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martes, febrero 16, 2021

Trilogía de Ella


Ella y el abrazo 


Ella voló siempre entre nidos y entre fuegos.

Muchas veces se quemó y se murió un poco.

Pero siempre resucitaron sus alas imperecederas.

En algunos vuelos era un ave rapaz, urgente.

En otros se convertía en un ángel de finales rotos.

Un día cercano, en un desvelo, confirmó su deseo.

Quería seguir volando, pero en un abrazo.


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Ella y los barriletes


Ella era feliz jugando con sus barriletes elegidos.

Los miraba volar, los olía, se reía, les hablaba, los deseaba.

A algunos los dejaba ir por un rato; otros eran apenas un espasmo.

A uno quería cortarle el hilo para tenerlo siempre. Pero se aburrió.

Ahora, se sigue preguntando cada día lo de casi siempre.

Entre tantos barriletes: ¿cuál será el que me invite a volar?

Hace poco, contaron unas aves que la vieron en el aire; estaba radiante.

El barrilete era multicolor, llamativo, sin flecos. Y ella con él, lucía feliz.


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Ella y lo que vendrá

Ella duerme, cansada de volar, envuelta en su propia belleza

Sabe, por intuición y por búsqueda, que algo está por venir

Mientras duerme, lo sueña a ese futuro y hasta le pone nombres

Sabe que hay incertidumbres, pero se anima, luce convencida

El barrilete multicolor, llamativo, sin flecos, la acompaña

Cuentan que Ella tuvo que ayudarlo porque no levantaba vuelo

Luego, ya en la noche siguiente, vuelan juntos, en otro abrazo

domingo, agosto 09, 2020

Sobre Macedonia do Mangao

Oscar Niemeyer, brasileño, poeta de la arquitectura. 


Lo que ella no sabe
(dedicado a Macedonia do Mangao)

A ella la habitan mundos
diversos, dispersos, bellezas

Pertinaz, buscó amores
y encontró padecimientos

Pero siempre está de pie,
ahí, entera, maga de sí misma

Jugó en cornisas lejanas,
invariablemente salió ilesa

Es quejosa, brava, intensa
Es frágil, inabarcable, absurda

Sin saber, al dormir, ofrece homenaje
Niemeyer aprende que la creó


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Los nacimientos de Macedonia do Mangao



Ella fue la hija de un sueño a los tropiezos.
Pero no de un sueño onírico que se esfuma.

Era un sueño de cansancio y de reconstrucción
tras otro día del hastío de obedecer y de callar.

Noche previsible de los que nada tienen.
Oscuridades de la oscura esclavitud.

Macedonia resultó una recién llegada
que tenía varios siglos vividos y dolidos.

Había sido poeta a escondidas, a solas,
antes de nacer en un rincón del Nordeste de Brasil.

Esas palabras le permitían escapar de su condena,
del destino obligado para los hijos de Cabo Verde.

Su mamá, hechicera y viajada por orden ajena,
le habilitó el pasaporte de Yemanyá; nada menos.

Ella lo guardó para siempre entre los ecos
de su tierra y de su mar y de su cielo y de su gente.

Su papá, amigo de los misterios que esconden esos mitos,
hizo lo prohibido: gritó un desahogo de esperanza al verla.

En el primer amanecer de Macedonia la magia sucedió.
Sus padres se abrazaron. El tiempo no fue urgencia esta vez.

Y ese abrazo sigue latiendo en el cuerpo, en el alma
y en las musicales voces de los tres. Aunque ya no estén.

En Sergipe, en Piauí y en Ceará los escuchan.
Y bailan esos ritmos mansos. Desde hace siglos.

Allí, todos cuentan y todos saben desde siempre:
algún día, alguna noche, Macedonia volverá a nacer.

By W.