Por Jorge Fondebrider
Podría decirse que las traducciones son uno de los pilares sobre
los que se fundó la Argentina, y también que, incluso hoy, éstas siguen
siendo una importante base de sustentación para nuestra manera de
procesar las complejidades del mundo haciéndolas nuestras. Y hay
sobradas evidencias de ello.
En 1794, Manuel Belgrano tradujo las
Máximas generales del gobierno económico de un reyno agricultor, de François Quesnay, un texto de naturaleza económica, publicado
primero en España y luego en Buenos Aires. Luego, en 1810, se publicó
localmente
El contrato social , de Jean-Jacques
Rousseau, traducido –y expurgado– por Mariano Moreno, también traductor
de Constantin de Volney y del marqués de Condorcet. Desde entonces, y
hasta llegar a
Un país mental, 100 poemas chinos contemporáneos
, la muy reciente antología de poetas actuales, seleccionada y
traducida por Miguel Angel Petrecca, la Argentina siempre ha traducido,
discutido y asimilado el pensamiento y el arte de las más diversas
latitudes, convirtiéndolo, adaptación mediante, en propio y, por lo
tanto, confiriéndole nuevas especificidades. Así también lo vio el
investigador y traductor Sergio Waisman, profesor de la George
Washington University durante una visita al Club de Traductores
Literarios de Buenos Aires (CTLBA): “La traducción importó el
pensamiento y la literatura europeos a través de un proceso de
adaptación y apropiación, y, recontextualización mediante, los
acriolló”.
Ese proceso podría remontarse a Juan Bautista Alberdi,
Esteban Echeverría y José Mármol, quienes tradujeron y encontraron las
palabras para describir el territorio de la patria en los textos de los
visitantes británicos que, a su vez, habían descrito a la futura
Argentina, tomando como modelo la prosa del naturalista alemán Alexander
von Humboldt, y en ese curioso juego de influencias –como bien señala
Adolfo Prieto en
Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina. 1820-1850
– plantaron el germen de nuestra primera literatura. Domingo Faustino
Sarmiento, en cambio, hizo otro tanto pero, en su caso, explorando acaso
involuntariamente las posibilidades literarias del error: ya en la
primera página de
Facundo , anota “ On ne tue point les
idées ”, frase de origen dudoso que atribuye a Hippolyte Fortoul
–aunque otros atribuyen al Conde de Volney y, en otras oportunidades, a
Denis Diderot–, que dice haber escrito con carbón al pasar por los baños
de Zonda, en su huida a Chile, escapando del tirano Rosas, y que el
autor de Recuerdos de provincia tradujo mal (“A los hombres se
degüella, a las ideas no”). “En este caso, la traducción funciona como
transplante y como apropiación –sostuvo Ricardo Piglia ante el público
del CTLBA–. Pero es un manejo ‘lujoso’ de la cultura, neto signo de la
civilización, corroído, desde su interior, por la barbarie”. Es posible
que esa línea de fuerza surgida a partir de la apropiación de lo
traducido para los fines propios, con el tiempo haya desembocado en las
referencias equívocas, las citas falsas y la erudición muchas veces
apócrifa de Jorge Luis Borges, convirtiendo así las manipulaciones
políticas en propósitos estéticos.
Darles duro a los gringos
Entre
las muchas historias que existen alrededor de la traducción en la
Argentina, resulta insoslayable una que, verdadera o apócrifa, tiene
como protagonistas a Bartolomé Mitre –traductor de Dante Alighieri, pero
también de Victor Hugo, de Henry Wadsworth Longfellow, de Lord Byron,
de Pierre-Jean de Béranger y de Horacio– y a Lucio V. Mansilla. El
segundo visita al primero y, al cabo de una larga espera, recibe las
disculpas de su anfitrión, quien se excusa manifestando lo ocupado que
estaba con la primera traducción argentina de la
Divina Comedia
. Mansilla entonces lo exhorta: “Hay que darles duro a los gringos, mi
general”. Más allá del chiste, eso era justamente lo que Mitre estaba
haciendo: le estaba dando duro a los gringos, cuando, en la década de
1890, traducía al castellano culto de su época, empleando, acaso por
influjo de la incipiente inmigración, italianismos que después se harían
carne en el habla argentina y que serían dura e injustamente rechazados
por los españoles.
Tal vez, algo similar, pero de consecuencias
mucho más perdurables, podrá leerse más adelante cuando Roberto Arlt
convierta en potente prosa argentina el castellano de las malas
traducciones españolas de Dostoievsky que él leía editadas por el sello
TOR. O cuando el argentino José Salas Subirat (1900-1970), anticipándose
en varias décadas a los traductores ibéricos, tradujo en 1945 por
primera vez al castellano periférico de nuestro país el Ulises , de
James Joyce, sacándole provecho a esa circunstancia ya que, como señala
el escritor Carlos Gamerro, “el Ulises original está escrito, no en una
lengua o dialecto, sino en la tensión entre una variante desprestigiada
(el inglés de Irlanda) y otra dominante (el inglés británico imperial) –
relación que puede compararse, aunque no homologarse, a la que existe
entre el español de España y el de los demás países de habla hispana”.
Y
aquí entonces vale la pena hacer una importante afirmación que no es
evidente para todo el mundo: las buenas traducciones realizadas en este
país son literatura argentina y entran en una serie que comparten con
los textos producidos por los escritores nacionales.
Anticipándose
a este juicio de naturaleza estética, la Ley de Derechos de Autor –más
conocida como Ley Noble–, promulgada en la década de 1930, equipara al
traductor al rango de creador, lo que hace que sus derechos sobre su
creación sean inalienables, una circunstancia que los editores que
exigen a los traductores la cesión de una traducción a perpetuidad
suelen pasar por alto.
Los traductores
Los
hombres y mujeres que han traducido en el país responden a muchas y muy
distintas tipologías. Ha habido traductores circunstanciales, movidos
por alguna afinidad ideológica, como es el caso de, por ejemplo, el
político Juan B. Justo (1865-1928), quien en 1898 tradujo el primer tomo
de
El Capital , de Karl Marx, o guiados por la
coyuntura, como ocurrió con el general José María Paz (1791-1854), quien
a lo largo de sus cuatro años de cautiverio se dedicó a traducir
La Guerra de las Galias
, de Julio César, o el general Edelmiro Mayer (1839-1897), traductor de
Edgar Allan Poe, mientras combatía en las guerras civiles argentinas y,
posteriormente, en la Guerra de Secesión en los Estados Unidos.
También, inmensos traductores profesionales, como Patricio Canto
(1916-1989) y Floreal Mazía (1920-1990), “generalistas” que superaron
holgadamente el centenar de títulos. Ha habido asimismo especialistas en
un único tema, como es el caso de Carlos A. Aldao (1860-1932) y Juan
Heller (1883-1950), quienes en las primeras décadas del siglo XX
tradujeron a la mayoría de los viajeros ingleses del siglo anterior, y
otros que alternaron entre una especialidad y textos que los atrajeron,
como Carlos Muzzio Sáenz Peña (1885-1954), fundador del diario El Mundo ,
traductor de viajeros ingleses y de
Rubaiyat , de Omar Khayam y de
El jardinero
, de Rabindranath Tagore. Ha habido también especialistas en una única
lengua, como Lysandro Z. de Galtier (1901-1985), que sólo tradujo del
francés, o traductores de múltiples lenguas, como J. R. Wilcock
(1919-1978) o Aurora Bernárdez. Asimismo, ha habido traductores de un
único género, como Delfina Bunge de Gálvez (1881-1952) y Alberto Girri
(1919-1991), ambos traductores de poesía, o León Mirlas (1907-1990),
traductor de literatura dramática, y traductores de todos los géneros
imaginables, como José Bianco (1908-1986). Y para terminar esta
caracterización caprichosa –y, por supuesto, muy incompleta–, hay una
sobrecogedora lista de traductores escritores, de traductores
provenientes del campo académico –vale decir, que se desempeñan en
instituciones académicas y que en el ámbito de la traducción llevaron a
cabo tareas de investigación y docentes– y otros que han elegido
limitarse a ser nada menos que grandes profesionales de la traducción.
Por supuesto que se trata, en más de una ocasión, de categorías de
límites muy tenues que, de hecho, podrían aplicarse a un mismo
traductor.
El mundo editorial
Paradójicamente,
a pesar de la importancia que la traducción parece haber tenido en
nuestra formación como sociedad y de que en la actualidad sea un tema
ampliamente instalado en nuestras discusiones, muchos editores locales
no se dan cuenta de que los libros traducidos sencillamente no existen
sin los traductores. No sólo no reconocen la importancia de la
profesión, sino que, de hecho, la ven como el eslabón más fácilmente
vulnerable en el proceso de publicación de un libro originalmente
aparecido en lengua extranjera. Las tarifas miserables y el regateo
mendaz al que obligan a los traductores –comportamiento que los
responsables editoriales nunca tendrían con la papelera, la imprenta o
el encuadernador, para no hablar de las instituciones del gobierno
nacional o del gobierno de la Ciudad que les compran libros a las
editoriales obligando a sus empresas a todo tipo de descuentos– van
acompañadas de contratos abusivos o del todo ausentes.
Y no se
habla aquí de las empresas multinacionales que, salvo raras excepciones
–Fondo de Cultura Económica de la Argentina– no traducen en el país,
sino que importan libros traducidos fundamentalmente en España,
siguiendo una agenda del todo ajena.
El problema lo plantean las
editoriales argentinas, las cuales, paradójicamente, muchas veces
publican no lo que los editores deciden, sino lo que los traductores,
súbitamente devenidos en scouts , ofrecen. Pese a este servicio
adicional, que por supuesto no se paga, mantienen políticas abusivas
respecto de los traductores, muchas veces degradados al rango de
“proveedores”.
Estado de situación
Un
caso paradigmático es el de los subsidios para la traducción
provenientes del exterior. Hoy en día, prácticamente casi todos los
países civilizados –con la excepción de los Estados Unidos e Inglaterra
(Gales y Escocia son otro caso)– cuentan con subsidios a la traducción
para impulsar el conocimiento de las literaturas nacionales en el
exterior. Aunque el subsidio corresponde a los traductores, el trámite
deben hacerlo los editores. Y por esas cosas de la viveza criolla, no
siempre los subsidios para la traducción provenientes del exterior
llegan a los traductores, aun cuando se anuncien de manera inequívoca,
porque quedan en el camino.
La lista de miserias es tan grande
como la ignorancia que históricamente han demostrado los editores
respecto de las leyes vigentes que una y otra vez burlan sin la menor
elegancia, apelando a la amenaza siempre latente de no dar más trabajo a
quien se queje.
Sumemos a lo dicho que la prensa cultural
tampoco ayuda. Se comenta el estilo de los libros extranjeros traducidos
como si hubieran sido escritos en castellano y sólo aparece el
traductor cuando éste ha cometido algún error grosero o, absurdamente,
cuando ha sido fiel al error ya incluido en el original por el cual
luego va a ser criticado sin que el crítico tenga a mano el original que
pueda justificar la anomalía.
En otro orden, se llega al extremo
de no consignar entre los datos de una reseña el nombre del traductor
porque al departamento de diseño de la publicación en cuestión no pensó
en ello y en la redacción nadie se lo hizo notar.
Llegados a este
punto, está claro que el público raramente percibe a los traductores.
Mucho menos advierte que, cuando lee traducciones de otras variantes del
castellano –fundamentalmente las españolas– lo hace siguiendo una
agenda ajena impuesta por la compra de derechos “para toda la lengua”,
artilugio que atiende apenas a criterios comerciales y nunca a las
necesidades de cada provincia del castellano.
Este estado de
situación justifica entonces plenamente la publicación de este número
especial que, además de honrar un trabajo muy mal valorado pero
indispensable, ha buscado tratar el tema de la traducción en la
Argentina desde todos los ángulos posibles. Es, para decirlo con alguna
melancolía, una nueva botella arrojada al mar.
Texto publicado en la Revista Ñ. Y sugerido por la Traductora Pública Lorena Delgado.
Más:
Una pelìcula al respecto, "La Intérprete". Los detalles,
en IMDB.
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