
En realidad, el rugby me gustaba más verlo que jugarlo. Odiaba tener que tacklear, golpearme o terminar metido en el fondo de un ruck. Empecé como wing, continué de apertura y terminé de medio scrum. Pero ya antes de cumplir los 13 años, decidí alejarme. Quedó para siempre como mi segundo deporte.

Eran tiempos --además-- en los que con Walter (El Cholo, mi hermano mayor) íbamos a ver a Los Pumas. Tengo un episodio imborrable entre esas visitas compartidas: el 21-21 contra Nueva Zelanda, en la cancha de Ferro, con un Hugo Porta estelar, autor de todos los puntos. Para mí, que jugaba en Banco Nación y como apertura, se trataba de un motivo de orgullo añadido.
Y Leo Mainero --segunda línea de Central e íntimo amigo de mi hermano Walter, un wing veloz-- era una suerte de ídolo sin pretenderlo. Usaba una vincha de cinta adhesiva en la frente y tenía el coraje de un scrum entero. Desde el costado del campo de juego de aquel club que ya es una ausencia, allá en Florencio Varela, yo seguía a aquel equipo que nunca fue campeón. Rafa (otro amigo, otro wing veloz), El Cholo y Leo garantizaban que nadie se iba a llevar a su equipo por delante.
También retengo algunos otros nombres o apodos, más asociados a los terceros tiempos: El Yankee, Papelito, Martín Emina... Ellos, por azar, también fueron parte indeleble de aquellos días ovalados. Y felices.