo, como algunos de Ela de Queiroz y de Anatole France, y, como Contrapunto, de Aldous Huxley, que fue una especie de sarampión de nuestros años azules; o como El hombrecillo de los gansos, de Jacobo Wassermann, que tal vez le deba más a la nostalgia que a la poesía; o como Los monederos falsos,de André Gide, que acaso fueran más falsos de lo que pensó su propio autor. Sólo hay un caso sorprendente en este asilo de libros jubilados, y es el de Herman Hesse, que fue una especie de explosión deslumbrante cuando le concedieron el Premio Nobel en 1946, y luego se precipitó en el olvido. Pero en estos últimos años sus libros han sido rescatados con tanta fuerza como antaño por una generación que tal vez encuentra en ellos una metarisica que coincide con sus propias dudas.

Claro que todo esto no es preocupante sino como enigma de salón. La verdad es que no debe haber libros obligatorios, libros de penitencia, y que el método saludable es renunciar a la lectura en la página en que se vuelva insoportable. Sin embargo, para los masoquistas que prefieran seguir adelante a pesar de todo hay una fórmula certera: poner los libros ilegibles en el retrete. Tal vez con varios años de buena digestión puedan llegar al término feliz de El paraíso perdido, de Milton.

*Texto publicado en El País, de Madrid, en diciembre de 1982.

sábado, agosto 06, 2016

Las cosas por su nombre


Oscar Natalio Bonavena, el inolvidable Ringo, fue -además del más carismático de todos los boxeadores argentinos- el más quemero de los quemeros. Era bravo, generoso, pícaro, enorme, familiero, grandilocuente, porteñísimo. Era ídolo, referente popular, contestatario irreverente, un fanfa bonachón, un personaje entrañable. Se hizo querer y discutir. Le gustaba decir verdades incómodas.

Desde la popular de Huracán, que ahora lleva su nombre, cada domingo de los 70 se escuchaba un grito emblemático y orgulloso: "Somos del barrio / del barrio de La Quema / somos del barrio de Ringo Bonavena". En ese tiempo, en su mítica pelea contra Muhammad Alí en el Madison Square Garden, batió todos los récords de rating de la televisión argentina. Pero siempre Ringo repetía los ritos de su barrio entrañable, ese Parque de los Patricios que fue suyo. Se había formado como boxeador en el gimnasio de Huracán, en la sede de la avenida Caseros.

Había nacido el 25 de setiembre de 1942. Lo mataron el 22 de mayo de 1976 en las oscuridades del Mustang Ranch, un cabaret de Reno, en el estado de Nevada. Su velatorio fue la manifestación popular más grande entre los dolores de la última dictadura.

Ahora, que tendría que estar cumpliendo 67 años, le llegó un nuevo homenaje: en su club, ese al que adoró y hasta le compró a Daniel Willington para que jugara en la Primera, se reinauguró ese gimnasio en el que soñó piñas y gloria y que ahora se llama como él. Estuvieron José Menno, ex campeón argentino y colaborador de Ringo, y su doctor Cacho Paladino, entre tantos personajes del boxeo. Gente que no olvida a Ringo. Quizá porque eso resulte imposible.

Texto publicado por el fundador del Blog en Clarín, en 2009.

martes, julio 05, 2016

Pellegrini, querido rincón


Pellegrini tiene el encanto de su mansedumbre. No hay vértigo en sus calles, ni el frenesí de autos apurados tocando bocina. Allí el reloj permite siestas y sus 6.000 habitantes tienen la saludable costumbre de saludar. Y la distancia geográfica con la Capital Federal -500 kilómetros- es un síntoma de la otra distancia: la del trato ameno, cordial. Allí aún existe el ritual del potrero, de los arcos improvisados con buzos, de las gambetas a pozos y a piedras. Allí permanece el carácter lúdico del fútbol, el amor a la camiseta...

Por allí anda El Pampa Gambier. Con sus goles y sus 40 años, jugando para uno de los dos equipos de su pueblo bonaerense, Huracán. No recibe dinero, sólo el placer de compartir un rato con los amigos.

Sábado a la tarde. Al día siguiente se jugará el clásico local. El Pampa camina por la calle de su casa, Añancue. Va rumbo a la sede de Atlético -el rival- para acompañar el mate de la merienda con un partido de truco. Se habla del clásico, se discute con picardía, pero con respeto.

Domingo. Día del clásico, perteneciente a la Liga de Trenque Lauquen. Las tribunas no tienen más que cuatro escalones. Y los gritos se escuchan de un lado al otro. Se recuerdan deudas de almacén, derrotas futbolísticas, fracasos sentimentales... No hay custodios vestidos de uniforme en cada rincón. En el campo de juego, Huracán gana 2-1 y se trepa al segundo puesto. Uno de los goles es de Gambier. Y lo grita como si en su dulce pueblito le pagaran sueldo, premios y prima.

Texto publicado por el Fundador del Blog, en Clarín, en 1999.

martes, junio 07, 2016

Alfredo, el de la memoria emotiva


Alfredo Di Stéfano camina por las calles de Madrid con una certeza que no le cambia la vida: el club más exitoso de la historia, el Real Madrid, lo tiene como presidente honorario y como máximo referente de su gloria. Sucede también ahora, cuando los millones de Florentino Pérez, otra vez presidente de la institución, permiten armar un equipo estelar, con Kaká y Cristiano Ronaldo como caras del pretendido éxito. Pero el inmenso Don Alfredo, capaz de todos los títulos, jamás olvida los caminos que lo llevaron al pedestal. Y le entusiasma más hablar de aquellos días en los que el euro no existía y él tenía un bigotito a lo Errol Flynn.

En diciembre del año pasado, recibió el Premio Leyenda, otorgado por el diario Marca. Entonces, el periodista Tomás Campos, español e hincha de Huracán, le entregó el número especial de El Gráfico sobre el Centenario del club de Parque de los Patricios. Di Stéfano se encontró allí, en aquella juventud de 1946, con el Globo de Newbery en el pecho, en una foto que ocupaba una página entera. Se emocionó en silencio. Y mientras esperaba el comienzo del acto en el hotel Ritz de Madrid, hizo lo que haría un joven entusiasmado: le fue a mostrar a sus amigos Paco Gento y Amancio Amaro Varela aquella imagen de los tiempos de Huracán. Fue como un reencuentro.

Poco después, desde las páginas del diario Marca, mandó suertes desde España para el Huracán de Angel Cappa, en la antesala del partido decisivo del Clausura. Se amargó por la derrota ante Vélez. Y ahora, cuentan, colabora para que un juvenil de la cantera del Real juegue en el Ducó. Como si fuera un quemero más. Como si hubiera vuelto a gritar alguno de sus 10 goles allí.

Texto publicado por el fundador del Blog en Clarín en 2009.

martes, mayo 03, 2016

Un Palacio cinematográfico


El diálogo sucedió el miércoles, en los pasillos de la platea Alcorta, en el Palacio Ducó. Hablaban dos hinchas en la puerta del restorán Herminio Masantonio:

-Che, ¡qué grande el Ducó, se va a Hollywood!

-¿Cómo?

-¿No viste que "El secreto de sus ojos" quedó nominada al Oscar?

-Tenés razón... A ver si ganamos en eso al menos...

Los dos sonrieron luego, en complicidad, casi con ironía. Y siguieron caminando rumbo al segundo tiempo del partido ante Newell's y contra la lluvia.

Un poco en broma, pero también en serio, los hinchas de Huracán viven como propio el éxito de la película de Juan José Campanella, nacida del libro de Eduardo Sacheri La pregunta de sus ojos. Lo cuentan en foros y en blogs. Sucede que el estadio de Alcorta y Luna, también Patrimonio Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, es protagonista del film. Escribió Pablo Scholz en la Revista Ñ, en el último agosto: "Campanella también es de los pocos que sabe dialogar fluido con el público. Haga comedia, cine costumbrista o drama. A los remates de sus líneas, El secreto de sus ojos le agrega momentos de auténtico placer: prepárense cuando vean el estadio de Huracán desde el aire para disfrutar un plano secuencia de 5 minutos exactos, que entra y sale del campo de juego y se mete por los rincones del Ducó". Para la crítica especializada, la escena del Ducó es de las mejores de una película dispuesta a hacer historia. También por eso, cuando el 7 de marzo la Academia de Cine de los Estados Unidos dé a conocer al ganador del rubro Mejor Película en Idioma Extranjero, en Parque de los Patricios el film argentino tendrá hinchada propia.

Texto publicado por el fundador del Blog en Clarín en 2010.

martes, abril 05, 2016

El recaudador de enojos


El hombre escucha, transpira, anda dando vueltas por la zona norte de la ciudad con un objetivo que, en estos días de decadencia para el club y de bolsillos rotos para la gente, parece un imposible: cobrar la cuota social de Huracán. Pero no sólo eso: además de que en el año varios son los que dejaron de pagar los 15 pesos mensuales, ahora hay otros tantos que depositan en el cobrador sus quejas. 

Ocurre que el equipo anda mal, terminó último en el Apertura, tiene un promedio que se deshilacha fecha tras fecha y cuenta con un plantel que no parece preparado para una reacción importante. Peor, imposible. Entonces, ante la dificultad de acceso al presidente Marcelo Buenaga o a cualquier otro dirigente o al técnico Carlos Babington, el cobrador aparece como chivo expiatorio, como depositario de los fastidios del socio.

"Pero viejo, no tendrían ni que pasar... Encima tenemos que pagar lo que pagamos para ver a este equipo... Tendríamos que entrar gratis por lo que ofrecen. Somos un desastre, no jugamos a nada". El cobrador escucha y no tiene respuesta. Siguen las quejas: "Damos pena, viejo... Es el peor Huracán de la historia. Pensar que acá jugaron Onzari, Stábile, Masantonio, Emilio Baldonedo, Tucho Méndez, Houseman... Así, con este equipo, nos vamos a la B". Sabe que cada una de esas palabras está sostenida por una realidad irrefutable. Pero él no tiene la culpa. Y se calla. O hace infructuosos esfuerzos por darle un consuelo o una explicación. No hay caso. Y la escena, con los más variados cuestionamientos incluidos, se repite. Y es un testimonio del Huracán de este tiempo.

"No puede ser, loco... Dejamos ir a Miguel (Brindisi), que había salido cuarto en el torneo anterior y ahora estamos dando lástima... Encima mirá los refuerzos que trajeron los dirigentes: uno peor que otro. Ahora estamos dando manotazos de ahogado: ponemos a los pibes y los estamos quemando. No puede ser.". No hay caso. El hartazgo de los hinchas se multiplica. Y el cobrador es, invariablemente, la víctima de todos esos enojos justificados. Cada timbre que toque, sin importar el barrio, es el comienzo de una suerte de mínima consulta psicológica. El cobrador no tiene diván. Atiende parado...

Texto publicado por el fundador del Blog en Clarín en 2002.

martes, febrero 09, 2016

Encantos escondidos


La escena sucede en un rincón bien porteño. Allí donde Almagro -ese del tango que lo cuenta: "gloria de los guapos / lugar de idilios y poesía"- muestra una de sus caras curiosas. El asombro nace en cada invitado ocasional: en el Centro Navarro, en ese espacio donde Moreno se encuentra con Colombres: con la misma pasión con la que se discuten clásicos polémicos en el ámbito del fútbol, allí se habla de jugadas, de partidos y de jugadores de paleta. En el pizarrón, anotados con tiza, están los nombres de los próximos rivales. La cartelera cuenta que en breve llegará el turno de enfrentar a Comunicaciones.

El club es también un espacio de pertenencia de los descendientes de los navarros que lo fundaron allá lejos en la primavera de 1895 y de los vecinos de Almagro que encontraron en el Navarro un resquicio para no perder los viejos ritos barriales del cafecito, del vermouth, del encuentro frecuente, del diálogo. Ellos son los que sostuvieron al club en sus peores días, tiempos de clausuras y de crisis. Los que le inventaron un final feliz a su propio Luna de Avellaneda.

La paleta resultó una excusa, pero también una pasión heredada primero y militada luego. Por eso no asombra tanto el detalle: mientras se celebra el cumpleaños de Horacio "El Potro" Colombo, habitante sentimental del barrio más allá de mudanzas y dirigente del club, se festejan también las buenas noticias que llegan desde los Panamericanos de Guadalajara (esas siete medallas, cuatro de oro y tres de bronce). Ellos lo saben aunque no se jactan: esos éxitos, tienen su cuna en tantos Navarros sueltos por la ciudad.

Texto publicado por el fundador del Blog en Clarín en 2011.

martes, febrero 02, 2016

Sonidos del Caribe


A Junior Lewis le faltan algunos dientes. Pero nada parece inhibir su sonrisa ancha. Su taxi —con el volante a la derecha, como en todo Trinidad y Tobago— no luce bien. Tiene una de las luces rota, varios rayones en las puertas y la única impresión que genera es de descuido. Para colmo, su inglés es cerrado y tan rápido como su andar. Otra certeza sobre este trinitario nacido hace 50 años: es locuaz y a cada nueva persona que conoce le entrega el motivo de su jactancia. "Mira, mira, éste soy yo...", dice en su inglés embarullado, gesticula y muestra la edición del diario local Newsday del 29 de octubre de 1999. Y efectivamente es él ese hombre que está tocando la batería en la foto de la sección Espectáculos. Junior Lewis no es sólo taxista; también es músico: en aquel octubre feliz tocó su instrumento junto al popular portorriqueño Tito Puente.

Se comporta cordial, pregunta orígenes y procedencias, sostiene que Argentina llegará a la final del Mundial Sub 17 que se disputa en su tierra, se queja por los penales que el árbitro argentino Daniel Giménez cobró en el partido inaugural que le permitieron a Croacia derrotar por 2-1 a losCalipso''s little boys locales. Pone música en español en la radio de su auto, tararea, intenta cantar en un español dificultoso y sigue hablando.

—¿Y qué tal sos tocando la batería?

—El mejor. Hombre, yo toqué con Tito Puente... Nada menos.


Eso sí, al momento de cobrar por el traslado hasta el hotel Chaguaramas, donde se concentra Argentina, Junior Lewis es implacable: pide 16 dólares, cuatro más que cualquier otro taxista. Tal vez sea porque se trata de una celebridad.

Texto publicado por el fundador del Blog en Clarín, en 2001.