domingo, julio 05, 2009

Viejo, nos cagaron


Hay otra historia detrás del subcampeonato. Y no es la historia de una derrota. No perdió Huracán, más allá de que no dio la vuelta olímpica. Porque Angel Cappa y Mario Bolatti no merecían ese desenlace sin consagración. No, seguro que ellos no perdieron. Tampoco los pibes, como Javier Pastore y Matías Defederico, que le pusieron su cara a una caída que no fue tal. Porque está claro que perder no siempre es perder.
Y así como el fútbol del mundo recuerda a campeones sin vuelta, como Hungría de 1954, o como Holanda de 1974. Así como el fútbol argentino no olvida a Gimnasia La Plata de 1933, a Banfield de 1951, a Lanús de 1956. O como la historia quemera rememora a La Aplanadora de 1939, a Los Penta de 1976; este Huracán de Angel Cappa ya se había garantizado un lugar en el pedestal más allá del tropiezo ante Vélez, en Liniers.
El técnico lo escuchó desde joven, y lo militó desde entonces: “Hay muchas formas de perder. Usted elija siempre perder jugando, perder de pie”. Y este Huracán cayó de pie. Porque jugó para el aplauso y porque soñó desde lo imposible. Porque se armó para lidiar con el promedio y fue motivo de elogio de propios y de ajenos. Porque permitió lo que casi nadie en la historia reciente de Huracán: que el Globo de Newbery en el pecho fuera un orgullo inflado.
Es cierto, no estará la sexta estrella en la camiseta a partir del Apertura. Pero sí habrá una memoria que lo guardará siempre a este Huracán, a estos Angeles de Cappa, a este Equipo del Pueblo. Porque el recorrido fue un placer y un lujo. Por eso, también la ovación para ellos. Los aplausos, el reconocimiento, las lágrimas compartidas, ese dolor que es militancia y pertenencia. No habrá olvido para esta tarde de Liniers, más allá del golpe. Porque el hincha de Huracán no es hincha del éxito sino de su identidad. Y este equipo hizo algo enorme. Fue generoso como aquellos equipos tetracampeones de la década del ‘20, como Guillermo Stábile y Cesáreo Onzari; fue guapo como Herminio Masantonio; fue futbolísticamente romántico como Emilio Baldonedo y Tucho Méndez; fue lúcido y hasta lujoso como en los días felices de los 70. Resultó, sobre todas las cosas, una reivindicación de aquellos mandamientos que parecían perdidos.
Se deshace la tarde en Liniers, bajo el cielo del Amalfitani. Es un golpe cada paso rumbo a los barrios del Sur. Se entiende cada llanto. El fútbol tiene esa cara ingrata tantas veces. Pero ninguno de ellos, ni el más quejoso ni el menos optimista, tienen un reproche para ofrecer. Y no porque el alma rota se los impida. Simplemente, porque este Huracán fue una excusa para vivir felices por un rato y abrazados a una posibilidad. Y eso, hoy, mañana, siempre, será una razón suficiente para decirles a los protagonistas de este recorrido una palabra de siete letras y un sólo significado: gracias. Sucede que la gloria, a veces, no necesita de vueltas olímpicas.

Texto publicado por el autor del Blog, en Clarín. Y posteriormente incorporado en el libro "El campeón de la gente", del periodista Gustavo Catalano.

Nota: mi Viejo, que ya no está, me hizo quemero.

martes, junio 02, 2009

Manchester: bellezas, misterios y contrastes


Cosmopolitan
Si hubiera una competencia sobre el carácter cosmopolita de las ciudades, Manchester podría competir y hasta llegar a la final de la Champions League, como el United. Se comprueba en las calles. Hay árabes con sus turbantes y también con sus billetes (el dueño del Manchester City, por ejemplo, es un integrante de la familia real de los Emiratos Arabes Unidos). Hay hijos e hijas de las antiguas colonias británicas en Africa y, sobre todo, en el Caribe. Hay indios que llegaron para poner sus negocios breves en casi todas las cuadras del centro. Hay un barrio chino, con todos sus vértigos y sus colores. Hay italianos y españoles que eligieron las pastas y las tapas para llenar sus bolsillos vendiendo comida. Hay galeses, escoceses e irlandeses que, sostienen, en Manchester se sienten como en sus casas. Hay japoneses y coreanos que trabajan en áreas vinculadas con el servicio y/o con la tecnología. Hay, parece, gente de cada rincón que uno imagine entre los 2.600.000 que viven en Manchester. Ah, sí, también hay ingleses tomando cerveza en cada bar.

Mitología urbana
Son las diez y media de la mañana y el rito ya comenzó. No se trata de una novedad, pero aún así el asombro llega: en los bares del centro de Manchester hay cervezas de todo tipo sobre las mesas. Jóvenes, grandes, mujeres, hombres, elegantes, descuidados, barbudos, prolijos, metrosexuales. Todos. No hay distinción. Pero no se trata de un ocasional reemplazo del tradicional british breakfast. Nada de eso: hasta puede ser un complemento.
Y el rito continuará hasta que cierre el último de los bares de esta ciudad en la que conviven con armonía las construcciones tradicionales y los edificios modernos. La sorpresa no cesa: a la hora de la merienda, el five o'clock tea se transforma en mitología urbana: la misma señora que uno imagina con una coqueta taza está sentada en la barra del bar One y va por su segunda pinta (la tradicional medida británica para la cerveza). El barman observa todo con naturalidad: se trata de una cuestión cotidiana. Lo mismo sucede en otros bares típicos de la ciudad: Odd, Bluu Bar, The Knott, Mojo. No se observan excepciones. La ceremonia se renueva en cada rincón.


Donde se se transpira fútbol
Manchester resulta tan británica como casi todas las postales británicas. Tiene los encantos de su tradición, con sus construcciones sólidas, con sus viejos espacios (como teatros y estaciones de ferrocarril) reciclados en mandatos de este tiempo: centros comerciales y hoteles de lujo.
En la St. Peter Street, donde se encuentra el Radison Edwardian (la concentración de Los Pumas en esta ciudad), se puede observar otro de los rasgos de la ciudad, vinculados con el deporte: acá, bajo el mismo cielo en el que Carlos Tevez escuchó ovaciones, el fútbol es la vedette. Y no el rugby, más allá del test match de mañana entre Argentina e Inglaterra. Allí, en los bares que tienen pantalla gigante y cervezas de todas las variadades y a toda hora, se ofrece más la televisación del encuentro entre el seleccionado de Wayne Rooney y Frank Lampard contra Kazajstán, por las Eliminatorias para Sudáfrica 2010, que la cita de los Pumas en Old Trafford. El solo hecho de entrar a Brannigans, uno de esos bares, lo confirma: se ven camisetas de todos los tiempos del Manchester United, sobre todo, y las de su rival de la ciudad, el City. De rugby, nada. Como si la ciudad sólo transpirara de fútbol.

Desde Old Trafford
No es un día sencillo en Manchester para que el estadio luzca repleto: justo antes del inicio del partido frente a Los Pumas, juegan los Lions en Sudáfrica, con 9 ingleses en el plantel; en simultáneo, la selección de fútbol visita Almaty para enfrentar a Kazajstán, por las Eliminatorias para Sudáfrica 2010; y a la noche, en esta ciudad tocará Oasis, los vecinos del décimo piso del Radisson Edwardian, el hotel donde se concentra el plantel argentino. Encima, llueve desde hace más de 24 horas. Sin embargo, en las tribunas de Old Trafford hay clima de evento deportivo trascendente: son 40.521 espectadores.
A la hora de los himnos, sucede un episodio poco frecuente: el "oíd mortales" lo escuchan muchísimos ingleses. Hay respeto, silencio y, luego, aplausos. En el centro de la escena, Los Pumas repiten el rito: gritan para que los escuche todo El Teatro de los Sueños. Hay, en el medio del estadio que impacta, una bandera que se parece mucho a un homenaje perpetuo: "Gracias Pumas por los huevos". De fondo se escucha a la murga de Manchester. También hay fuegos artificiales al momento de salir los equipos. Afuera todavía esperan muchos fanáticos con inmensos vasos de cerveza.

Textos escritos por el autor del Blog para Clarín.
Fotos de Rodrigo Vergara, quien además contó sus sensaciones en Rugby Time.


Post publicado desde Manchester, Inglaterra.

martes, mayo 26, 2009

Gracias por el fuego y por tus palabras


Están los que se proponen inventar una vacuna que salve al mundo, los que coleccionan insomnios imaginando la sinfonía insuperable y los que una vez por semana sueñan con fabricarse alas y volar. El Alto, no. El gran deseo entre los deseos del Alto era fundar un equipo de fútbol en el que se iluminara la esencia de la condición humana. Mil veces lo había dicho en el Bar de los Sábados, ese territorio donde estaba claro que no hay mejor certificado de existencia que tener un deseo: le faltaba mucho para hacer real a ese equipo. Salvo el nombre. Eso estaba. Lo llamaría Primavera con una esquina rota.
Ante la posibilidad legítima de que a alguien en el Bar de los Sábados lo desacomodara el bautismo del equipo, el Alto eligió enarbolar su fundamento: "Primavera con una esquina rota es uno de los tantísimos libros de ternuras de Mario Benedetti. Lo compré el 2 de enero de 1985, lo leí sin poder parar el 3 de enero de 1985 y decidí el 4 de enero de 1985 que el día en que fundara un equipo lo llamaría así". El Gordo, otra postal del bar, le preguntó por qué. El Alto le devolvió una respuesta que habitaba su saber y su boca justo desde 1985: "Ahí está todo".
El Alto había crecido enterándose de que Mario Benedetti supo querer la camiseta de Nacional de Montevideo, se entrenó en gritar los goles de Atilio García y vibró de honor por la nobleza de Obdulio Varela. Igual, no era esa la explicación del nombre de su futuro equipo. Había una causa aún mayor: "En Primavera con una esquina rota, brillan el amor y la lucha, la soledad y las ansias, la tenacidad y el aprendizaje, el vacío y la frustración, la plenitud y, sobre todo, la libertad. ¿Díganme qué otra cosa es el fútbol o qué otra cosa es la humanidad?"
En el Bar de los Sábados no hubo voz en esa tarde que no sonara para dedicarle una emoción, una palabra o un tributo a la memoria dulce del gran Mario Benedetti. Eso mismo hizo el Gordo, que miró conmovido al Alto y le aseguró que Primavera con una esquina rota era un nombre perfecto para un equipo. "Perfecto, pero no el único", agregó. Luego, dejó ir un silencio y reveló que también él deseaba fundar un equipo en el que se iluminara la esencia de la condición humana. Y que, con Benedetti en el alma, le iba a poner Gracias por el fuego.

Texto publicado por Ariel Scher, editor y compañero de redacción, en Clarín.

lunes, mayo 18, 2009

En el nombre de Pedro


"Pibe, no crea, eh... Ya está todo inventado", decía con esa mueca mínima, que parecía una sonrisa buscando sana complicidad. Cada diálogo con él resultaba una revelación. Cuando hablaba, cuando miraba, el señor Pedro Uzquiza resucitaba a un Buenos Aires que ya no existía, que ya había perdido los preciosos códigos del bar y de la bohemia. No sólo eso hacía: mostraba caminos, abrazaba el culto a la amistad, se animaba a decir verdades incómodas, mostraba su costado más visceral y se enojaba ante las injusticias cotidianas. Era auténtico, férreo en algunas ocasiones, cristalino siempre. Guardaba su inmensa ternura para los que la merecían.
Fue periodista de Clarín, El Gráfico y La Razón, entre otros tantos medios; docente sin pizarrón en cuestiones de la vida; un defensor del buen gusto; un tipo implacable con los ventajeros; un hombre íntegro, sensible, generoso; un amigo que también ahora aparece en la mesa del bar de enfrente, como recuerdo entrañable...
Ediciones Al Arco, el único sello nacional de literatura deportiva, le acaba de ofrecer un tributo: su nueva colección de libros, que arranca con la reedición de De Puntín (once cuentos de autores diversos, con prólogo de Jorge Valdano y contratapa de Eduardo Galeano), se llamará Pedro Uzquiza. Una iniciativa impulsada por Marcos González Cezer y Julio Boccalatte, responsables de la editorial, y celebrada por todos aquellos que conocieron al inolvidable Pedro. Sucede que los tipos como él perduran más allá de los días que vivieron: en esas historias encantadoras que brotan como añoranzas, en muchas de sus buenas notas en el archivo o, ahora, en una colección de libros que llevará su nombre.

Texto publicado por el autor del Blog, en Clarín.

jueves, abril 23, 2009

El jazz, según Cortázar



The John Coltrane Quartet (John Coltrane, McCoy Tyner, Jimmy Garrison, Elvin Jones) en 1963, durante el programa de televisión Jazz Casual, interpretando Alabama.



Julio Cortázar y el jazz, en el programa "A fondo", de la TVE, en 1977.



"El perseguidor", el relato de Cortázar más vinculado con el jazz.

Contaba René Vargas Vera, en el diario La Nación, hace una década: "Pero el Cortázar músico, quizás el más minucioso -el jazzman-, está plasmado en 'El perseguidor', que es como una pequeña 'Rayuela', por las similitudes de sus personajes Johnny y Oliveira. 'El perseguidor', dedicado In memoriam de Ch. P. (Charlie Parker), retrata a un Johnny Carter (donde se reúnen nombre y apellido de dos saxos memorables: Johnny Hodges y Benny Carter), que hereda aficiones de Parker: alcohol, drogas, escándalos, amoríos... Johnny es un músico arbitrario y genial, que descoloca con gestos y desplantes de intuitivo a Bruno (es decir, Cortázar), un crítico racional que está escribiendo un libro sobre Johnny. 'Todo crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia de morder y mascar', piensa Bruno, quien, entre el perfil humano y el jazz, descubre que 'uno es una pobre porquería al lado de un tipo como Johnny Carter'. Bruno, que ha escrito un libro que es -lo reconoce Johnny- 'como lo que toca Satchmo, tan limpio, tan puro'".

miércoles, marzo 04, 2009

Imagina



Ya hacía bastante tiempo que había llegado la democracia. El pibe iba a un colegio católico de Belgrano. Para la clase de música, cada alumno llevaba algo de lo que prefería escuchar en su mundo privado. Y el pibe tuvo una suerte de osadía sin querer: llevó una grabación de The Beatles que incluía la canción Imagine. No entendió por qué, pero el profesor, siempre tan prolijo, tan metódico, tan religioso, no permitió que el pibe compartiera aquella canción de John Lennon.
Descubrió, días después, la matriz de la censura: lo llamaron a la sala de profesores. Los docentes de catequesis lo intimaron:
--No podés traer más esa música.
--Es John Lennon. Me gusta.
--Pero no podés escuchar Imagine...
--Pero me gusta.
--No la debés escuchar...
--¿Por qué?
--Es una canción subversiva.
El pibe volvió ese día a la casa en silencio. Se fijó en el más gordo de los diccionarios de la biblioteca familiar el término incómodo. Siguió sin entender a sus profesores. Después apretó play. Y se quedó a solas con Lennon.

Imagine
Imagina


Imagine there's no heaven
it's easy if you try
no hell bellow us
above us only sky.
Imagina que no hay un paraíso
es fácil si lo intentas
no hay infierno debajo nuestro
sobre nosotros, sólo el cielo.


Imagine all the people, living for today
imagine there's no countries
it is'nt hard to do
nothing to kill or die for
and no religion to.
Imagina a toda la gente, viviendo hoy
imagina que no hay países
no es duro de hacer
no hay nada por lo que matar o morir
y religiones tampoco.


Imagine all the people,living life in peace.
Imagina a toda la gente, viviendo la vida en paz.

You may say im a dreamer
but im not the only one
i hope someday you'll join us
and the world will be as one.
Debes decir que soy un soñador
pero no soy el único
espero que algún día nos acompañes
y que el mundo sea uno.


Imagine no possesions
i wonder if you can
no need for greednor hunger
a brother hood of men.
Imagina que no hay posesiones
me encantaría si pudieras
no necesitar la ambicion, ni las ansias
el hermano encapuchado de un hombre.


Imagine all the people, cheering all the world.
Imagina a toda la gente, compartiendo el mundo.

You may say im a dreamer
but im not the only one
i hope someday youll join us
and the world will live as one.
Debes decir que soy un soñador
pero no soy el único
espero que algún día nos acompañes
y que el mundo sea uno.

sábado, enero 31, 2009

Encantos de nuestro vecindario


Montevideo

Resbalo por tu tarde como el cansancio por la piedad de un declive.
La noche nueva es como un ala sobre tus azoteas.
Eres el Buenos Aires que tuvimos, el que en los años se alejó quietamente.
Eres nuestra y fiestera, como la estrella que duplican las aguas.
Puerta falsa en el tiempo, tus calles miran al pasado más leve.
Claror de donde la mañana nos llega, sobre las dulces aguas turbias.
Antes de iluminar mi celosía tu bajo sol bienaventura tus quintas.
Ciudad que se oye como un verso.
Calles con luz de patio.

Jorge Luis Borges


Montevideo a la vista

Ya el mar es patria, no destierro;
porque el espíritu de Ariel
diseña una ciudad y un cerro
con su luminoso pincel.

Enrique Diez-Canedo
(español)



Crónica de la ciudad de Montevideo

Julio césar Puppo, llamado El Hachero, y Alfredo Gravina, se encontraron al anochecer, en un café del barrio de Villa Dolores. Así, por casualidad, descubrieron que eran vecinos:
--Tan cerquita y sin saberlo.
Se ofrecieron una copa, y otra.
--Se te ve muy bien.
--No te vayas a creer.
Y pasaron unas pocas horas y unas muchas copas hablando del tiempo loco y de lo cara que está la vida, de los amigos perdidos y los lugares que ya no están, memorias de los años mozos:
--¿Te acordás?
--Si me acordaré.
Cuando por fin el café cerró sus puertas, Gravina acompañó al Hachero hasta la puerta de su casa. Pero después el Hachero quiso retribuir:
--Te acompaño.
--No te molestes.
--Faltaba más.
Y en ese vaivén se pasaron toda la noche. A veces se detenían, a causa de algún súbito recuerdo o porque la estabilidad dejaba bastante que desear, pero enseguida volvían al ir y venir de esquina a esquina, de la casa de uno a la casa del otro, de una a otra puerta, como traídos y llevados por un péndulo invisible, queriéndose sin decirlo y abranzándose sin tocarse.

Eduardo Galeano - El libro de los abrazos.


Montevideo

Montevideo, copa de plata,
llena de encantos y de primores.
Flor de ciudades, ciudad de flores,
de cielos mágicos y tierra grata.
Tus bravos héroes la Historia acatan.
Fervientes lirios dieron loores
a los centauros y a los pastores
cuyas proezas recuerda el Plata.

Y ese tesoro de ritmo y de gracia,
rosas del pueblo, o aristocracia
que en tus mujeres divinas veo
¡ son, con sus almas de poesía
de tu corona pedrería
maravillosa Montevideo !

Rubén Darío
(nicaragüense)


Post publicado desde Montevideo, Uruguay.

jueves, enero 29, 2009

Museo de un dolor


Al año de la Guerra de las Malvinas, el 3 de abril de 1983, el escritor y Premio Nobel Gabriel García Márquez publicó un conmovedor texto en el diario El Espectador, de Bogotá. Acá y ahora, en este Puerto Argentino al que todos llaman Stanley, sus palabras resultan una verdad afilada, tanto como entonces. De fondo, se escuchan dos aviones del Ejército Británico haciendo ejercicios de combate. Son un hachazo que surca el cielo de la guerra imposible. Hace un rato volvimos del Museo. La sensación abruma. Los ojos vieron los retazos de lo que no debió ser...

Abril de 1983. Por Gabriel García Márquez.
Un soldado argentino que regresaba de las Islas Malvinas al término de la guerra llamó a su madre por teléfono desde el Regimiento I de Palermo en Buenos Aires y le pidió autorización para llevar a casa a un compañero mutilado cuya familia vivía en otro lugar. Se trataba —según dijo— de un recluta de 19 años que había perdido una pierna y un brazo en la guerra, y que además estaba ciego. La madre, feliz del retorno de su hijo con vida, contestó horrorizada que no sería capaz de soportar la visión del mutilado, y se negó a aceptarlo en su casa. Entonces el hijo cortó la comunicación y se pegó un tiro: el supuesto compañero era él mismo, que se había valido de aquella patraña para averiguar cuál sería el estado de ánimo de su madre al verlo llegar despedazado.

Esta es apenas una más de la muchas historias terribles que durante estos últimos doce meses han circulado como rumores en la Argentina, que no han sido publicadas en la prensa porque la censura militar lo ha impedido, y que andan por el mundo entero en cartas privadas recibidas por los exiliados. Hace algún tiempo conocí en México una de esas cartas, y no había tenido corazón para reproducir algunas de sus informaciones terroríficas. Sin embargo, revistas inglesas y norteamericanas celebraron este dos de abril el primer aniversario de la aplastante victoria británica, y me parece injusto que en la misma ocasión no se oiga una voz indignada de la América Latina que muestre algunos de los aspectos inhumanos e irritantes del otro lado de la medalla: la derrota argentina. La historia del joven inválido que se suicidó ante la idea de ser repudiado por su madre, es apenas un episodio del drama oculto de aquella guerra absurda.


Ahora se sabe que numerosos reclutas de 19 años que fueron enviados contra su voluntad y sin entrenamiento a enfrentarse con los profesionales ingleses en las Malvinas, llevaban zapatos de tenis y muy escasa protección contra el frío, que en algunos momentos era de 30 grados bajo cero. A muchos tuvieron que arrancarles la piel gangrenada junto con los zapatos y 92 tuvieron que ser castrados por congelamiento de los testículos, después de que fueron obligados a permanecer sentados en las trincheras. Sólo en el sitio de Santa Lucía, 500 muchachos se quedaron ciegos por falta de anteojos protectores contra el deslumbramiento de la nieve.

Con motivo de la visita del Papa a la Argentina, los ingleses devolvieron mil prisioneros. Cincuenta de ellos tuvieron que ser operados de las desgarraduras anales que les causaron las violaciones de los ingleses que los capturaron en la localidad de Darwin. La totalidad debió ser internada en hospitales especiales de rehabilitación, para que sus padres no se enteraran del estado en que llegaron: su peso promedio era de 40 ó 50 kilos, muchos padecían de anemia, otros tenían brazos y piernas cuyo único remedio era la amputación, y un grupo se quedó interno con trastornos psíquicos graves.



“Los chicos eran drogados por los oficiales antes de mandarlos al combate”, dice una de las cartas de un testigo. “Los drogaban primero a través del chocolate, y luego con inyecciones, para que no sintieran hambre y se mantuvieran lo más despiertos posible”. Con todo, el frío a que fueron sometidos era tan intenso que muchos murieron dormidos. Tal vez fueron los más afortunados porque otros murieron de hambre tratando de extraer la pasta de carne que se petrificaba dentro de las latas. En este sentido, mucho es lo que se sabe sobre la barbarie de la logística alimenticia que los militares argentinos practicaron en las Malvinas. Las prioridades estaban invertidas: los soldados de primera línea apenas si alcanzaban a recibir unas sardinas cristalizadas por el hielo, los de la línea media recibían una ración mejor, y en cambio los de la retaguardia tenían a veces la posibilidad de comer caliente.


Frente a condiciones tan deplorables e inhumanas, el enemigo inglés disponía de toda clase de recursos modernos para la guerra en el círculo polar. Mientras las armas de los argentinos se estropeaban por el frío, los ingleses llevaban un fusil tan sofisticado que podía alcanzar un blanco móvil a 200 metros de distancia, y disponían de una mira infrarroja de la más alta precisión. Tenían además trajes térmicos y algunos usaban chalecos antibalas que debieron ocasionarles trastornos mentales a los pobres reclutas argentinos, pues los veían caer fulminados por el impacto de una ráfaga de metralla, y poco después los veían levantarse sanos y salvos y listos para proseguir el combate. Las tropas inglesas estaban una semana en el frente y luego una semana a bordo del “Canberra”, donde se les concedía un descanso verdadero con toda clase de diversiones urbanas en uno de los parajes más remotos y desolados de la Tierra.

Sin embargo, en medio de tanto despliegue técnico, el recuerdo más terrible que conservan los sobrevivientes argentinos es el salvajismo del batallón de “gurkhas”, los legendarios y feroces decapitadores nepaleses que precedieron las tropas inglesas en la batalla de Puerto Argentino. “Avanzaban gritando y degollando”, ha escrito un testigo de aquella carnicería despiadada. “La velocidad con que decapitaban a nuestros pobres chicos con sus cimitarras de asesinos era de uno cada siete segundos. Por una rara costumbre, la cabeza cortada la sostenían por los pelos y le cortaban las orejas”. Los “gurkhas” afrontaban al enemigo con una determinación tan ciega que de 700 que desembarcaron sólo sobrevivieron setenta. “Estas bestias estaban tan cebadas que una vez terminada la batalla de Puerto Argentino, siguieron matando a los propios ingleses hasta que éstos tuvieron que esposar a los últimos para someterlos”.


Hace un año, como la inmensa mayoría de los latinoamericanos, expresé mi solidaridad con Argentina en sus propósitos de recuperación de las Islas Malvinas, pero fui muy explícito en el sentido de que esa solidaridad no podía entenderse como un olvido de la barbarie de sus gobernantes. Muchos argentinos e inclusive algunos amigos personales, no entendieron bien esta distinción. Confío, sin embargo, en que el recuerdo de los hechos inconcebibles de aquella guerra chapucera nos ayude a entendernos mejor. Por eso me ha parecido que no era superfluo evocarlos en este aniversario sin gloria. Como nunca me parecerá superfluo preguntar otra vez y mil veces más —junto a las madres de la Plaza de Mayo— dónde están los ocho mil, los diez mil, los quince mil desaparecidos de la década anterior.

Post publicado desde Puerto Argentino, islas Malvinas.

Las fotos fueron sacadas por el autor del blog en el Museo de la Guerra de las Malvinas.

jueves, enero 22, 2009

Sobre la fidelidad


Leyendo Notas de Prensa I, de Gabriel García Márquez, me encontré in situ con su admiración por Pablo Neruda, de quien alguna vez dijo: "Es el más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma". Harold Bloom, el implacable crítico, lo calificó al poeta chileno con una frase que no reconoce dobles lecturas: "Ningún poeta del hemisferio occidental de nuestro siglo admite comparación con él". Premio Nobel de Literatura en 1971, hombre de izquierda, diplomático, amigo generoso según quienes lo tuvieron cerca, admirado sin saberlo en detalle... Cuando lo galardonó la Academia Sueca, recuerda en sus memorias: “El anciano monarca nos daba la mano a cada uno; nos entregaba el diploma, la medalla y el cheque (...) Se dice ( o se lo dijeron a Matilde para impresionarla) que el rey estuvo más tiempo conmigo que con los otros laureados, que me apretó la mano con evidente simpatía. Tal vez haya sido una reminiscencia de la antigua gentileza palaciega hacia los juglares”. Hijo de José del Carmen Reyes Morales, obrero ferroviario, y Rosa Neftalí Basoalto Opazo, maestra de escuela fallecida debido a una tuberculosis cuando Neruda tenía un mes de edad, el escritor vivió una vida despojada de ostentaciones. Su fuerza, su impulso, sus búsquedas estaban en las palabras; en esas palabras que sabía ubicar mejor que casi nadie.
Estoy en Chile, ahora. Al sur, en la Región Magallánica. Y aquí, en Seno Otwey, un montón de pingüinos conviven en paz. Con una particularidad que los hace mejores: no se conoce ningún pingüino magallánico que haya engañado a su pareja. Se reconocen por las huellas de cada sonido único, personal, irrepetible. Caminan, con ese andar tan manso; sólo alterado por la incomodante presencia humana. Parecen preguntarse el motivo de las invasiones. Miran, nunca del todo acostumbrados. No saben, sospechamos, que algùn día entre sus tantas inspiraciones Neruda les escribió un delicioso poema. Un homenaje para ellos que desde el borde de ese océano en el que conviven en paz nos explican de qué se trata la fidelidad.

Pingüino
(Spheniscus Magellanicus)

Ni bobo ni niño ni negro
ni blanco sino vertical
y una inocencia interrogante
vestida de noche y de nieve.

Ríe la madre al marinero,
el pescador al astronauta,
pero no ríe el niño niño
cuando mira al pájaro niño
y del océano en desorden
inmaculado pasajero
emerge de luto nevado.

Fui yo sin duda el niño pájaro
allá en los fríos archipiélagos:
cuando él me miró con sus ojos,
con los viejos ojos del mar:
no eran brazos y no eran alas,
eran pequeños remos duros
los que llevaba en sus costados:
tenía la edad de la sal,
la edad del agua en movimiento
y me miró desde su edad:
desde entonces sé que no existo,
que soy un gusano en la arena.

Las razones de mi respeto
se mantuvieron en la arena:
aquel pájaro religioso
no necesitaba volar,
no necesitaba cantar
y aunque su forma era visible
sangraba sal su alma salvaje
como si hubieran cercenado
una vena del mar amargo.

Pingüino, estático viajero,
sacerdote lento del frío:
saludo tu sal vertical
y envidio tu orgullo emplumado.


Post publicado desde Punta Arenas, Chile.

miércoles, enero 07, 2009

¿Por qué?


Lo que sigue lo escribió Osvaldo Bayer, en la contratapa de Página 12 del sábado. Se titula "Los ojos de los niños" y es la cara agria de una verdad sin disimulo posible: otra guerra, distintos rostros, más muertes, los mismos horrores. Como una pregunta de niño, tan simple, tan lacerante. Como Gulliver, como Swift, el texto sugiere interrogantes que inquietan.

Desde Bonn, Alemania.
Mientras en una parte del mundo se celebraban las fiestas, en otros lugares se mataban seres humanos. Así se despidió el año 2008, así llegó el 2009. Civilización, o no, y barbarie. Pan dulce y bombas. El cinismo no conoce fronteras. Se mata y ya está. Por seguridad. Por los derechos de unos sobre otros. Recibimos el Año Nuevo con cuatrocientos muertos debajo del colchón, cien de ellos niños. Y cerca de dos mil heridos. La Franja de Gaza. Pueblos que ya tendrían que ser sabios por sus experiencias trágicas encuentran coincidencia sólo en la muerte. Esa muerte para la que el ser humano trata de encontrar una definición, una explicación, es usada como emblema de lo que llamamos civilización. Ahora es ya mucho más fácil. Se mata al enemigo desde aviones y, mejor todavía, a él y a toda su familia. A su mujer y a sus ocho hijos. O con cohetes, desde el escondite. Esos jóvenes que arrojan bombas desde aviones o desde escondites no se dan cuenta de que matan, de que exterminan la vida de otro ser, por lo general inocente. Pero arrojan bombas por “patriotismo”. Los discursos de los políticos intervinientes nos dicen claramente de su omnipotencia. ¿Tienen acaso el poder delegado de matar, de hacer matar? ¿Se los vota para eso? ¿Y qué pasa con Naciones Unidas, para qué está? Ni siquiera esa organización mundial es capaz de detener una guerra. Ese tendría que ser su principal motivo de existencia. Y no una masa burocrática de encuentros superficiales y desencuentros que ocasionan la muerte.
La muerte de niños. Lo lanzaron al aire y al papel, los medios: el bombardeo israelí logró la muerte de uno de los dirigentes principales de Hamas y también de su mujer y sus ocho hijos. Buena puntería. ¿Pero cómo, es que vivimos en el tiempo de los dinosaurios? No, vivimos el siglo de la mente humana. Por eso el papa Ratzinger en su mensaje de Navidad nos ha enseñado a rezar, rezar, rezar. ¿Rezar a quién? ¿A un Dios que permite en la “Tierra Santa”, donde nació su hijo de una virgen, que se cometan crímenes tan atroces, como que se peleen pueblos desde hace siglos por razones religiosas, que en el fondo no son otra cosa que razones de poder y de dominio? Alá, Jehová y Cristo. Tierra Santa que mata a sus niños.
¿Con qué habrán soñado esos niños la última noche en que vivieron? ¿Con juguetes, con hadas, con ángeles que les arrojaban espejitos de colores desde el cielo? Es lo mismo, porque nosotros les arrojamos bombas y los destrozamos. Habría que rescatar los ojos de esos niños en el momento en que estallaron las bombas.
Sí, está bien, los hombres de Hamas lanzan cohetes a Israel. ¿Y por eso hay que bombardear ciudades abiertas allí donde viven madres que crían a sus hijos? Ciudades que ni siquiera tienen refugios antiaéreos. Eso es fácil. Pero criminal de la peor cobardía, a su vez.
Tiene razón Israel en combatir el terrorismo, pero no con métodos cien veces más traidores que el cohete individual. Igual, tal vez, en su perversión, pero increíblemente menor que hacerlo desde aviones, en uniforme oficial y por orden de los responsables. No, además, esos actos de mostrar poder traen las consecuencias más nefastas, originan los odios de siglos, los deseos de venganza infinitos, que quedan en la historia de los pueblos. La única búsqueda de solución es recurrir a Naciones Unidas para que envíe una organización preparada en esta clase de conflictos, que encuentre la paz y no la venganza. No se arreglan los problemas con la muerte. Y más para un pueblo con la experiencia del judío, un pueblo que, con su conocimiento histórico de persecuciones, tiene que haber aprendido para siempre hacia dónde lleva el odio. Porque los crímenes del Holocausto han quedado para siempre en la conciencia del pueblo alemán y tendrían que quedar también para siempre en el pueblo que fue víctima. Porque no hay ninguna diferencia para un niño entre morir en una cámara de gas y ser destrozado por una bomba arrojada desde aviones oficiales.
Sí, el pueblo alemán aprendió para siempre lo que es cometer un crimen de lesa humanidad. Pero seamos sinceros: aprendió pero no tanto. Hay otra forma de hacerse cómplice de otros crímenes. Por ejemplo esto: la fabricación y venta de armas. Leamos las cifras oficiales. La exportación de armas alemanas del año 2007 alcanzó a 8,7 mil millones de euros. Es decir que exportó un 13 por ciento más que el año anterior. Con esto, Alemania ocupa el tercer lugar en el mundo de exportadores de armas, con el 10 por ciento, mientras Estados Unidos ocupa el primer lugar, con el 31 por ciento, y Rusia, el segundo, con el 25 por ciento. Pero aquí no acaba la cosa. Alemania exporta armas a China, India, a los Emiratos Unidos de Arabia, a Grecia, a Corea del Sur y a un sinfín de otros países. Sí, a los Emiratos Unidos de Arabia. Pero, y aquí está el nudo de la cuestión: también a Israel, Afganistán, India, Nigeria, Pakistán y Tailandia. Muy buen negocio. Ahí no se hacen discriminaciones, el que paga bien, a ése se le vende. Es sabido que los europeos –en este caso Alemania, Gran Bretaña, Francia e Italia– atraen a sus clientes deseosos de armas con financiaciones “atractivas” y la promesa de transmitirles tecnología nueva.
Entonces aquí hay que decir la otra verdad. No alcanza con que los alemanes se hayan hecho una severa autocrítica sobre los crímenes del nazismo sino que la verdadera autocrítica tendría que ser nunca más a las armas, nunca más hacer negocios con la Muerte y menos con países que tienen problemas con países lindantes ni tampoco aquellos que tienen problemas internos. No se es honesto si por un lado criticamos las guerras y las represiones y por el otro vendemos armas a países donde tienen lugar esos crímenes contra la Vida.
Hace pocos días se hizo en los medios alemanes un desusado elogio al ex primer ministro Helmut Schmidt, que cumplió noventa años de edad. Justamente, el político que apoyó la venta de armas a la dictadura argentina del desaparecedor Jorge Rafael Videla. Y se defendió en el Congreso alemán diciendo que lo hacía para “asegurar la fuente de trabajo de los obreros alemanes”, un argumento fuera de toda base ética. Porque si es por eso, que el gobierno alemán disponga de una suma para darles trabajo a esos obreros y que éstos se dediquen a fabricar juguetes para los niños.
Más todavía, el gobierno alemán asegura con fianzas oficiales la financiación de los proyectos de venta de armas, para lo cual se utiliza dinero del pueblo cobrado mediante los impuestos. Hace poco quedó en claro un escándalo producido por la constatación de que las fuerzas de seguridad de Georgia poseían modernas armas alemanas, a pesar de que el gobierno alemán había rechazado el pedido de ese país de venderle armas, ya que Georgia se encontraba en estado de guerra con Rusia. Es decir que podemos constatar que, en el caso de hacer negocios, se pisotean los principios básicos de lo que tiene que ser la ética en las relaciones humanas.
Las armas, las guerras entre los seres humanos divididos por estúpidas fronteras, tienen que pasar a ser un tema fijo en la vida de todos los pueblos del mundo. No a las armas, sí a la vida.
Han muerto cien niños en el bombardeo israelí de Gaza. Ya esa cifra podría servir de leitmotiv contra todos los bombardeos de ciudades abiertas. Nunca más la muerte de niños como acción de guerra. Salir a la calle en la protesta. Denunciar a los políticos que dieron la orden y a los generales y soldados que la cumplieron.
Sería al primer peldaño hacia aquel Paraíso en la Tierra con que soñaba Kant: la paz eterna.


Post publicado desde Mar de las Pampas.

miércoles, diciembre 24, 2008

Swift y el inmenso Gulliver



El primer libro que me regalaron, cuando estaba en segundo o en tercer grado del colegio Manuel D'Alzon, fue una versión adaptada e ilustrada de un clásico de la literatura universal: Los viajes de Gulliver, la excepcional obra de Jonathan Swift, una corrosiva sátira de la sociedad de principios del siglo XVIII.
La novela anticipó entonces discusiones sobre la filosofía de la ciencia, la búsqueda de la inmortalidad y los derechos de los animales, entre otras.
Y también retrató sin quebrantos verdades que la historia se encargó de maquillar. Señalaba el irreverente Swift, a través del inmenso Gulliver, sobre la aventura de las colonizaciones:
"Los piratas desembarcan para robar y saquear; descubren gente inofensiva, que los recibe amablemente; bautizan a ese país con un nuevo nombre y toman posesión en nombre de su rey; dejan constancia del hecho en un tablón o en una piedra.
Aquí comienza un nuevo dominio, adquirido por derecho divino. Los nativos son expulsados o aniquilados; sus príncipes torturados para que confiesen dónde está el oro; hay patente de corso para todos los actos de inhumanidad y lujuria; la tierra apesta a sangre..."
(del capítulo IV: "A voyage to the country of the Houyhnhnms").
Swift siguió formulando interrogantes incómodos para la sociedad de su tiempo. Y por eso lo declararon loco: molestaban sus palabras. Y este irlandés tozudo, que había financiado el primer manicomio público de Dublin, murió entre silencios. Sin embargo, hoy seguimos buscando respuestas a sus preguntas que retumban.

jueves, noviembre 20, 2008

Viejo, me faltó la carta


En su libro Bocas del tiempo, Eduardo Galeano escribió el siguiente texto, titulado El Padre:

"Vera faltó a la escuela. Se quedó todo el día encerrada en casa. Al anochecer, escribió una carta a su padre. El padre de Vera estaba muy enfermo, en el hospital. Ella escribió:
-Te digo que te quieras, que te cuides, que te protejas, que te mimes, que te sientas, que te ames, que te disfrutes. Te digo que te quiero, te cuido, te protejo, te mimo, te siento, te amo, te disfruto.
Héctor Carnevale duró unos días más. Después, con la carta de su hija bajo la almohada, se fue en el sueño."


Me duele como un olvido, Eladio. Yo no escribí aquella carta.

jueves, octubre 23, 2008

La última velita


Sucedió el 16 de octubre de 2004, una semana antes del adiós de Eulalia, mi madre:

Ella esperó, ya sin palabras, mi cumpleaños.
Ella dejó espacio para ese festejo.
Para esa mano entonces agrietada.
Para ese contacto irrepetible, mínimo, perpetuo.
Miró con los ojos que pudo.
Los cerró, tenues, para dar fe del encuentro.
El último soplido acompañó la torta íntima.
Apagamos la única velita, solos, juntos.
Para siempre.

viernes, septiembre 12, 2008

Roto de tristeza, decidió irse...


A Eulalia ya se la habían llevado al Hospital Británico. Una enfermedad de las extrañas y de las finales no le había otorgado otro posible recorrido.
El perro Otto, ese dogo enorme con corazón enorme, se quedó en la casa de la calle Melián. A veces, solo. A veces, con Alejandro, mi hermano. Caminó triste por el Parque Saavedra y por las calles de Coghlan. Cada paso era una pesadumbre sin ganas. Miró desencantado el mundo.
Un día, cuando ya no había remedio, Otto --tan solo, con tanta añoranza-- se acostó en la última cama en la que había dormido Eulalia. Se quedó ahí hecho un ovillo, como cuando la acompañaba a mi mamá mientras ella trabajaba diseñando ropa, en el taller del fondo. No se quería levantar. Era un alma deshecha. Ya no ladraba. Le pesaban los ojos. Le dolía la ausencia. Se le moría la vida.
Otto se fue después. Roto de tristeza.

Post publicado desde Santiago de Chile.

martes, septiembre 09, 2008

Ese gato, los gatos, mis gatas...


Lo que sigue lo escribió el encantador Eduardo Galeano en su libro Bocas del tiempo, que me prestó María Angela Maino, tan de la Vecina Orilla como el escritor. Se titula Lord Chichester. Es también un homenaje a mis preciosas concubinas: Reina & Rana.

Una noche, en una playa de estacionamiento de las muchas que hay en Buenos Aires, Raquel Villagra lo escuchó llorar. Alguien lo había arrojado entre los autos, dentro de una bolsa. Lord Chichester tenía poco tiempo de nacido y ya era desteñido, cabezón y feo.Otra noche, muchas noches después, Raquel vio, desde la ventana, una silueta de cuatro orejas que se recortaban contra la luna llena. A la orilla del tejado, Lord Chichester y Milonga, que era del vecindario, estaban esperando, bien pegaditos, el eclipse de luna. Antes que el eclipse, llegó el enemigo. Aquella noche, en duelo de amores, Lord Chichester perdió un ojo de un zarpazo. Y desde entonces fue tuerto, además de desteñido, cabezón y feo.
Y otra noche, cuando Raquel y Juan Amaral estaban sumergidos en la más profunda de las dormidumbres, Lord Chichester los despertó a los chillidos. Los dos saltaron de la cama.
Chillaba Lord Chichester como si lo estuvieran desollando.
—Algo le duele —dijo Juan.
Lord Chichester se los llevó al fondo del corredor.
Raquel aguzó el oído:
—Hay una gotera —escuchó.
Deambulando por la antigua casona, ubicaron el plip-plop de la gotera en el baño.
—Ese caño siempre perdió —opinó Juan.
—Se va a inundar —temió Raquel.
Y discutieron, que sí, que no, hasta que Juan miró el reloj. Eran las cinco de la mañana. Bostezando, suplicó:
—Vamos a dormir—.
Raquel movió la cabeza:
—Lord Chichester está loco de remate.
Y se volvieron, perseguidos por el griterío del gato, que chillaba con desesperación.
Ya estaban por entrar al dormitorio, cuando el techo, viejo y agrietado, se desplomó sobre la cama.

miércoles, septiembre 03, 2008

Algunos retazos de los Emiratos

Dubai, una ciudad emblemática de la riqueza árabe.

En 2003 me tocó cubrir el Mundial Sub 20 de los Emiratos Arabes Unidos. Lo que sigue es una sucesión de breves retratos, de observaciones, de curiosidades de aquel recorrido. El rompecabezas empieza por el final.

Un adiós y sus impresiones
Ya es tiempo de despedida. Se terminó el Mundial Sub 20 en los Emiratos Arabes y el regreso es inminente. Y como todo final de viaje es una invitación a sacar conclusiones. La primera es clara: en este territorio se puede perder la capacidad de asombro. Y no sólo porque se trate de un universo tan distinto al occidental, sino también porque se vive otra realidad social, cultural, económica. Aquí no hay pobres, ni robos, ni secuestros, ni necesidades básicas insatisfechas... Es cierto, quizá haya otras carencias —incluso tan profundas como aquellas que se viven en Latinoamérica— pero no se ven por las calles de Abu Dhabi, nuestro último destino, ni en Dubai, Ajman o Sharjah.
Hay otro detalle que agrada: la voluntad general de satisfacer necesidades ajenas. Una lista de nuevos amigos es el mejor testimonio: Ahmed, el increíblemente generoso voluntario de Dubai; Marwan y Abdulla, los inclaudicables y simpáticos enlaces del seleccionado argentino; Abdala, el hombre de las dos esposas y la picardía porteña; Walid, el perfecto anfitrión de Ajman.
La última certeza alimenta el mito porteño de que en la Ciudad de Buenos Aires están las mujeres más lindas. En ninguno de los cuatro emiratos visitados hubo armonías, ni sonrisas tan agradables, ni ojos tan bellos como los de la última mujer que había mostrado Ezeiza, aún en el free shop del aeropuerto.

Vista de Abu Dhabi, la capital de los Emiratos Arabes Unidos.

Navidad entre turbantes
Aquí, en este territorio de amplia mayoría musulmana, se festeja la Navidad con la misma naturalidad que en Madrid, Nueva York, Londres, Quito, Managua o Buenos Aires. En el Rotana Beach, sede de la delegación periodística argentina en el Mundial Sub 20, el árbol de Navidad es una presencia insoslayable en el lobby. En esta noche del miércoles (que acá se vive a ritmo de viernes, ya que el fin de semana es el jueves y el viernes) un montón de chicos y no tan chicos, con aspecto occidental corretean entre adornos y mozos vestidos de Papá Noel. En el medio, fumando un habano, está el técnico del seleccionado de los Emiratos Arabes Unidos, el inglés Roy Hodgson.
La postal del Rotana Beach no es una excepción. Cada hotel, cada shopping y muchas calles tienen algún emblema navideño. Y nadie mira con desconfianza. En pleno Abu Dhabi Mall, un trío de mujeres musulmanas escondidas tras sus ojos caminan sin sorpresa. Lo mismo sucede en el acceso al Marina Mall: tres adolescentes árabes ríen mientras una empleada filipina les ofrece pan dulce. Pasa en Abu Dhabi, la ciudad donde la Navidad también existe.

Un tal Abdulla
Abdulla Brida está aprendiendo español casi sin proponérselo. Ya no sólo dice "hola" y "gracias". Abdulla es el enlace de la organización con el seleccionado argentino. Y tiene peculiaridades de personaje: es un musulmán fashion. Allí anda con sus lentes espejados, con su barba de tres días siempre impecable, con sus túnicas de colores pastel y su turbante sin arrugas. Hace un gesto de reverencia cada vez que saluda. Y mucho más si se trata de argentinos. Ocurre que Abdulla es, a esta altura, casi un integrante más del grupo.
Tras el almuerzo en la concentración argentina, Abdulla se pasea por los pasillos inmensos para ver si alguien necesita colaboración. Es una constante: este árabe (nacido en Sharjah) de 34 años y sonrisa pequeña vive pendiente de complacer a los demás. Y ya siente como propio al seleccionado. Se percibe en cada actitud, y en sus palabras: "Muchachos, ayudemos al equipo...", dice con dificultades propias del que da sus primeros pasos en un idioma. Pero ese no es el aspecto más destacado: Argentina para él también es su equipo.
Abdulla es considerado en el cuerpo técnico como una suerte de talismán. Señala, en inglés sin inconvenientes: "We'll be the champions (seremos los campeones)". Luego, al repetir la frase en español, muestra un detalle sintomático: alguien del plantel le enseñó a decir "campeón".

El dueño
El Sheik (jeque) Zayed bin Sultan Al Nahyan es la máxima autoridad de los Emiratos Arabes Unidos. En realidad es bastante más que eso: es el dueño de casi todo Abu Dhabi y de la gran mayoría de las decisiones de gobierno del país. Tal condición lo convierte en un objeto de veneración: cada calle, cada espacio público, cada dependencia del estado, el puerto, el estadio de fútbol, cada diario, cada revista, todo o casi todo tiene una imagen de este señor de barba frondosa y mirada inquisidora. Allí, su rostro imperturbable parece de 40 años menos que los que en realidad tiene. Sus biografías autorizadas dicen que nació "alrededor de 1918". Desde 1971, cuando se configuraron los siete emiratos en un solo estado, ya independiente de Gran Bretaña, él comenzó a ser el presidente de este país próspero, en el que las carencias económicas no se cuelan por ningún rincón.
Cuando era un adolescente aprendió el arduo oficio de negociar con beduinos en el desierto. Cuentan que de esa tarea brotó su capacidad para ver negocios donde otros ven la inminencia de un fracaso. "La imaginación es el negocio más rentable", es su frase predilecta, casi un mandamiento.
Aquí, todo lo que Zayed dice es verdad absoluta. No hay espacio para cuestionamientos ni para segundas opiniones. Zayed es todopoderoso. Las únicas opiniones en contrario que puede escucharse son las de los otros jeques de los seis emiratos restantes. Pero la decisión final es patrimonio de Zayed. De hecho, aquí casi todo parece su patrimonio.

El arco iris terrenal
La segunda impresión de Abu Dhabi entrega una revelación: aquí la religión no es una cuestión cotidiana.
No se ven mezquitas a cada paso como en Sharjah o en Ajman, por ejemplo, ni se escuchan los rezos por altoparlantes. La capital de los Emiratos Arabes Unidos es definitivamente cosmopolita.
Por sus calles conviven filipinos, paquistaníes, sudaneses, etíopes, un puñados de europeos y/o norteamericanos en busca de negocios, chinos, kuwaitíes, indios, afganos... La mayoría de ellos y de ellas despojados de turbantes y de connotaciones religiosas. Tanto que, por momentos, en algunas avenidas del centro, da la sensación de no estar en el mundo musulmán.
El hotel Rotana Beach, sede de casi toda la delegación de periodistas argentinos enviados al Mundial Sub 20, entrega otro motivo para sostener esa impresión. Un vistazo inicial por su lobby demuestra que hay clientes y visitantes de todos los orígenes.
Sin embargo, luego de un par de días de hospedaje llega la certeza de que la segunda impresión también cuenta: en el centro de ese lobby inmenso y elegante, un árbol de Navidad tan grande como en las películas de Papá Noel espera la llegada del 24 de diciembre. A los costados se ve un montón de adornos tan impecables como típicamente navideños. Un detalle que por otro lado se hace repetido en todos los shoppings.
Sí, aquí en Abu Dhabi habrá episodios festivos cristianos. Y se vive con naturalidad. A la condición cosmopolita y múltiple de esta ciudad clave del Golfo Pérsico no le caben cuestionamientos. Como un arco iris terrenal.

Ciudad de petróleo
Debajo de este suelo de Abu Dhabi, la capital de los Emiratos Arabes Unidos, hay tanto petróleo que permite toda esta riqueza que se posa ante los ojos naturalmente, sin ostentación, pero sin disimulo. Con el desarrollo de la industria petrolífera en la década de 1970, el país recibió un gran flujo de inmigrantes dispuestos a aprovechar los beneficios del oro negro. De este detalle se entiende la configuración de la población, que se compone de un 19% de emiratíes, un 23 % de otros árabes e iraníes, y un 50 % de asiáticos del sur. En los accesos a la ciudad, arribando desde Dubai, las refinerías brotan a los costados de la ruta como las bananas en Brasil o como los cafetales en Colombia. Pero sucede algo llamativo, visto con ojos argentinos: el agua que baña las costas del Golfo Pérsico es cristalina. Y en consecuencia, las playas son testimonio de otro aspecto de la ciudad: alternativamente, a la sombra de Dubai, resulta un punto de atracción turístico.
Abu Dhabi es el más grande y el más poblado (más de 500.000 habitantes) de los siete emiratos. Y todas las autoridades federales se encuentran aquí. Incluido el Sheik Zeyed, la máxima autoridad de la ciudad y del país. El origen de Abu Dhabi data de 1769, cuando era un puerto comercial de paso obligado en la ruta hacia Oriente. Ahora sigue teniendo ese carácter estratégico que le permite ser un punto de referencia influyente en esta zona del Golfo.
Hay sol en el mediodía de Abu Dhabi, la nueva sede de Argentina en el Mundial Sub 20. Pero es un sol dosificado por una brisa y por una temperatura agradable. Claro, aquí está por llegar el invierno, ese invierno que nunca se parece a tal. Y ese dato que parece mínimo es casi una fortuna: aquí los veranos son casi imposibles de tolerar. En esa estación, la temperatura oscila entre los 35 y los 45 grados, con picos de más de 50. Una peculiaridad: cuando el termómetro alcanza o supera los 50 grados, en este país de tantos brillos se suspende la jornada laboral.

El Burj Al Arab de Dubai, el hotel más fastuoso del mundo.

Un hotel, siete estrellas
De tan fastuoso, el Burj Al Arab parece obsceno. Esa construcción que de lejos y de no tan lejos se parece a un velero de vidrio, es el hotel más caro y más alto del mundo. Lo primero es una certeza: la habitación más económica cuesta 1.300 dólares la noche y la presidencial, cerca de 7.000. Lo segundo es apenas un motivo de jactancia sin comprobación. De todos modos, su aspecto es imponente: tanto, que todos lo conocen como el hotel de siete estrellas. Y queda en Dubai, la ciudad de las tentaciones en medio del mundo musulmán. Allí, al lado del mar, rodeado de playas, está esa construcción fastuosa. Sólo visitarla requiere desembolsar 70 dólares.
Al entrar todo luce impresionante. La primera sensación es la de estar metido en un estudio de cine. La segunda, estar sumergidos en una nave submarina: dos peceras inmensas, con especies de todos los colores imaginables, permiten esa particularidad.
Hay restaurantes carísimos, bares carísimos, negocios carísimos. Cada espacio es un regocijo para la vista, pero también un cosquilleo a la conciencia, en un mundo en el que cada día hay más pobres. Pero los árabes no encuentran motivos para quejarse: aquí, en los Emiratos Arabes Unidos, el índice de desocupación no existe, sencillamente porque no hay desocupados; y es muy simple y para todos el acceso a la salud y a la educación.
En el piso 25 brota una curiosidad: un restaurant argentino en el que se puede comer las mejores carnes vacunas y bailar tango. Dos pisos más arriba, en una habitación presidencial que es tan grande como una gran casa, hay resquicio para espiar todos los lujos. Un detalle: allí, en alguno de los baños, hay perfumes parisinos para consumo de los clientes. Perfumes que cuestan casi lo mismo que una noche en varios de los hoteles del resto del país. Esos lujos sólo pueden ser patrimonio de pocos. Por acá pasaron Bill Clinton, Nelson Mandela, David Beckham y una extensa lista de millonarios y poderosos. Sucede aquí, en Dubai, donde la austeridad musulmana se toma descanso...

Dubai, la ciudad sin periferias
La mañana de Dubai tiene vértigo en todos sus rincones. Todo parece ser el centro. No hay periferias. Autos, autos, más autos. Gente, gente, más gente. Casi todos hombres, alguna mujer de origen europeo. Mucha elegancia, turbantes impecables, todo luce perfecto. Hay varias señales de prosperidad: en el recorrido, las obras públicas en marcha son una constante. Y por aquí no es tiempo de elecciones...
Oud Metha road es una suerte de boulevard, con flores de colores fuertes, con césped cuidado y cortado por especialistas, con aspecto residencial. A sus costados brotan colegios y escuelas de casi todas las comunidades árabes: se ven banderas de Sudán, Jordania, Irán, Omán, Pakistán...
No es todo: hay también un espacio para el asombro. Al lado de una escuela de origen inglés hay una iglesia católica: la Saint Mary's Catholic Church. En un país musulmán ese pequeño reducto es un motivo para la sorpresa.
Muy cerca de allí, cuatro torres de iluminación son la certeza de que el estadio Al Maktoom, que será hoy sede del partido de octavos de final entre Argentina y Egipto, está solamente a un puñado de cuadras.
El estadio tiene capacidad para 12.000 espectadores, pero su tamaño escueto no le resta ningún atractivo. Aquí hace de local el Al Nasr, uno de los grandes equipos de la liga de fútbol de los Emiratos Arabes Unidos.
Sheba Abdulrahman pregunta si todo está en orden. El es uno de los tantos voluntarios en esta sede de Dubai. Tiene algo que lo iguala con sus pares de Sharjah, nuestro destino anterior por estas tierras: la voluntad de complacer.

Joven y millonario
Es curioso: aunque su notable desarrollo se empecine en desmentirlo, este Estado recién cumplió la semana pasada 32 años como independiente. Y no sólo eso: hace apenas siete años se aprobó la Constitución Permanente que reemplazó a la Provisional de 1971.
Se le conoció con el nombre de Costa de los Piratas, Estados de Tregua y Omán del Tratado, y estuvo bajo protección británica desde 1892. El 30 de marzo de 1968, junto con Qatar y Bahrein pasó a formar la Federación de Emiratos del Golfo Pérsico. Pero esta federación quedó sin efecto al independizarse Qatar y Bahrein. En julio de 1971, seis de los emiratos (Abu Dhabi, Dubai, Sharjah, Ajman, Umm al Qaiwain y Fujayrah) constituyeron una nueva Federación; el séptimo, Rasal Khaimah, se mantuvo aparte hasta el 11 de febrero de 1972 en que se unió a los otros seis.
Sucede algo agradablemente llamativo aquí: en tiempos en los que en lugares bien cercanos hay guerras, entre otras cosas, por territorios, Emiratos Arabes Unidos entrega un gesto de tolerancia y de convivencia con sus vecinos. Sus límites geográficos con Qatar, Omán y con Arabia Saudita son difusos porque se encuentran en pleno desierto. Sin embargo, no se conocen episodios violentos relevantes entre ninguno de estos países. Quizá sea como dice el simpatiquísimo Ibrahim Abdalla, nacido y criado acá en Sharjah, ahora voluntario en el Mundial Sub 20: "Amigos, ellos son nuestros amigos... Como Bahrein, Kuwait. Sí, todos amigos..."


De miradas femeninas
Finalmente, antes de la despedida de Sharjah, se pudo comprobar: no todas las mujeres que viven en esta ciudad andan escondidas debajo de un turbante negro. La confirmación llega en el estadio. En la ciudad paradigmática de las restricciones religiosas hay lugar para excepciones.
Sarah Fahny nació en El Cairo, Egipto, hace 24 años. Tiene una belleza exótica y una voz agradable que le permite ser la voz del Sharjah Stadium. Ella no es musulmana y sueña con casarse y tener hijos con algún europeo. No usa turbante. Incluso parece que su ropa la compró en algún local de la calle Alvear o del Patio Bullrich.
Majide Hussein nació en El Salvador, pero su padre la envió a estudiar Publicidad a la Universidad Americana, una de las más prestigiosas del Golfo Pérsico. Tiene 22 años, habla español y es voluntaria en el Mundial Sub 20. Además, cuenta que es protestante y jura que jamás se pondrá un turbante. Y advierte que tampoco se vinculará con ningún árabe. Ella también anda a la búsqueda de algún europeo que le prometa "el paraíso".
Fatima Rabbani nació en Kabul, la capital del devastado Afganistán. Tiene 21 años y hace varios que su padre (el ex presidente afgano Buxhanuddin Rabbani) la hace pasear por el mundo. Ahora llegó a Sharjah para visitar a sus amigas. Sueña con ser periodista. Ella no anda buscando marido, ni europeos, ni nada. Llegó a los Emiratos Arabes Unidos para pasar algunos días divertidos en Dubai. Claro, en su permanencia por aquí, jamás se la verá escondida tras sus ojos claros.
Ellas son las excepciones de esta Sharjah despojada de bellezas femeninas. Hay otra excepción que brotó en la noche de ayer. Sobre la avenida King Faisal, en un edificio enorme y sin lujos, las luces de un arbolito de Navidad sorprenden. Es la certeza de que aquí no todos son musulmanes.

La pelota, ese motivo
En los Emiratos no llueve. De hecho, el promedio estimado es una vez cada cuatro meses. Pero ayer llovió: unas gotas que se parecieron más a una amenaza de tormenta que a la certeza de un chaparrón fueron la sorpresa en el recorrido de Sharjah hasta el vecino emirato de Ajman, donde el plantel argentino se entrenó.
Pero no fue el único detalle para el asombro. En el trayecto, ya en Ajman, un territorio despojado de la opulencia que —por ejemplo— ofrece Dubai, más de 40 chicos jugaban al fútbol en una cancha sin límites ni rayas de cal, con arcos maltrechos y sin red. Eran 20 contra 20, de distintas edades, con remeras de fútbol de equipos europeos, locales y hasta uno con la camiseta de la Selección argentina. Todo, en un país en el que la pasión del fútbol sigue floreciendo desde aquel inolvidable 1990, cuando el seleccionado local disputó su único Mundial de mayores, en Italia. A ninguno de esos chicos les importó la garúa. Había una pelota. Suficiente motivo para mojarse.

La próxima esposa
Ibrahim Abdalla es un personaje singular. Tiene 37 años, mucha simpatía, un turbante blanco, dos esposas y está en busca de la tercera. Ibrahim nació en Sharjah, la ciudad más musulmana de los Emiratos Arabes Unidos, y ahora trabaja como voluntario en el Mundial Sub 20. Hace de traductor en las conferencias de prensa posteriores a los partidos y colabora con las delegaciones que se alojan en el hotel Radisson, entre ellas la de Argentina. Sabe árabe, inglés y dos palabras en español ("hola amigo"). Pero su particularidad está en otro aspecto: es musulmán sin disimulo y está orgulloso de su religión, pero ríe con una picardía que parece escapada de algún rincón de Parque Patricios o de Barracas cuando se le pregunta por sus esposas.
Después de la tercera o cuarta sonrisa dice: "Tengo dos y voy por la tercera...". Cuenta que vive un día con cada una de ellas. Y que, por normas de la religión, debe brindarles el mismo trato en todos los aspectos (afectivos, económicos y todos los etcéteras que quepan en la imaginación). Y suelta una verdad sin objeciones: "Claro para tener varias esposas hay que tener también mucho dinero". Tanto que para poder casarse se requiere presentar avales económicos.
Eso sí, hay dos leyes inquebrantables: la primera es que no deben ser más de cuatro las mujeres y la segunda es que nada de lo que suceda con cada una de ellas debe ser dado a conocer. Ni siquiera, sus nombres a desconocidos. Por eso, Ibrahim prefiere callar ante esa pregunta: el musulmán de la picardía criolla nunca dirá cómo se llaman sus mujeres...

Sharjah Cultural Square, la primera escala.

Sharjah, esa muchachita religiosa
Sharjah es el emirato de la religiosidad y de la cultura árabe. Resulta casi imposible ver mujeres sin esos turbantes que las esconden, en algunos casos hasta los ojos. También es una constante cruzarse con una mezquita y con otra y con otra, todas ellas impecables ante la vista. Y termina siendo inevitable no escuchar los rezos que brotan de sus altoparlantes. Para cada habitante de este emirato la religión es sagrada, una cuestión de cada día, de cada momento.
Sharjah es también una ciudad en la que los museos forman parte de su geografía. Hay 14, entre los que se destacan el Al Hisn, el Al Mahatah, el Bait Al Gharb y el Islamic Museum. No sólo eso: el Souk es un mercado, pero su fachada parece la de un megamuseo. Al ingresar allí uno descubre varios de los encantos de la cultura árabe. Y advertirá uno de sus tesoros más preciados: la cordialidad de su gente.
En Sharjah no todos son árabes. En las partes menos atractivas y menos opulentas de la ciudad habitan muchos pakistaníes, en su mayoría, taxistas. Con una particularidad que resulta entre insólita y graciosamente patética: casi no hablan inglés y no conocen la ciudad. Por eso, a cualquier desprevenido le puede suceder lo siguiente: pedir ser trasladado al Sharjah Stadium y que lo terminen paseando por el estadio de Al Shaab o que lo inviten a ver un partido de Cricket. Eso sí, el viaje será invariablemente en un auto de lujo. Los coches menos suntuosos por acá son BMW o un Mazda modelos 92 o 93. Pequeños grandes lujos que permiten los petrodólares.

domingo, agosto 10, 2008

De ritos y de integración


Una moda de pertenencia
En Sudáfrica, el gusto por los deportes tiene también un carácter social: la mayoría de la población negra, los sectores más desfavorecidos, prefiere el fútbol; en cambio, la población blanca, la de mayores recursos económicos, opta por el rugby y por el cricket. Más allá de esa tendencia, hay particularidades: Bryan Habana, un moreno simpático y enorme, es el mejor jugador de los Springboks.Y en Soweto, localidad de las afueras de Johannesburgo con 3,5 millones de habitantes de raza negra, hay un club de rugby que nuclea a más de 200 chicos.
En el fútbol también hay contraejemplos: Mark Fish, un marcador central de raza blanca, es uno de los máximos ídolos de los Bafana Bafana, el seleccionado sudafricano. Una suerte de Daniel Passarella local, que jugó en la Lazio, de Italia, y que participó del Mundial 1998. Y figura en la Salón de la Fama de la Federación, junto a --por ejemplo-- Doctor Khumalo, ex delantero de Ferro, en los 90.
Pero las calles de Johannesburgo permiten demostrar que se trata de excepciones: la población negra camina con la camiseta del Liverpool, del Aston Villa, de Brasil y también de Argentina; los blancos lucen distintos modelos con inscripciones vinculadas al rugby. Como si se tratara de una moda de pertenencia social.


De ritos y de integración
Hay una afinidad que nace con la espontaneidad de lo natural. Sucede, simplemente. Faltan casi dos horas para el test match en el que los Springboks y Los Pumas homenajearán a Nelson Mandela por su cumpleaños número 90. El playón gigante del Ellis Park, una suerte de mega bar al aire libre, es una sucesión de cervezas que se consumen. En el medio, juntos, se abrazan hinchas argentinos llegados especialmente para la ocasión con hombres gigantes vestidos de verde. Entre todos sostienen una bandera que es un grito del rugby Puma: "Argentina existe". Y los sudafricanos saben el significado: es un pedido que ellos apoyan, que el Tres Naciones tenga cuatro participantes pronto.
El sol es tibio en el mediodía de Johannesburgo. Un cartel gigante dice que Ellis Park en realidad ahora se llama Coca Cola Park. A Butch, un gigante que no mide menos de dos metros y se necesitaría una balanza industrial para pesarlo, poco le importa. El bebe de una jarra en la que caben dos litros de cerveza. No es la primera ni la segunda.
En este lugar, hay muchos otros Butchs que llegaron más temprano: trajeron whisky para tomarlo puro, cervezas de todas las marcas y una parrilla doméstica para preparar unas salchichas que son la cara misma del colesterol. De fondo, se escuchan canciones ochentosas y noventosas: con Roxette, Bryan Adams y Mike & The Mechanics como los más aclamados. Luego se jugará un partido. Pero queda una sensación a esta altura: los ritos previos son más importantes que el juego en sí. En breve, a través de una pantalla gigante, hablará Mandela (no pudo estar presente debido a dificultades para trasladarse). Y se escuchará una ovación.
La mayoría de los que están sentados en las mesas son blancos, grandes y rubios. Pero por allí cerca están unos pequeñísimos morenos recién llegados de Soweto. Son un montón de simpatías que hablan en inglés y en zulú. Ellos pertenecen al Soweto Rugby Club y participaron esta semana de la clínica que ofrecieron Los Pumas y los Springboks. Se acuerdan de Manuel Carizza, con una sonrisa y una frase breve: "Buen chico, nuestro profesor". Ellos no toman cerveza. Juegan juntos con una pelota de rugby. Y se animan a enseñar una frase en su idioma: "N'Kosi Sikelele Africa" (Dios Bendiga a Africa).

Luces, sombras y temores
En Johannesburgo existe una ley no escrita que señala: "De día, todo; de noche, nada". De acuerdo con ello, mientras el sol ilumine sus calles y recovecos no hay un riesgo considerable de que algo malo le suceda. Pero la recomendación continúa: si ve la luna, escape tan rápido como pueda a su casa. Cuentan que entonces caminar por las calles es una osadía propia de quien desconoce tal mandamiento fundamental.
De lo primero se puede dar fe: con luz, Johannesburgo -y sobre todo la zona de Sandton, donde se hospedaban Los Pumas que enfrentaron a los Springboks- luce confortable, cercana, amigable. De noche, según cuentan, suceden las peores cosas.
Un detalle complementario sirve como testimonio: para el Mundial se armará una fuerza especial con más de 30.000 policías para garantizar la seguridad en cada una de las ciudades. La mayoría de ellos desarrollará su tarea en esta Johannesburgo tan encantadora y tan contradictoria.
Lo aconsejan en los hoteles, lo señalan las autoridades policiales en el aeropuerto, ya se lo habían comentado a Los Pumas en Buenos Aires, lo advierten los periodistas. "De día camine; de noche, si no está arriba de un auto andando, es mejor que se quede en su casa", repiten unas voces y otras. Con sólo asomar un poco la cabeza bajo la oscuridad de Johannesburgo se percibe esa paz que antecede a la tragedia. Al menos eso indican quienes conocen los secretos de la ciudad. E intentar comprobarlo no es, claro, el mejor plan.

Post publicado desde Johannesburgo, Sudáfrica.

miércoles, agosto 06, 2008

N'Kosi Sikelele Africa


Contrastes de cada esquina
Johannesburgo es también un territorio de contrastes. No hay matices: el Mercedes Benz flamante, carísimo y blanco es un extremo; en el otro, a unos 10 metros, dos jóvenes flaquísimos de no comer miran el auto desde el último retazo de sol de la tarde. Y así, como esa escena se ven a cada paso incluso a un puñado de cuadras del lujoso Sandton Sun, donde se hospedan Los Pumas que el sábado enfrentarán a los Springboks.
Esta ciudad es la capital de la provincia de Gauteng, la más rica del país y la cuarta economía del Africa subsahariana. Tal vez por eso, para los zulúes, Johannesburgo es simplemente iGoli (lugar de oro). Sin embargo, para muchos otros habitantes del lugar, siempre tendientes a abreviar palabras, es "Joburg" o "Jozi".
En Sandton, la geografía donde habitan los que más dinero tienen, hay edificios gigantes y modernos centros de convenciones; shoppings y autos de lujo. Pero también asoma la otra cara por sus calles prolijas: la de los desamparados y excluidos que piden un rand para sumar varios y comer lo que se pueda. Sucede acá, en el rincón más favorecido, de la ciudad más rica de la primera economía de Africa.


Regina Church, en Soweto.

Bajo el cielo de Soweto
No es un día más bajo el cielo de Soweto. El sol tibio agrada y no parece una casualidad: se trata de la tarde perfecta para cada uno de esos chicos que, ahora, tienen cerca a quienes nunca tuvieron cerca. Bryan Habana, el mejor rugbier del último Mundial, se revuelca por el piso con ellos. Cerca del impresionante wing sudafricano, miran asombrados dos de los integrantes de Los Pumas, Benjamín Urdapilleta y Alfredo Lalanne. Un poco más allá se mezclan Percy Montgomery y Schalk Burger con Alberto Vernet Basualdo y Esteban Lozada. Y junto a Los Pumas y a los Springboks brotan más de 200 chicos. No importa si son blancos o negros o mestizos. Juegan todos juntos al rugby con los mejores profesores que se puede tener en la actualidad. El detalle pasa inadvertido, pero tiene un valor simbólico enorme: es la primera vez que el seleccionado sudafricano de rugby, ahora campeón del mundo, concurre a Soweto.
Por allí, sobre un costado del campo de juego donde todos se divierten, anda también Hugo Porta, embajador argentino en Sudáfrica entre 1991 y 1995 y profundo admirador de Nelson Mandela. Está en Soweto en su condición de presidente de la Fundación Laureus (versión Argentina), que promueve el deporte como una posibilidad de cambio. Le dice a Clarín: "Es muy importante entender lo que se puede conseguir a través del rugby y del deporte. Por ejemplo esto, integración. Para estos chicos, esto es un día inolvidable".
El evento, desarrollado en el Soweto Rugby Club, es una novedad. Hay caras de perplejidad también en Los Pumas que concurrieron (los titulares se quedaron descansando en el hotel de Johannesburgo, por decisión del cuerpo técnico). Sucede que Soweto es justamento eso: una sucesión de asombros. Se trata de un lugar emblemático de los tiempos del apartheid. Allí nacieron, en 1976, las principales protestas de la población negra por la negativa gubernamental a enseñar en idioma inglés.
También cerca de Dobson Ville, donde ahora Los Pumas dan cátedra en la tierra de los Springboks, vivió Nelson Mandela. Y aún ahora habita Desmond Tutu, el arzobispo anglicano que en 1984 ganó el Premio Nobel de la Paz por su militancia contra el racismo.
Esta zona rezagada y excluida durante tanto tiempo tuvo también otra visita de un deportista argentino: en marzo de 1981, Santos Benigno Laciar le ganó por el título mundial a Peter Mathebula, en el Orlando Stadium, a apenas 10 minutos del Soweto Rugby Club. En aquella ocasión, durante los días duros del apartheid, organizar una pelea allí parecía una inmensa osadía de Tito Lectoure. Hubo entonces un operativo de guerra, con varios centenares de policías y militares. Ahora, la sensación es otra: alcanza apenas con un protocolar patrullero para la llegada y la partida del plantel argentino. Acontece, por ejemplo, que cada chico que participa del evento es una alegría que camina, que corre, que pasa la pelota, que tacklea, que se divierte. Como Maweth, un niño habitante de Soweto, que invita desde su cuerpo pequeño y su boca inmensa a todos a jugar con él. No le alcanzan los segundos para tanta felicidad. Cerca de ese chico que parece salido de la película brasileña Ciudad de Dios, Marcos Ayerza, Rafael Carballo, Lucas Borges, Hernán Senillosa, Alvaro Galindo y Manuel Carizza les explican ejercicios con la pelota ovalada. Todos escuchan. Y miran con un entusiasmo inevitable.
Ya cerca del final, Los Pumas, los Springboks, los de Soweto, los de Sandton, los de Johnannesburgo se juntan para cantar canciones en sus idiomas originales. Los argentinos se animan con el "Arroz con leche"; los sudafricanos, con "N'kosi sikelele Africa" (Dios bendiga a Africa) y con "Die Stam" (La Llamada). La escena y las canciones parecen un himno a la integración. Y allí están los rugbiers argentinos, encantados, formando parte de la tarde que Soweto jamás olvidará.


Ese nombre, ese hombre
Nelson Mandela está en todos los rincones de Johannesburgo. Aparece en esa inmensa estatua oscura que lleva su cara y su nombre, en la plaza que también tiene que ver directamente con el Premio Nobel de la Paz de 1993: se llama Mandela Square.
A un puñado de cuadras, un centro de convenciones también le rinde tributo a ese hombre que estuvo 27 años preso, a consecuencia de su militancia contra el apartheid, la política de discriminación racial.
Los comercios y los shoppings también adoptaron el rostro, el nombre, el apellido y hasta los apodos (Madiba y Mkhulu) para ofrecer productos: tazas, remeras, colgantes, ceniceros, gorros. Incluso, Mandela también impone modas: sus emblemáticas camisas multicolor brotan de las vidrieras de los locales de ropa.
En las librerías sucede algo similar: ofrecen biografías y relatos de distintos autores sobre la vida de este hombre que fue presidente de Sudáfrica entre 1994 y 1999 y símbolo de una búsqueda cotidiana, la del fin del racismo.
El sábado también habrá un homenaje: se presentarán los Springboks frente a Los Pumas, en el marco de los festejos de los 90 años que cumplió el 18 de julio. Mientras, su sonrisa mínima y su mirada mansa aparecerán por todos los rincones de la ciudad.

Post publicado desde Johannesburgo, Sudáfrica.