lunes, agosto 08, 2011

Gabriela, el tortugo


Me lo contó la traductora Lorena Delgado, bajo el sol tibio de Colonia, en un mediodía de paraíso:

A Valeria -su hermana- le habían regalado una tortuga. Le pusieron un nombre sin dar demasiadas vueltas: Gabriela. No era simpática como la famosa Manuelita de Pehuajó. Casi todo lo contrario. Tenía particularidades de asombro: mordía el pie de cada uno que se le cruzara en su camino de pasos lentos, desaparecía sin avisar, se metía debajo del hogar, jugaba a resucitar después de tirarse del primer piso. Locuras de una tortuga incómoda.
Le gustaban los riesgos, también: solía trepar paredes, pero su inevitable torpeza la dejaba invariablemente dada vuelta. Si estaba sola, era un peligro grande. Algunos en la familia llegaron a pensar que Gabriela se quería suicidar. La tortuga estaba harta de su casa de Barracas; y en la casa también estaban hartos de ella. La decisión siguiente fue una consecuencia: a Gabriela la mudaron a la casa de María Rosa, la maestra de Loli. Allí, encontró su lugar en el mundo: había loros, perros, gatos; también una tortuga amiga.
Pero llegó la primavera y con ella, una sorpresa: la tortuga amiga iba a tener tortuguitas. Gabriela no era tan nena como su nombre indicaba. Gabriela era un tortugo al que nadie había sabido comprender...

Post publicado desde Colonia, Uruguay.

viernes, agosto 05, 2011

Mi otro país

Retrato fotográfico de Colonia del Sacramento, Uruguay. Con el Río de la Plata siempre asomando su inquietante mansedumbre.

Nací de este lado del Río, en Buenos Aires. Soy auténticamente porteño. Me gusta mi ciudad, sus barrios, sus ritos, sus espacios, sus particularidades, su gente, su aspecto, sus bares, su noche, sus avenidas... Sí, me gusta todo. O casi. No reniego de mi condición ni cosa parecida. Pero tengo una debilidad desde no recuerdo cuándo. Quizá desde siempre. Se trata de mis vecinos uruguayos. Y ahora, puesto a recordar razones, me encontré con todo esto:
Grité el gol de Daniel Fonseca contra Corea del Sur, en el Mundial de Italia 1990. No sé por qué. Me nació así, con la espotaneidad de lo natural.
Caminé por La Rambla en tiempos de la adolescencia y sentí que no estaba fuera de mi país. Esa era también mi Rambla.
Me abracé imaginariamente al inmenso Pedro Barrios y al estupendo Walter Pelletti, esos uruguayos tan quemeros como yo.
Conocí Colonia y supe que es el perfecto remanso en un mundo sin remansos.
Aprendí palabras ajenas que ahora me resultan propias.
Probé el Medio y Medio y lamento su ausencia en cada supermercado o bar o restorán de la Argentina.
Sentí y siento que Montevideo es una suerte de Buenos Aires unplugged.
Si hasta el glamour estival de Punta del Este percibí que me abrazaba.
Descubrí, también bajo ese cielo celeste Uruguay, que una historia de amor puede durar un puñado de días de verano.
Me pregunto: ¿qué serían las luces y las oscuridades del mundo sin las palabras ni las explicaciones de Eduardo Galeano?
Leí también a Horacio Quiroga, a Mario Benedetti y a Juan Carlos Onetti y puedo decir que ninguno de ellos debería faltar en una biblioteca valiosa.
Me hace reir como pocos el Negro Rada. Siempre admiré la originalidad de Leo Maslíah. Disfruto como a casi nadie al impecable Jorge Drexler.
Me fastidié por la estupidez alrededor del Caso Botnia.
Me fascina la épica de José Nasazzi y de Obdulio Varela.
No soy uruguayo porque no nací en Uruguay. Pero siento, cada vez que subo al Buquebus, que voy de visita a mi otro país, a la casa de mi hermano más querido.

Lo que sigue lo escribió Hernán Casciari, escritor y prolífico blogger, en Orsai, en octubre de 2005:

Justicia poética
Desde la más tierna infancia, desde el principio, entendí que soy un uruguayo atrapado en el cuerpo de un argentino. Ya de chico pensaba, vivía y sentía como uruguayo, por más que tratase de ocultarlo a causa del qué dirán. Mi mamá se dio cuenta una tarde que me vio tomando mate solo a una edad imposible. A mi padre traté de ocultárselo más tiempo, pero en el Mundial de España se me escapó un grito de gol. Imagino que sufrió en silencio, aunque nunca hablamos del tema.
De chico miraba con fascinación horas y horas, a escondidas, un mapa enorme del Uruguay, y pronunciaba en voz alta los nombres de las ciudades en donde me habría gustado nacer: Durazno, Canelones, Cabo Polonio, Treintaitrés. Mi mamá golpeaba con insistencia la puerta del baño:
—¡Hernán! ¿Qué estás haciendo tanto tiempo ahí adentro? —me gritaba. Yo plegaba el mapa, rojo de vergüenza, y tiraba la cadena para disimular, pero la oía susurrarle a mi padre:— Tu hijo está otra vez metido en el baño, con el mapa de Uruguay —decía acongojada—, vas a tener que hablar con ese chico.
En el colegio, cuando todos cantaban el Himno en el salón de actos, yo cambiaba secretamente algunos versos. Oíd mortales el grito sagrado: Uruguay, Uruguay, Uruguay. Posiblemente, al principio, haya sido una de esas taras que tenemos los chicos para llamar la atención o requerir afecto, porque además de uruguayo también yo decía ser panteísta. Pero lo segundo se me pasó cuando conocí el choripán, y en cambio lo de ser uruguayo todavía me persigue.
Y es que con el tiempo, en vez de menguar, la necesidad de ser uruguayo crecía en mi pecho, incesante. Por eso en mi adolescencia adoraba las noches limpias de verano, sin una sola nube, ésas noches que permitían que la señal del canal doce de Montevideo llegara casi perfecta al televisor de mi pieza. Me quedaba madrugadas enteras viendo películas infames de trasnoche, solamente para disfrutar de la publicidad charrúa, de ese acento cristalino, casi idéntico al mío pero más entonado y cadencioso.
Más tarde, con la llegada de la literatura, supe que mi obsesión no estaba mal encaminada. Leí una frase de Cortázar a los quince años: "Un argentino que nunca fue a París es una especie de uruguayo". Y yo me juré, como nomás jura un imbécil en la edad del pavo, que jamás pisaría Francia. (No pude cumplir la promesa, y lo lamenté en el alma en el mismo momento de pisar el aeropuerto Charles De Gaulle.)
En esos tiempos mercedinos, conocer a un uruguayo verdadero me ponía la piel de gallina. Una vez vino a la ciudad una banda que tenía un baterista uruguayo. Yo le preguntaba cosas de una manera enloquecida, como si Carl Sagan se hubiera encontrado con un marciano... Le preguntaba a mi uruguayo si hacía frío o calor en su país, si había montañas, si la cebolla hacía llorar. El baterista me miraba raro. "Es igual que acá, botija", me decía. Y yo pensaba: "¡Qué grandioso! Además de geniales, son humildes".
A decir verdad, no sé qué estoy haciendo en Barcelona. Desde que tengo memoria, siempre supe que mi destino estaría en Montevideo. Siempre creí que terminaría viviendo allí, casado con una uruguaya de pelo suelto experta en hacer ensaladas, y que yo fumaría en pipa y escribiría cuentos uruguayos. No pudo ser, pero a veces me despierto con una sensación de desasosiego, con una nostalgia de algo que no pasó jamás.
Quizás por esa manía temprana, los protagonistas de mis primeras tres novelas son uruguayos. Tampoco fue una decisión: surgió de ese modo, me sentía más cómodo gritando al viento mi opción de identidad desde el disfraz de la literatura. En una temporada de mi vida hasta aprendí a ponerme el termo en el sobaco y cebar con la misma mano. En otra época, salía con el mate a la calle para que la gente dijera "ahí va un uruguayo". Durante los mundiales 86 y 90, por un odio cultural hacia Bilardo, hinché abiertamente para Uruguay y lloré con el gol de Pasculi, que nos dejó afuera.
A lo largo de mi vida no conocí nunca, pero nunca, a un uruguayo malo, o cancherito, o pretencioso. Todos los uruguayos que pasaron por mi vida fueron como ángeles, como hermanos reencontrados. Incluso los muertos, los que nunca toqué. Quiroga, Felisberto, Onetti. A veces, cuando un uruguayo me quiere hacer enojar diciéndome que Gardel no es argentino, que en realidad nació del otro lado del Plata, yo para mis adentros pienso: "A mí me pasa lo mismo".
Hace poco estuvieron comiendo conmigo la cantante uruguaya Laura Canoura y el guitarrista uruguayo Jorge Nocetti; y me pasó lo de siempre. Esa sensación de hermandad, de bonanza, de estar con personas que he visto siempre, con gente que permanece cerca a pesar de los aviones y los regresos. Ellos provocan que, por un rato, el uruguayo que llevo dentro salga a tomar el aire a la superficie de mi vida.
Por ejemplo, yo no bailo. No sé bailar; no puedo. Sin embargo, la primera vez que lo vi en vivo a Jaime Roos —fue en la Trastienda, hace muchos años— algo dentro de mí pegó un salto, se desató a la mitad de "Colombina" y los que estaban conmigo juran que me convertí en otro. Dicen que movía los pies, dicen que de repente yo era un gordito con ritmo. No sé si es verdad, porque no me acuerdo de nada. Pero es muy posible.
La milonga de Borges me pone la piel de gallina. Hace un rato la busqué en un libro porque quería poner unos versos en este artículo, y volvió a conmoverme:


Hombro a hombro o pecho a pecho,
cuántas veces combatimos.
¡Cuántas veces nos corrieron,
cuántas veces los corrimos!
Milonga para que el tiempo
vaya borrando fronteras;
por algo tienen los mismos
colores las dos banderas.

Habla de eso mismo, Borges. De ese extraño sentimiento en donde no importan las diferencias sino las similitudes. Somos un mismo pueblo que no comparte nombre, pero da igual. Yo me siento partido al medio, pero muchas veces más de aquel lado que de éste. No sé por qué.
Anoche pensaba en todas estas cosas, mientras miraba el partido. La selección de Uruguay necesitaba ganarle a Argentina para mantener vivas sus chances mundialistas. Y yo, como muchos argentinos que también tienen un uruguayo adentro, cerramos el puño y fuimos felices con el gol de Recoba. Porque recordamos el placer de haber leído a Felisberto, porque no podemos olvidar haber pescado en esos ríos y haber caminado de noche por Montevideo, porque en el fondo sabemos que ellos son como nosotros pero sin los defectos nuestros, porque aunque sean chiquitos son nuestros hermanos mayores, porque saben mirar a los ojos y tienen esa luz de pueblo silencioso en la mirada, y porque hace un mes mi hija fue arrullada para dormirse por una de sus mejores voces. Gol de Recoba. Uruguay sigue soñando con el Mundial y Chile se queda afuera. Justicia poética.
Estamos hechos del mismo barro. Ésa es la diferencia entre ser hermanos de sangre o ser nomás un país limítrofe. Yo ya tengo un país limítrofe a la derecha, y es suficiente. Pero a la izquierda, del lado del corazón y por suerte, tengo a unos hermanos del alma. Tan cerca, tan pero tan cerca, que a veces pienso que soy un uruguayo que nació, por un error del viento, a trescientos cuarenta kilómetros de mi cuna.


Cine:


El trailer de Whisky, una encantadora película uruguaya.

Más:
Detalles del film, en IMDB.