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martes, mayo 03, 2016

Un Palacio cinematográfico


El diálogo sucedió el miércoles, en los pasillos de la platea Alcorta, en el Palacio Ducó. Hablaban dos hinchas en la puerta del restorán Herminio Masantonio:

-Che, ¡qué grande el Ducó, se va a Hollywood!

-¿Cómo?

-¿No viste que "El secreto de sus ojos" quedó nominada al Oscar?

-Tenés razón... A ver si ganamos en eso al menos...

Los dos sonrieron luego, en complicidad, casi con ironía. Y siguieron caminando rumbo al segundo tiempo del partido ante Newell's y contra la lluvia.

Un poco en broma, pero también en serio, los hinchas de Huracán viven como propio el éxito de la película de Juan José Campanella, nacida del libro de Eduardo Sacheri La pregunta de sus ojos. Lo cuentan en foros y en blogs. Sucede que el estadio de Alcorta y Luna, también Patrimonio Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, es protagonista del film. Escribió Pablo Scholz en la Revista Ñ, en el último agosto: "Campanella también es de los pocos que sabe dialogar fluido con el público. Haga comedia, cine costumbrista o drama. A los remates de sus líneas, El secreto de sus ojos le agrega momentos de auténtico placer: prepárense cuando vean el estadio de Huracán desde el aire para disfrutar un plano secuencia de 5 minutos exactos, que entra y sale del campo de juego y se mete por los rincones del Ducó". Para la crítica especializada, la escena del Ducó es de las mejores de una película dispuesta a hacer historia. También por eso, cuando el 7 de marzo la Academia de Cine de los Estados Unidos dé a conocer al ganador del rubro Mejor Película en Idioma Extranjero, en Parque de los Patricios el film argentino tendrá hinchada propia.

Texto publicado por el fundador del Blog en Clarín en 2010.

jueves, febrero 21, 2013

Infiernos y paraísos del primer playboy

El sol resulta hostil en el verano del sur carioca. En la ensenada de Botafogo, sobre la Bahía de Guanabara, un hombre que parece exagerado invita a repasar la vida de un personaje al que alguna vez -cuando ya no estaba- lo compararon con Pelé. Era capaz de todo, decían. Y dicen. Al día siguiente de una noche con todos los excesos podía convertir goles para guardar en cada memoria. Mujeriego y alcohólico; abogado y políglota. Irreverente y pendenciero; mago y arquitecto de las mejores jugadas. Campeón sin títulos, Heleno de Freitas fue uno de los cracks más asombrosos de la historia. Adentro de la cancha, con ese repertorio colmado de maravillas. Y afuera, con sus propios infiernos que lo terminaron condenando pronto. Su vida, como su juego, fue puro frenesí. Aunque falleció hace poco más de 53 años, ahora, en las calles de Río de Janeiro, en esos rincones en los que se respiran fútbol y nostalgias, su nombre aparece como el de esas leyendas que atraviesan los tiempos. Son murmullos que se van haciendo mitología entre los que lo vieron jugar y los que escucharon que jugó.

Heleno no quería ser Heleno. Fue barrilete de su destino. Desde el comienzo. El escritor Antonio Falcao retrató alguna vez el surgimiento del futbolista con una anécdota: Prancha -un poco entrenador, un poco filósofo sin acreditación, un poco loco- se instalaba detrás de un mostrador de naranjas como si fuera un vendedor en la playa de Copacabana. Su modo de captación de jóvenes promesas era novedoso: a cada niño le lanzaba una fruta, miraba cómo la detenía y determinaba si era estrella o estrellado. "Heleno de Freitas, mineiro de 12 años, amortiguó la naranja en el muslo, la dejó caer en el pie, hizo malabarismos, la levantó a la cabeza, la trajo de vuelta al pie, pasando por un control de tacón", relata Falcao. Un crack inversosímil estaba naciendo. Lo que siguió fue el vertiginoso recorrido de un talentoso lastimado por sus propios abusos.

"Yo no soy jugador de fútbol, soy jugador del Botafogo", decía, orgulloso, aunque luego el tiempo y otras cuestiones lo llevaron de paseo por clubes diversos. Sin embargo, siempre fue patrimonio del Fogão. Casi por naturaleza. No había otro lugar en el que encajara mejor. Bohemio, encantador, atorrante. Fue un determinismo: los artistas suelen volcar su simpatía por la institución de la Estrela Solitaria. Augusto Frederico Schmidt era poeta y fue presidente a principios de los años 40. Botafogo es el representante carioca del carácter lúdico de este deporte, del fútbol más allá de los vitrinas que muestran consagraciones, del equipo como mensaje. Vinicius de Moraes lo comentó alguna vez: "En Río, la formación de la identidad pasa también por la elección del equipo. Un poeta, fiel a su infancia, elige a Botafogo".  No podía ser de otro modo: era el club de Heleno.

Fumaba muchísimo, tenía problemas con las drogas, era capaz de perderse en una noche de casino cuatro sueldos juntos. También leía mucho y frecuentaba a los intelectuales de la época. Heleno parecía vivir varias vidas en una sola. En el fútbol, despreciaba la tarea de los árbitros, de los entrenadores y de los dirigentes. Todo en uno. Todo en él. Todo a velocidad supersónica. Cuando el escritor Paulo Mendes Campos definió al Botafogo parecía estar refiriéndose al crack: "Un niño perdido en el poético dramatismo del fútbol". El periodista Armando Nogueira, que mucho sabía de Heleno y más de las palabras, contó: "El fútbol, fuente de mis angustias y alegrías, me reveló a Heleno de Freitas, la personalidad más dramática que conocí en los estadios de este mundo". Nogueira también interpretaba que el Príncipe Maldito había nacido para el Fogão: "Botafogo es bastante más que un club; es una predestinación celestial". Heleno jugó allí nueve temporadas e hizo 209 goles en 235 encuentros. Pero nunca fue campeón, más allá de su juego estelar. Cuando se fue a Boca, el equipo carioca terminó la temporada festejando. Algo parecido le sucedió en el seleccionado brasileño. Se lució, generó adhesiones múltiples (las mujeres, por ejemplo, iban a verlo exclusivamente a él), fue el máximo anotador de la Copa América en 1945, pero no ganó ni un Sudamericano.

Su historia parece un rompecabezas al que siempre le faltan piezas. Heleno es inabarcable. Eduardo Galeano lo contó en un puñado de palabras: "Tenía estampa de gitano, cara de Rodolfo Valentino y un humor de perro rabioso. En la cancha, resplandecía". Su origen era una excepción para los futbolistas de ese tiempo: procedía de una familia acaudalada y distinguida. Marcos Eduardo Neves, quien escribió una biografía sobre el futbolista, lo observa como "un jugador temperamental, guapo, millonario y elegante". Estaba casado con la hija de un diplomático y tenía un hijo, Luiz Eduardo. También le señalan mil romances extramatrimoniales. Quienes abordaron en profundidad sus tropiezos narran que, en su paso por Boca en 1948, mantenía un cercano vínculo con varias de las grandes protagonistas de la época. Tenía debilidad por rubias y famosas. Sucedió lo mismo en Colombia. Su profuso recorrido de alcobas no tenía fronteras.

En Barranquilla adoptó la condición de superhéroe. Andrés Salcedo -autor del libro El día en que el fútbol murió- lo comentó en una entrevista con el diario El Espectador: "Fue el primer gran ídolo deportivo que tuvo la ciudad. El primer futbolista al que se le perdonaron hasta los malos partidos y los excesos en su vida privada". La biografía novelada que escribió alrededor de Heleno nació de un detalle: "Llevaba mucho tiempo contándome a mí mismo esa historia, que fui enriqueciendo en mi mente a lo largo de los años. Pero la escena que dio origen a la novela siempre estuvo ahí, entre mis recuerdos de infancia: la llegada de Heleno de Freitas a mi barrio en su lujoso automóvil..." Gabriel García Márquez también lo ofreció como tema de sus columnas. Y la mítica revista Crónica lo puso en la portada de su primer número. La admiración se transformó en homenaje al partir: le dedicaron una estatua.

En el fútbol argentino jugó poco y no tan bien. Sus números: 17 partidos y 7 goles. Los diarios de esos días repetían: "No se adaptó". El periodista Federico Kotlar cuenta en esta redacción una anécdota que heredó de alguna charla familiar: Heleno jugaba invariablemente engominado y muy prolijo. Parecía ajeno al estilo luchador y barrero que caracterizaba a Boca. Entonces, en algunas ocasiones, en la Bombonera los hinchas solían gritarle: "Dale, Heleno, cabeceá que no te vas a despeinar". Para molestarlo, le decían "Gilda", como el personaje de Rita Hayworth. Era el precio que pagaba por su irascibilidad y cierta coquetería. Su paso fugaz no dejó huellas. Se fue en 1949 a Brasil, donde salió campeón con Vasco da Gama. Fue su única vuelta olímpica. Ese mismo año, partió a Colombia. Cuando regresó a Brasil, en 1950, sólo quedaban los retazos del crack. Probó sin éxito jugar en Santos. Y se retiró en América de Río de Janeiro. A esa altura, las mujeres ya no iban a verlo a los estadios. Decían que había perdido glamour y belleza.

La película Heleno, estrenada en 2011, lo muestra como el primer playboy del fútbol. "Era un vanguardista, su comportamiento era muy abierto para la época... Eso confrontaba con su alma atormentada", lo describió el director José Henrique Fonseca. Rodrigo Santoro -el actor encargado de llevar adelante el personaje- expresó, en ocasión del Festival de Cine de Cartagena del año pasado: "Gracias a la ficción, hice realidad un sueño de niño: ser futbolista, como Heleno. Me pareció una bella historia porque él es patrimonio del fútbol brasileño. Es un ícono popular del folclore de mi país. Y tuvo una importancia histórica en el deporte mundial". A Santoro la crítica lo aprobó. Antes, en los festivales de Lima y de La Habana, se había llevado el premio al mejor actor. Seis décadas después de su gloria, Heleno seguía en escena.

Había nacido en São João Nepomuceno, en 1920. Vivió como quiso y como pudo. Entre los extremos de su talento y de sus desvaríos. Atravesó, sin paz, todas las sensaciones. Se devoró la vida. Y viceversa. Quería ser el mejor de un deporte para el que estaba predestinado, pero del que despreciaba casi todo. Menos la pelota, la más fiel de sus compañías. Pagó su desmesura con intereses y recargos. Le detectaron neurosífilis en el hospital Santa Clara de Belo Horizonte. En breve, lo internaron en un manicomio de Barbacena, en Minas Gerais. La muerte lo encontró rápido. Estaba solo. A los 39 años, en noviembre de 1959, falleció. Cuentan que la enfermedad no le permitió percibir que -en el Mundial de Suecia- Brasil se había tomado revancha de aquel Maracanazo que tanto le había dolido. Ya estaba atrapado en su último infierno. Antes, con esa locura de fútbol bien jugado se había ganado el paraíso.

Texto publicado en Planeta Redondo, de Clarín.com

Cine sugerido:
El trailer del film Heleno

sábado, enero 19, 2013

Cidade de Deus



Río de Janeiro tiene mil vidas. O más. O muchas más. Caben varios mundos allí dentro, en sus maravillas y en sus dolores, en sus encantos y en sus vértigos. Acá, en esta estupenda película de Fernando Meirelles, un recorte: cuando la Cidade Maravilhosa se transforma en Cidade de Deus.

Más: Los detalles del film, en IMDB.

lunes, octubre 15, 2012

De traductores


Por Jorge Fondebrider
Podría decirse que las traducciones son uno de los pilares sobre los que se fundó la Argentina, y también que, incluso hoy, éstas siguen siendo una importante base de sustentación para nuestra manera de procesar las complejidades del mundo haciéndolas nuestras. Y hay sobradas evidencias de ello. En 1794, Manuel Belgrano tradujo las Máximas generales del gobierno económico de un reyno agricultor, de François Quesnay, un texto de naturaleza económica, publicado primero en España y luego en Buenos Aires. Luego, en 1810, se publicó localmente El contrato social , de Jean-Jacques Rousseau, traducido –y expurgado– por Mariano Moreno, también traductor de Constantin de Volney y del marqués de Condorcet. Desde entonces, y hasta llegar a Un país mental, 100 poemas chinos contemporáneos , la muy reciente antología de poetas actuales, seleccionada y traducida por Miguel Angel Petrecca, la Argentina siempre ha traducido, discutido y asimilado el pensamiento y el arte de las más diversas latitudes, convirtiéndolo, adaptación mediante, en propio y, por lo tanto, confiriéndole nuevas especificidades. Así también lo vio el investigador y traductor Sergio Waisman, profesor de la George Washington University durante una visita al Club de Traductores Literarios de Buenos Aires (CTLBA): “La traducción importó el pensamiento y la literatura europeos a través de un proceso de adaptación y apropiación, y, recontextualización mediante, los acriolló”.

Ese proceso podría remontarse a Juan Bautista Alberdi, Esteban Echeverría y José Mármol, quienes tradujeron y encontraron las palabras para describir el territorio de la patria en los textos de los visitantes británicos que, a su vez, habían descrito a la futura Argentina, tomando como modelo la prosa del naturalista alemán Alexander von Humboldt, y en ese curioso juego de influencias –como bien señala Adolfo Prieto en Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina. 1820-1850 – plantaron el germen de nuestra primera literatura. Domingo Faustino Sarmiento, en cambio, hizo otro tanto pero, en su caso, explorando acaso involuntariamente las posibilidades literarias del error: ya en la primera página de Facundo , anota “ On ne tue point les idées ”, frase de origen dudoso que atribuye a Hippolyte Fortoul –aunque otros atribuyen al Conde de Volney y, en otras oportunidades, a Denis Diderot–, que dice haber escrito con carbón al pasar por los baños de Zonda, en su huida a Chile, escapando del tirano Rosas, y que el autor de Recuerdos de provincia tradujo mal (“A los hombres se degüella, a las ideas no”). “En este caso, la traducción funciona como transplante y como apropiación –sostuvo Ricardo Piglia ante el público del CTLBA–. Pero es un manejo ‘lujoso’ de la cultura, neto signo de la civilización, corroído, desde su interior, por la barbarie”. Es posible que esa línea de fuerza surgida a partir de la apropiación de lo traducido para los fines propios, con el tiempo haya desembocado en las referencias equívocas, las citas falsas y la erudición muchas veces apócrifa de Jorge Luis Borges, convirtiendo así las manipulaciones políticas en propósitos estéticos.

Darles duro a los gringos
Entre las muchas historias que existen alrededor de la traducción en la Argentina, resulta insoslayable una que, verdadera o apócrifa, tiene como protagonistas a Bartolomé Mitre –traductor de Dante Alighieri, pero también de Victor Hugo, de Henry Wadsworth Longfellow, de Lord Byron, de Pierre-Jean de Béranger y de Horacio– y a Lucio V. Mansilla. El segundo visita al primero y, al cabo de una larga espera, recibe las disculpas de su anfitrión, quien se excusa manifestando lo ocupado que estaba con la primera traducción argentina de la Divina Comedia . Mansilla entonces lo exhorta: “Hay que darles duro a los gringos, mi general”. Más allá del chiste, eso era justamente lo que Mitre estaba haciendo: le estaba dando duro a los gringos, cuando, en la década de 1890, traducía al castellano culto de su época, empleando, acaso por influjo de la incipiente inmigración, italianismos que después se harían carne en el habla argentina y que serían dura e injustamente rechazados por los españoles.

Tal vez, algo similar, pero de consecuencias mucho más perdurables, podrá leerse más adelante cuando Roberto Arlt convierta en potente prosa argentina el castellano de las malas traducciones españolas de Dostoievsky que él leía editadas por el sello TOR. O cuando el argentino José Salas Subirat (1900-1970), anticipándose en varias décadas a los traductores ibéricos, tradujo en 1945 por primera vez al castellano periférico de nuestro país el Ulises , de James Joyce, sacándole provecho a esa circunstancia ya que, como señala el escritor Carlos Gamerro, “el Ulises original está escrito, no en una lengua o dialecto, sino en la tensión entre una variante desprestigiada (el inglés de Irlanda) y otra dominante (el inglés británico imperial) – relación que puede compararse, aunque no homologarse, a la que existe entre el español de España y el de los demás países de habla hispana”.

Y aquí entonces vale la pena hacer una importante afirmación que no es evidente para todo el mundo: las buenas traducciones realizadas en este país son literatura argentina y entran en una serie que comparten con los textos producidos por los escritores nacionales.

Anticipándose a este juicio de naturaleza estética, la Ley de Derechos de Autor –más conocida como Ley Noble–, promulgada en la década de 1930, equipara al traductor al rango de creador, lo que hace que sus derechos sobre su creación sean inalienables, una circunstancia que los editores que exigen a los traductores la cesión de una traducción a perpetuidad suelen pasar por alto.

Los traductores
Los hombres y mujeres que han traducido en el país responden a muchas y muy distintas tipologías. Ha habido traductores circunstanciales, movidos por alguna afinidad ideológica, como es el caso de, por ejemplo, el político Juan B. Justo (1865-1928), quien en 1898 tradujo el primer tomo de El Capital , de Karl Marx, o guiados por la coyuntura, como ocurrió con el general José María Paz (1791-1854), quien a lo largo de sus cuatro años de cautiverio se dedicó a traducir La Guerra de las Galias , de Julio César, o el general Edelmiro Mayer (1839-1897), traductor de Edgar Allan Poe, mientras combatía en las guerras civiles argentinas y, posteriormente, en la Guerra de Secesión en los Estados Unidos. También, inmensos traductores profesionales, como Patricio Canto (1916-1989) y Floreal Mazía (1920-1990), “generalistas” que superaron holgadamente el centenar de títulos. Ha habido asimismo especialistas en un único tema, como es el caso de Carlos A. Aldao (1860-1932) y Juan Heller (1883-1950), quienes en las primeras décadas del siglo XX tradujeron a la mayoría de los viajeros ingleses del siglo anterior, y otros que alternaron entre una especialidad y textos que los atrajeron, como Carlos Muzzio Sáenz Peña (1885-1954), fundador del diario El Mundo , traductor de viajeros ingleses y de Rubaiyat , de Omar Khayam y de El jardinero , de Rabindranath Tagore. Ha habido también especialistas en una única lengua, como Lysandro Z. de Galtier (1901-1985), que sólo tradujo del francés, o traductores de múltiples lenguas, como J. R. Wilcock (1919-1978) o Aurora Bernárdez. Asimismo, ha habido traductores de un único género, como Delfina Bunge de Gálvez (1881-1952) y Alberto Girri (1919-1991), ambos traductores de poesía, o León Mirlas (1907-1990), traductor de literatura dramática, y traductores de todos los géneros imaginables, como José Bianco (1908-1986). Y para terminar esta caracterización caprichosa –y, por supuesto, muy incompleta–, hay una sobrecogedora lista de traductores escritores, de traductores provenientes del campo académico –vale decir, que se desempeñan en instituciones académicas y que en el ámbito de la traducción llevaron a cabo tareas de investigación y docentes– y otros que han elegido limitarse a ser nada menos que grandes profesionales de la traducción. Por supuesto que se trata, en más de una ocasión, de categorías de límites muy tenues que, de hecho, podrían aplicarse a un mismo traductor.

El mundo editorial
Paradójicamente, a pesar de la importancia que la traducción parece haber tenido en nuestra formación como sociedad y de que en la actualidad sea un tema ampliamente instalado en nuestras discusiones, muchos editores locales no se dan cuenta de que los libros traducidos sencillamente no existen sin los traductores. No sólo no reconocen la importancia de la profesión, sino que, de hecho, la ven como el eslabón más fácilmente vulnerable en el proceso de publicación de un libro originalmente aparecido en lengua extranjera. Las tarifas miserables y el regateo mendaz al que obligan a los traductores –comportamiento que los responsables editoriales nunca tendrían con la papelera, la imprenta o el encuadernador, para no hablar de las instituciones del gobierno nacional o del gobierno de la Ciudad que les compran libros a las editoriales obligando a sus empresas a todo tipo de descuentos– van acompañadas de contratos abusivos o del todo ausentes.

Y no se habla aquí de las empresas multinacionales que, salvo raras excepciones –Fondo de Cultura Económica de la Argentina– no traducen en el país, sino que importan libros traducidos fundamentalmente en España, siguiendo una agenda del todo ajena.

El problema lo plantean las editoriales argentinas, las cuales, paradójicamente, muchas veces publican no lo que los editores deciden, sino lo que los traductores, súbitamente devenidos en scouts , ofrecen. Pese a este servicio adicional, que por supuesto no se paga, mantienen políticas abusivas respecto de los traductores, muchas veces degradados al rango de “proveedores”.

Estado de situación
Un caso paradigmático es el de los subsidios para la traducción provenientes del exterior. Hoy en día, prácticamente casi todos los países civilizados –con la excepción de los Estados Unidos e Inglaterra (Gales y Escocia son otro caso)– cuentan con subsidios a la traducción para impulsar el conocimiento de las literaturas nacionales en el exterior. Aunque el subsidio corresponde a los traductores, el trámite deben hacerlo los editores. Y por esas cosas de la viveza criolla, no siempre los subsidios para la traducción provenientes del exterior llegan a los traductores, aun cuando se anuncien de manera inequívoca, porque quedan en el camino.

La lista de miserias es tan grande como la ignorancia que históricamente han demostrado los editores respecto de las leyes vigentes que una y otra vez burlan sin la menor elegancia, apelando a la amenaza siempre latente de no dar más trabajo a quien se queje.

Sumemos a lo dicho que la prensa cultural tampoco ayuda. Se comenta el estilo de los libros extranjeros traducidos como si hubieran sido escritos en castellano y sólo aparece el traductor cuando éste ha cometido algún error grosero o, absurdamente, cuando ha sido fiel al error ya incluido en el original por el cual luego va a ser criticado sin que el crítico tenga a mano el original que pueda justificar la anomalía.
En otro orden, se llega al extremo de no consignar entre los datos de una reseña el nombre del traductor porque al departamento de diseño de la publicación en cuestión no pensó en ello y en la redacción nadie se lo hizo notar.

Llegados a este punto, está claro que el público raramente percibe a los traductores. Mucho menos advierte que, cuando lee traducciones de otras variantes del castellano –fundamentalmente las españolas– lo hace siguiendo una agenda ajena impuesta por la compra de derechos “para toda la lengua”, artilugio que atiende apenas a criterios comerciales y nunca a las necesidades de cada provincia del castellano.

Este estado de situación justifica entonces plenamente la publicación de este número especial que, además de honrar un trabajo muy mal valorado pero indispensable, ha buscado tratar el tema de la traducción en la Argentina desde todos los ángulos posibles. Es, para decirlo con alguna melancolía, una nueva botella arrojada al mar.

Texto publicado en la Revista Ñ. Y sugerido por la Traductora Pública Lorena Delgado.

Más:
Una pelìcula al respecto, "La Intérprete". Los detalles, en IMDB.

Cine sugerido:

miércoles, abril 11, 2012

El encanto de la rebeldía



"La Patagonia Rebelde", un modo de revisar la historia argentina. También, un camino para la reflexión. Todo, desde esa preciosa matriz propuesta por Osvaldo Bayer.

Más:
Los detalles de la película, en IMDB.

jueves, marzo 22, 2012

Abrazos a la educación



Arriba, el trailer (versiòn en español) de la pelìcula Los chicos del coro (Les choristes, el tìtulo original), del francés Christophe Barretier. Abajo, el trailer oficial de Escuela de Rock (School of Rock), de Richard Linklater. Dos modos de entender la mùsica. Y un mismo modo de enseñar: abrazando la profesión, más allá de formalidades.



Más:
Los detalles de Les choristes, en IMDB.
Los detalles de School of Rock, en IMDB.

jueves, enero 19, 2012

Cuba, esa música


La mítica orquesta Buena Vista Social Club, en Varadero. También un himno de Cuba, de su gente, de su historia, de su vida.

Videos:
La orquesta, en acción



Cine sugerido:
El trailer de la película "Buena Vista Social Club"



Post publicado desde Varadero, Cuba.

lunes, octubre 10, 2011

El cine invita









Federico Fellini, Woody Allen, David Lynch, Eric Bress. Los sueños, el azar, las ideas, el Efecto Mariposa. Cuatro cineastas y cuatro temáticas abordadas por José Gordon, de Imaginantes. Una invitación para reflexionar.

domingo, septiembre 04, 2011

El equipo de los fusilados


Esos disparos fueron los últimos sonidos que escucharon. No hacía falta que nadie les explicara nada. Ellos -futbolistas, hombres sufridos en días de guerra- sabían por qué los mataban. Habían tenido una osadía grande: ganarle al equipo que no debía perder. En la Ucrania invadida por la Wehrmacht -las fuerzas armadas de la Alemania nazi-, los jugadores del FC Start (conformado por mayoría de futbolistas del Dinamo de Kiev) habían vencido a esos rivales que -bajo el ala protectora de Hitler- sólo conocían los encantos de las victorias fáciles.

Eduardo Galeano, desde la Vecina Orilla, los evocó: "También para los nazis, el fútbol era una cuestión de Estado. Un monumento recuerda, en Ucrania, a los jugadores del Dínamo de Kiev de 1942. En plena ocupación alemana, ellos cometieron la locura de derrotar a una selección de Hitler en el estadio local. Les habían advertido:

-Si ganan mueren.

Entraron resignados a perder, temblando de miedo y de hambre, pero no pudieron aguantarse las ganas de ser dignos".

El lugar de nacimiento de este equipo sin olvido, orgullo de su tierra y del deporte, fue una panadería. Allí se juntaban muchas personas para conseguir un trabajo que no había. Josef (o Iosif, según el idioma) Kordik, el dueño del local, era fanático del Dínamo y del fútbol. El origen alemán le había salvado la vida y el trabajo. Allí, en ese espacio que era un refugio entre bombas y hostilidades, Nikolai Trusevich -ex arquero del Dinamo- trabajaba a escondidas a cambio de cama y de comida. Josef fue el primer audaz: le propuso armar un equipo de fútbol. Nikolai le sumó su cuerpo enorme y su entusiasmo gigante: se puso a reclutar antiguos compañeros. Era el principio del Football Club Start.

El hambre no los hizo débiles. Allí estaban ellos para demostrarse y demostrar que juntos podían afrontar las adversidades más crueles. Además del arquero, había otros siete jugadores del Dínamo en el grupo: Mikhail Putistin, Ivan Kuzmenko, Makar Goncharenko, Mikhail Svyridovskiy, Fedir Tyutchev, Mykola Korotkykh y Oleksiy Klimenko. A ellos se sumaron tres integrantes del Lokomotiv Kiev: Vladimir Balakin, Mikhail Melnyk y Vasil Sukharev. Entre junio y julio de 1942 se mostraron como un equipo imbatible: vencieron a equipos de distintas reparticiones militares; los golearon y se lucieron. Fueron seis triunfos, con cuarenta goles a favor.

Ya en agosto, el día 6, derrotaron por 5-3 al Flakelf, el equipo de la Fuerza Aérea de Alemania. Era una afrenta para los representantes del Tercer Reich. Enseguida los vencidos pidieron revancha y determinaron quién iba a ser el árbitro. No podía ser de otro modo: el elegido era un integrante de las SS. El desarrollo del partido, disputado en el estadio Zenit, fue similar a como lo mostró la película "Evasión o victoria" (en la Argentina, "Escape a la victoria"), inspirada en este partido. Patadas permitidas para el equipo alemán, un gol con el arquero lesionado, infracciones de todo tipo, empujones, amenazas. A pesar de todo eso, el primer tiempo finalizó 2-1 para el equipo de la panadería de Kiev.

Lo que pasó en el entretiempo, considerando el desenlace, resulta previsible de imaginar: a los jugadores del equipo del barrendero Trusevich les explicaron que no debían ganar. El precio de la victoria era el más caro: la vida. Pero ellos -deportistas desde el alma- aceptaron pagarlo. Fueron mejores durante todo el segundo tiempo. Ya con el resultado 5-3, los ucranianos seguían brillando. Demostraban toda su superioridad en el campo de juego. Lastimaban el orgullo nazi, como aquellos peruanos de los Juegos Olímpicos de 1936, en la victoria ante Austria. Ellos -los refugiados del panadero Josef- ya sabían que ese atrevimiento traería consecuencias.

Lo que pasó después fue una tragedia en medio de la tragedia. Tras el partido, los dejaron festejar a los ucranianos. Pero averiguaron dónde se refugiaban. Y los obligaron a volver a jugar. Lo que pasó lo recordó el periodista Santiago Siguero, en el diario Marca, al cumplirse esta semana 69 años de aquel encuentro: "Esa segunda derrota fue demasiado para los alemanes, que prepararon la venganza en frío. Una semana después, el 16 de agosto, el Start volvió a ser obligado a jugar ante el Rukh (8-0). Tras el partido, la Gestapo arrestó a varios jugadores, oficialmente por pertenecer a la NKVD, el órgano represor de Joseph Stalin. En realidad, uno de ellos, Korotkykh, ya había sido detenido antes del partido del 6 de agosto y murió unas semanas después, tras ser torturado. El resto fueron enviados al campo de trabajo de Sirets, donde Klymenko, el portero Trusevich e Ivan Kuzmenko fueron ejecutados en febrero de 1943". La leyenda cuenta que Trusevich murió con el buzo de arquero puesto...

El escritor mexicano Juan Villoro, impecable hombre de las palabras y un preciso observador del fenómeno del fútbol, puso aquel hecho en su lugar. Lo describió así: "La historia del fútbol mundial incluye miles de episodios emotivos y conmovedores, pero seguramente ninguno sea tan terrible como el que protagonizaron los jugadores del Dinamo de Kiev en los años cuarenta. (...) En la muerte dieron una lección de coraje, de vida y honor, que no encuentra, por su dramatismo, otro caso similar en el mundo".

Los homenajes brotaron con el tiempo: se filmaron películas y documentales, se escribieron libros y cuentos, se erigieron monumentos, se alimentó con adjetivos la épica de aquel grupo de futbolistas. Pero hubo y hay un modo de evocarlos que es pasado, presente y futuro: los poseedores de una entrada de aquel partido de la muerte tienen derecho perpetuo a un asiento gratis cuando juegue el Dinamo. Esos ojos que todavía miran son, tal vez, el mejor tributo a ese equipo víctima del horror.

Texto publicado por el autor del Blog, en Planeta Redondo.

Cine:

El trailer de Escape a la victoria (Victory), la película inspirada en aquel partido de la muerte, sucedido durante la Segunda Guerra Mundial.

Más:
Los detalles de la película, en IMDB.

viernes, agosto 05, 2011

Mi otro país

Retrato fotográfico de Colonia del Sacramento, Uruguay. Con el Río de la Plata siempre asomando su inquietante mansedumbre.

Nací de este lado del Río, en Buenos Aires. Soy auténticamente porteño. Me gusta mi ciudad, sus barrios, sus ritos, sus espacios, sus particularidades, su gente, su aspecto, sus bares, su noche, sus avenidas... Sí, me gusta todo. O casi. No reniego de mi condición ni cosa parecida. Pero tengo una debilidad desde no recuerdo cuándo. Quizá desde siempre. Se trata de mis vecinos uruguayos. Y ahora, puesto a recordar razones, me encontré con todo esto:
Grité el gol de Daniel Fonseca contra Corea del Sur, en el Mundial de Italia 1990. No sé por qué. Me nació así, con la espotaneidad de lo natural.
Caminé por La Rambla en tiempos de la adolescencia y sentí que no estaba fuera de mi país. Esa era también mi Rambla.
Me abracé imaginariamente al inmenso Pedro Barrios y al estupendo Walter Pelletti, esos uruguayos tan quemeros como yo.
Conocí Colonia y supe que es el perfecto remanso en un mundo sin remansos.
Aprendí palabras ajenas que ahora me resultan propias.
Probé el Medio y Medio y lamento su ausencia en cada supermercado o bar o restorán de la Argentina.
Sentí y siento que Montevideo es una suerte de Buenos Aires unplugged.
Si hasta el glamour estival de Punta del Este percibí que me abrazaba.
Descubrí, también bajo ese cielo celeste Uruguay, que una historia de amor puede durar un puñado de días de verano.
Me pregunto: ¿qué serían las luces y las oscuridades del mundo sin las palabras ni las explicaciones de Eduardo Galeano?
Leí también a Horacio Quiroga, a Mario Benedetti y a Juan Carlos Onetti y puedo decir que ninguno de ellos debería faltar en una biblioteca valiosa.
Me hace reir como pocos el Negro Rada. Siempre admiré la originalidad de Leo Maslíah. Disfruto como a casi nadie al impecable Jorge Drexler.
Me fastidié por la estupidez alrededor del Caso Botnia.
Me fascina la épica de José Nasazzi y de Obdulio Varela.
No soy uruguayo porque no nací en Uruguay. Pero siento, cada vez que subo al Buquebus, que voy de visita a mi otro país, a la casa de mi hermano más querido.

Lo que sigue lo escribió Hernán Casciari, escritor y prolífico blogger, en Orsai, en octubre de 2005:

Justicia poética
Desde la más tierna infancia, desde el principio, entendí que soy un uruguayo atrapado en el cuerpo de un argentino. Ya de chico pensaba, vivía y sentía como uruguayo, por más que tratase de ocultarlo a causa del qué dirán. Mi mamá se dio cuenta una tarde que me vio tomando mate solo a una edad imposible. A mi padre traté de ocultárselo más tiempo, pero en el Mundial de España se me escapó un grito de gol. Imagino que sufrió en silencio, aunque nunca hablamos del tema.
De chico miraba con fascinación horas y horas, a escondidas, un mapa enorme del Uruguay, y pronunciaba en voz alta los nombres de las ciudades en donde me habría gustado nacer: Durazno, Canelones, Cabo Polonio, Treintaitrés. Mi mamá golpeaba con insistencia la puerta del baño:
—¡Hernán! ¿Qué estás haciendo tanto tiempo ahí adentro? —me gritaba. Yo plegaba el mapa, rojo de vergüenza, y tiraba la cadena para disimular, pero la oía susurrarle a mi padre:— Tu hijo está otra vez metido en el baño, con el mapa de Uruguay —decía acongojada—, vas a tener que hablar con ese chico.
En el colegio, cuando todos cantaban el Himno en el salón de actos, yo cambiaba secretamente algunos versos. Oíd mortales el grito sagrado: Uruguay, Uruguay, Uruguay. Posiblemente, al principio, haya sido una de esas taras que tenemos los chicos para llamar la atención o requerir afecto, porque además de uruguayo también yo decía ser panteísta. Pero lo segundo se me pasó cuando conocí el choripán, y en cambio lo de ser uruguayo todavía me persigue.
Y es que con el tiempo, en vez de menguar, la necesidad de ser uruguayo crecía en mi pecho, incesante. Por eso en mi adolescencia adoraba las noches limpias de verano, sin una sola nube, ésas noches que permitían que la señal del canal doce de Montevideo llegara casi perfecta al televisor de mi pieza. Me quedaba madrugadas enteras viendo películas infames de trasnoche, solamente para disfrutar de la publicidad charrúa, de ese acento cristalino, casi idéntico al mío pero más entonado y cadencioso.
Más tarde, con la llegada de la literatura, supe que mi obsesión no estaba mal encaminada. Leí una frase de Cortázar a los quince años: "Un argentino que nunca fue a París es una especie de uruguayo". Y yo me juré, como nomás jura un imbécil en la edad del pavo, que jamás pisaría Francia. (No pude cumplir la promesa, y lo lamenté en el alma en el mismo momento de pisar el aeropuerto Charles De Gaulle.)
En esos tiempos mercedinos, conocer a un uruguayo verdadero me ponía la piel de gallina. Una vez vino a la ciudad una banda que tenía un baterista uruguayo. Yo le preguntaba cosas de una manera enloquecida, como si Carl Sagan se hubiera encontrado con un marciano... Le preguntaba a mi uruguayo si hacía frío o calor en su país, si había montañas, si la cebolla hacía llorar. El baterista me miraba raro. "Es igual que acá, botija", me decía. Y yo pensaba: "¡Qué grandioso! Además de geniales, son humildes".
A decir verdad, no sé qué estoy haciendo en Barcelona. Desde que tengo memoria, siempre supe que mi destino estaría en Montevideo. Siempre creí que terminaría viviendo allí, casado con una uruguaya de pelo suelto experta en hacer ensaladas, y que yo fumaría en pipa y escribiría cuentos uruguayos. No pudo ser, pero a veces me despierto con una sensación de desasosiego, con una nostalgia de algo que no pasó jamás.
Quizás por esa manía temprana, los protagonistas de mis primeras tres novelas son uruguayos. Tampoco fue una decisión: surgió de ese modo, me sentía más cómodo gritando al viento mi opción de identidad desde el disfraz de la literatura. En una temporada de mi vida hasta aprendí a ponerme el termo en el sobaco y cebar con la misma mano. En otra época, salía con el mate a la calle para que la gente dijera "ahí va un uruguayo". Durante los mundiales 86 y 90, por un odio cultural hacia Bilardo, hinché abiertamente para Uruguay y lloré con el gol de Pasculi, que nos dejó afuera.
A lo largo de mi vida no conocí nunca, pero nunca, a un uruguayo malo, o cancherito, o pretencioso. Todos los uruguayos que pasaron por mi vida fueron como ángeles, como hermanos reencontrados. Incluso los muertos, los que nunca toqué. Quiroga, Felisberto, Onetti. A veces, cuando un uruguayo me quiere hacer enojar diciéndome que Gardel no es argentino, que en realidad nació del otro lado del Plata, yo para mis adentros pienso: "A mí me pasa lo mismo".
Hace poco estuvieron comiendo conmigo la cantante uruguaya Laura Canoura y el guitarrista uruguayo Jorge Nocetti; y me pasó lo de siempre. Esa sensación de hermandad, de bonanza, de estar con personas que he visto siempre, con gente que permanece cerca a pesar de los aviones y los regresos. Ellos provocan que, por un rato, el uruguayo que llevo dentro salga a tomar el aire a la superficie de mi vida.
Por ejemplo, yo no bailo. No sé bailar; no puedo. Sin embargo, la primera vez que lo vi en vivo a Jaime Roos —fue en la Trastienda, hace muchos años— algo dentro de mí pegó un salto, se desató a la mitad de "Colombina" y los que estaban conmigo juran que me convertí en otro. Dicen que movía los pies, dicen que de repente yo era un gordito con ritmo. No sé si es verdad, porque no me acuerdo de nada. Pero es muy posible.
La milonga de Borges me pone la piel de gallina. Hace un rato la busqué en un libro porque quería poner unos versos en este artículo, y volvió a conmoverme:


Hombro a hombro o pecho a pecho,
cuántas veces combatimos.
¡Cuántas veces nos corrieron,
cuántas veces los corrimos!
Milonga para que el tiempo
vaya borrando fronteras;
por algo tienen los mismos
colores las dos banderas.

Habla de eso mismo, Borges. De ese extraño sentimiento en donde no importan las diferencias sino las similitudes. Somos un mismo pueblo que no comparte nombre, pero da igual. Yo me siento partido al medio, pero muchas veces más de aquel lado que de éste. No sé por qué.
Anoche pensaba en todas estas cosas, mientras miraba el partido. La selección de Uruguay necesitaba ganarle a Argentina para mantener vivas sus chances mundialistas. Y yo, como muchos argentinos que también tienen un uruguayo adentro, cerramos el puño y fuimos felices con el gol de Recoba. Porque recordamos el placer de haber leído a Felisberto, porque no podemos olvidar haber pescado en esos ríos y haber caminado de noche por Montevideo, porque en el fondo sabemos que ellos son como nosotros pero sin los defectos nuestros, porque aunque sean chiquitos son nuestros hermanos mayores, porque saben mirar a los ojos y tienen esa luz de pueblo silencioso en la mirada, y porque hace un mes mi hija fue arrullada para dormirse por una de sus mejores voces. Gol de Recoba. Uruguay sigue soñando con el Mundial y Chile se queda afuera. Justicia poética.
Estamos hechos del mismo barro. Ésa es la diferencia entre ser hermanos de sangre o ser nomás un país limítrofe. Yo ya tengo un país limítrofe a la derecha, y es suficiente. Pero a la izquierda, del lado del corazón y por suerte, tengo a unos hermanos del alma. Tan cerca, tan pero tan cerca, que a veces pienso que soy un uruguayo que nació, por un error del viento, a trescientos cuarenta kilómetros de mi cuna.


Cine:


El trailer de Whisky, una encantadora película uruguaya.

Más:
Detalles del film, en IMDB.

jueves, octubre 14, 2010

Estados Unidos, según Michael Moore



Extracto del documental "Bowling for Columbine", de Michael Moore.

Más:
Detalles y películas de Michael Moore, en IMDB.

miércoles, septiembre 08, 2010

Un equipo lleno de espías


El Dínamo de Berlín es uno de los grandes misterios del fútbol europeo. Un retrato implacable de los tiempos del Muro. Nació a principios de los años 50 a la sombra de la Stasi, esa policía secreta capaz de desapariciones y muertes en nombre de los rigores del régimen comunista impuesto del lado oriental en la Alemania fragmentada, tras la Segunda Guerra Mundial. El equipo construyó su hegemonía en la República Democrática Alemana (fue campeón durante diez temporadas consecutivas entre 1979 y 1988) con un equipo repleto de espías y al amparo de arbitrajes afines a la causa.

Sobre los comienzos del Dínamo, relata el periodista Borja Barba en Diarios de Fútbol: "No hay que pasar por alto el complicado origen del equipo. Tras la Segunda Guerra Mundial, la Alemania Democrática necesitaba símbolos deportivos con los que demostrar su 'infinito' poder. En lo que a fútbol se refiere, se intentó primero con el equipo de la policía, pero los resultados de éste no eran en absoluto satisfactorios y su nivel futbolístico dejaba tanto que desear que se vio relegado de categoría en la temporada 1953/54. Aquello fue entendido como una afrenta a la autoridad y la solución no se hizo esperar".

El Dínamo de Dresden había sido el mejor equipo de la temporada 52/53. En consecuencia, Erich Mielke, jefe de la Stasi, convocó a los jugadores a la Policía Secreta, los convirtió en informantes o espías y los hizo jugar para su equipo, el Dínamo de Berlín. Bajo la órbita del Ministerio de Deportes, se armó también una enorme red de gente dispuesta a contar lo que los otros hacían. "Debemos seguir el comportamiento de los deportistas para saber quién está con nosotros y quién no", fue la advertencia oficial. El principal 'beneficiario' estaba claro: el Dínamo de Berlín. "En la lista de espías se incluyen jugadores del Dínamo, que establece una dictadura deportiva en la manipulada DDR-Oberliga ganando 10 Ligas seguidas en la década 1979-88. Cualquier jugador que se destacaba en otro equipo era alistado en el club", contó Fermín de la Calle en el diario As, de España.

En tiempos más cercanos, tras la caída del Muro de Berlín, se desclasificaron archivos de la Stasi y aparecieron en la lista de espías árbitros como Adolf Prokop (Gustav), Rudi Glöckner (Hans Meyer) o Bernd Stumpf (Peter Richter) y hasta tres entrenadores de la Alemania Oriental: Eduard Geyer (Jahn), Bernd Stange (Kurt Wegener) y Georg Buschner. El fútbol estaba organizado como una versión deportiva de lo que retrató magistralmente "La vida de los otros", la película alemana (escrita y dirigida por Florian Henckel von Donnersmarck) ganadora del Oscar a mejor film extranjero en 2007. No podía haber secretos en la DDR-Oberliga.

El caso de Lutz Eigendorf, conocido como "el Beckenbauer del Este", es emblemático de los días de gloria y de trauma para el Dínamo: en 1983, su Alfa Romeo apareció destrozado contra un árbol, con él adentro, pero en Alemania Federal. Había jugado más de cien partidos entre 1974 y 1979. Pero tomó la decisión de partir hacia el Oeste. Recién en la última década se confirmó: no había sido un accidente. Los tentáculos de la Stasi habían cruzado el Muro. Hubo otros casos que también sirvieron de espejo: Gerd Weber, Matthias Müller y Peter Kotte, jugadores importantes del Dínamo, fueron detenidos en el aeropuerto de Berlín-Schönefeld a principios de 1981 antes de viajar a la Argentina. Querían irse.

Tras la reunificación alemana en 1990, la Stasi fue disuelta. El equipo cambió su nombre con la intención de maquillar su pasado: se comenzó a llamar FC Berlin. Sin embargo, regresó a la denominación oficial de BFC Dynamo (Dínamo de Berlín) en 1999. Sin los beneficios de otros días, el equipo no paró de tropezar: ahora disputa la Oberliga Nord, la cuarta categoría de la Alemania unificada.

Texto publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo, de Clarín.

Cine:

"La vida de los otros", un retrato de la Alemania Oriental en los tiempos del Muro. El trailer, versión doblada al español.

Más:
Otros detalles de la película, en IMDB.

domingo, agosto 01, 2010

La isla de una memoria


Dennis Brutus lo escribió acá, en una de estas celdas que ahora son memoria. "Vendrá un tiempo./ Vendrá un tiempo, esto creemos,/ cuando la forma del planeta / y las divisiones de la tierra / serán de menos importancia. /Estaremos capturados en la luz de la amistad./ Una estrella roja de esperanza / iluminará nuestras vidas./ Una estrella de esperanza./ Una estrella de gran alegría./ Una estrella de libertad". El era poeta, pero sobre todas las cosas era un soñador de las causas justas. Su piel blanca y su barba blanca no condicionaban su búsqueda: él quería un mundo de todos los colores. Entró a Robben Island, esa cárcel que ahora resulta un museo de la vergüenza de otros días, con la única cara posible: la de un dolor, la de una militancia.
Allí, en ese mismo espacio de cautiverio convivieron muchos de los héroes de una idea que luego se hizo país y ahora se transformó en Mundial. La isla fue utilizada como colonia de leprosos entre 1836 y 1931. Pero su condición de máximo emblema de la represión aconteció en tiempos del apartheid. Entre esos prisioneros de aquellos días se enumeran Nelson Mandela, Walter Sisulu, Govan Mbeki, Robert Sobukwe y Kgalema Motlanthe. Los mismos nombres que permitieron que ahora la bandera de Sudáfrica sea más colorida que cualquier otra.
En la actualidad, la isla es una memoria activa. Con la prisión clausurada, la UNESCO la declaró Patrimonio Histórico de la Humanidad. Y ahora, desde el coqueto Puerto de Ciudad del Cabo, se ofrecen diversas excursiones para visitarla. También hay souvenirs que se venden en varios rincones del país. En el Waterfront, una chica de ojos claros que nació en Sudamérica y luce más que guapa tiene una remera ajustada que lo cuenta: "46663 / I'm Madiba's neighbour" (soy vecino de Mandela). El líder histórico de este país que no para de seguir naciendo, Nelson Mandela, ocupaba la icónica celda 46664, con idéntico número de preso. Por eso, también el merchandising al respecto. Su imagen y esa identificación con la vecindad, ese precioso sentido de pertenencia. Certezas de que algo nuevo está sucediendo.
Alguna vez el líder de U2, Bono, retrató la dimensión de esa celda y del personaje que la habitó: "No es sólo un símbolo para Sudáfrica, no sólo para África; es un símbolo para quienes aman la libertad. Le dicen Madiba; se llama Mandela". La mayoría de los que ahora están en la excursión rumbo a Robben Island en este ferry impecable lo saben: sin él, la Sudáfrica de todos los matices no existiría.
La isla, según cuentan los guías que la frecuentan, también guarda secretos en las aguas que la rodean. Ocasionalmente se han encontrado durante varios siglos monedas de oro en sus costas. Se debe, dicen, a que a fines del siglo XVII un barco cargado de monedas de oro destinado al pago de salarios en Indonesia naufragó en estas costas y perdió su carga. El tesoro, otro misterio de este territorio indescifrable, permanece aún bajo este océano de bellezas.
Pero más allá de ese oro incomprobable por ahora, habita en Robben Island otra certeza mucho más grande que un tesoro enorme: quienes aquí estuvieron presos, creyeron, soñaron, lucharon, vivieron. Como escribió algún ciudadano de a pie, con los retazos de un inglés aprendido a los tropiezos, en una de las calles menos favorecidas de Ciudad del Cabo: "Para ser vistas, algunas cosas primero deben ser creídas". Eso hicieron Mandela y los suyos. Por eso ahora este país tiene tantos colores posibles. Por eso ahora, acá, un Mundial está en marcha. Y los gritos de aquellos presos son una memoria que late.

Texto publicado por el autor del Blog, en Clarin.com, en ocasión de la reciente cobertura del Mundial Sudáfrica 2010.

Post publicado en conjunto con el Blog Caminos Compartidos.

Cine:


El trailer de Invictus, una película sobre Nelson Mandela.

Más:
Algunas películas y series sobre Mandela, en IMDB.

lunes, junio 21, 2010

El crack de los pies torcidos


Nació entre desamparos, despojado de casi todo. En los días de su infancia de dolores en Pau Grande, a Manuel Francisco dos Santos su hermana Rosa lo bautizó con un nombre que tenía explicación: Garrincha. No se trataba de una casualidad: en su familia lo consideraban natural, escurridizo, chueco y feo, como el pájaro que lleva ese nombre y habita las selvas del Mato Grosso. Ese apodo lo acompañó siempre: en la gloria de sus gambetas y de las ovaciones y en la miseria de sus días finales. Le decían también Mané. Y él, más allá de cómo lo eligieran llamar, resultó invariablemente lo mismo: la alegría del pueblo. Por eso, cuando el director brasileño Joaquim Pedro de Andrade realizó la primera de las varias películas que se hicieron sobre este crack sin igual optó por ese nombre: "Garrincha, alegria do povo".

Su vida parece sacada de algún retazo del memorable film brasileño Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles. Una vida ardua, de favelas, de violencia, también de hambre. "Lucha y nunca sobrevivirás... Corre y nunca escaparás...", era el eslogan de la película. Y eso hizo Garrincha en su recorrido: luchó primero entre las carencias que le ofrecía Río de Janeiro y contra los augurios de los médicos, que señalaban que no podría jugar al fútbol; corrió luego por los terrenos del mundo para ganarse la vida y la historia. Un libro reciente, del chileno Reinaldo Marchant, lo define desde el título: "El Angel de las piernas torcidas".

Nada de él hacía imaginar lo que fue: uno de los más grandes futbolistas de todos los tiempos. Hijo de africanos e indígenas, tenía los pies girados hacia adentro, su pierna derecha era 6 centímetros más larga que la izquierda, su columna vertebral estaba torcida y sus problemas se agravaron por una severa poliomielitis. Le ganó a todo eso. Y se convirtió en mago de la raya, en un wing capaz de todo en cualquier momento. Es el máximo ídolo de la historia del Botafogo (con el que ganó tres campeonatos cariocas y dos Copas Río-San Pablo) y obtuvo dos títulos del mundo con Brasil (en Suecia 1958 y en Chile 1962, donde también fue goleador). Armando Nogueira, periodista de TV Globo, explicó alguna vez: "Garrincha es el único jugador del mundo que hizo millonarios a seis compañeros de equipo, sirviéndoles goles hechos: Amarildo, Altafini, Vavá, Paulo Valentim, China y Chinezinho". Tremenda paradoja: Mané murió abrazado a la más extrema pobreza.

Hay una anécdota, ya casi con carácter mitológico o de leyenda, que lo retrata como lo que fue: un jugador maravilloso al servicio del carácter lúdico del fútbol. Cuando el árbitro del encuentro definitorio del Mundial de 1958, el francés Marcel Guigue, señaló el final, Garrincha -al ver a sus compañeros correr para abrazarse y celebrar el triunfo- preguntó qué sucedía. Cuando se enteró de que todo había terminado y que eran campeones, él se disgustó. Había una razón poderosa: quería seguir jugando.

Sobre él, contó el escritor uruguayo Eduardo Galeano: "Cuando él estaba allí, el campo de juego era un picadero de circo; la pelota, un bicho amaestrado; el partido, una invitación a la fiesta. Garrincha defendía a su mascota, la pelota, y juntos cometían diabluras que mataban de risa a la gente. Él saltaba sobre ella, ella brincaba sobre él, ella se escondía, él se escapaba, ella lo corría. En el camino, los rivales se chocaban entre sí". A Garrincha también lo cuentan los números: para Botafogo convirtió 244 goles y de los 60 encuentros que disputó para Brasil, sólo perdió uno.

Su vida de excesos lo condenó pronto: a los 49 años, lo mató una cirrosis. Estaba solo, más allá de los muchos hijos que tuvo por varios rincones de Río de Janeiro. Lo velaron en el Maracaná, ese lugar en el que Garrincha había hecho lo que mejor sabía: regalar alegrías. La gente lo lloró por varios días y varias noches. El inmenso Mané tal vez nunca supo que había generado en los demás lo que casi nunca había conseguido para él: felicidad.

Texto publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo y en Misión Mundial, de Clarín.



Post publicado desde Durban, Sudáfrica.

Cine:

Imágenes de Alegria do povo, la película más significativa sobre Garrincha.

Más:
Detelles del film, en IMDB.

jueves, septiembre 03, 2009

El Rey de Copas


Ya en 1991 Brian Clough era un superhéroe de dos ciudades y de dos equipos con una gran rivalidad futbolística: el Derby County y el Nottingham Forest. En esos dos clubes que no pertenecían a la elite del fútbol inglés había construido los mejores momentos de la historia de cada uno. Un año antes, la Universidad de Nottingham lo había nombrado doctor honoris causa como Master of Arts. En breve, recibió la Orden del Imperio Británico con el rango de oficial. Esto le permitía que le trataran oficialmente añadiendo las iniciales OBE (Officer of the British Empire) tras su nombre. Entonces, al momento de las solemnidades, el inmenso Clough respondió con su habitual irreverencia y lucidez. Dijo que las iniciales debían ser de su apodo Old Big 'Ead ("viejo creído").
Nunca se sabía bien si hablaba en serio o en broma. Parecía invariablemente a mitad de camino entre la arrogancia y la simpatía. Salvo cuando se dedicaba a lo suyo: el fútbol. Había sido delantero del Middlesbrough (la ciudad de su nacimiento; el club del que se hizo hincha en los días de la niñez) y del Sunderland. Sus estadísticas lo cuentan como un goleador tremendo: hizo 267 goles en 296 partidos, entre 1955 y 1965. También jugó, pero sin tanto éxitos, en el seleccionado inglés. Una lesión ligamentaria en una de sus rodillas lo obligó a retirarse a los 29 años. Curiosamente, lo mejor estaba por venir. Comenzó su recorrido como entrenador con una aceptable campaña con el Hartlepool. Ese paso marcó uno de los rasgos de su carrera: pelearse con las autoridades, en este caso, con el presidente Ernie Ord. En consecuencia, junto a su inseparable ayudante y amigo Peter Taylor, partieron rumbo al Derby County, que llevaba diez años en la Segunda División. Y consiguió lo que parecía imposible: en cuatro años llevó al equipo a ganar el título en la Liga inglesa (hoy Premier League) y luego a las semifinales de la Copa de Europa, en la que fue eliminado en una serie de escándalo por la Juventus. Volvió a pelearse con las autoridades del club, que lo consideraban inmanejable. Y decidieron echarlo. Al día siguiente recibieron dos mensajes: el primero, una carta del plantel solicitando que regresara el entrenador; el segundo, fue multitudinario: los hinchas organizaron la campaña Bring Back Clough ("traigan de vuelta a Clough"). No hubo caso: Clough prefirió irse a dirigir al Brighton, de la Tercera División, y luego al Leeds United. No le fue bien.
Pero no fue el final, se trató apenas de un impulso: en enero de 1975, asumió en el Nottingham Forest. Uno de los milagros más grandes de la historia del fútbol estaba por suceder. Entre 1977 y 1980 el equipo pasó de la Segunda División a ganar siete títulos (una Liga, dos Copas de la Liga, una Community Shield, dos Copas de Campeones de Europa y una Supercopa de Europa). Tenía una varita mágica: convertía a jugadores desconocidos en figuras. Un caso emblemático fue el de John Robertson, quien cuando llegó al Forest iba a ser vendido a un equipo de Tercera División. Luego fue clave en ese ciclo impresionante. Decía Clough sobre él: "Era un joven realmente muy poco atractivo. Si un día me estaba encontrando un poco mal, me sentaba al lado suyo. Yo parecía Errol Flynn comparado con él. Pero le dabas un metro de césped y era un artista. El Picasso de nuestro equipo".
Su ciclo en el Forest continuó hasta 1993 y ganó otras dos Copas de la Liga (en 1989 y 1990). Esos dos trofeos fueron los últimos en la historia del club. Con la partida de Clough el Nottingham fue perdiendo terreno. Y su mayor motivo de orgullo, ahora, parece ser evocar al increíble Clough.
Nunca lo eligieron para dirigir al seleccionado inglés. Una rareza. O no tanto. Lo explicó él mismo, en alguna oportunidad: "Estoy seguro de que los encargados de decidir al seleccionador inglés pensaron que si me daban el cargo, hubiera querido manejar todo. Fueron astutos: es exactamente lo que habría hecho". Era políticamente incorrecto.
Clough siempre se manifestó socialista y le ofrecieron en varias oportunidades un puesto en el Partido Laborista para ser candidato al parlamento inglés. Nunca aceptó. También militaba: era habitual que participara de las marchas de apoyo a las huelgas de los mineros, incluso formando parte de los piquetes. Y firmó el manifiesto de fundación apoyando a la Anti-Nazi League, una organización de izquierda que tuvo su apogeo a finales de los años 70.
Cuando dejó su cargo de entrenador, ya conocía algún infierno del alcohol. En 2002 publicó una autobiografía titulada "Cloughie: Walking on water" en la que además de repasar toda su carrera cuenta en detalle sus problemas con la bebida. Pero tenía humor incluso para eso: en la presentación del libro se refirió al título elegido y dijo "¿caminar sobre el agua? Supongo que mucha gente estará diciendo que en vez de caminar sobre ella, debería haberla tomado más en mis bebidas. Tienen toda la razón".
Murió el 20 de septiembre de 2004 debido a un cáncer de estómago. Tuvieron que habilitar un estadio, el Pride Park de Derby, para que lo fuera a despedir tanta gente que lo quería. No se recuerdan en la ciudad de Derby tantas ofrendas florales juntas.
Antes y después de su adiós, recibió todos los tributos: le escribieron libros y canciones; hicieron videojuegos y películas; una de las tribunas The City Ground, el estadio del Forest, fue reedificada en 1980 con su nombre; en julio de 2004, el tranvía #215 de Nottingham fue renombrado "Brian Clough"; en agosto de 2005, se comenzó a llamar "Clough Way" el tramo de la carretera A52 que une Derby con Nottingham; en ambas ciudades, hay una estatua que lo recuerda; lo mismo sucede cerca de la casa en la que se crió, en Middlesbrough.
Una vez, ya consagrado, le preguntaron cuál había sido el día más feliz de su vida. Y el dueño de tantos éxitos, El Rey de Copas, respondió: "Cuando me casé con mi esposa Barbara". Lo dijo serio, convencido. El inolvidable Clough también sabía ofrecer homenajes.

Texto publicado por el autor del Blog, en Clarin.com

Cine:


The Damned United, la última película sobre Brian Clough (2009).

Más:
Detalles sobre el film, en IMDB.

sábado, abril 26, 2008

El cielo gira


En Aldealseñor, un pueblo de Soria, España, quedan sólo 14 habitantes, la última generación de mil años de historia ininterrumpida. Hacia allí fue ella, la directora del documental, Mercedes Alvarez, tras los pasos de su gente, tras su identidad, para reconstruir el rompecabezas de su infancia, para darles vida a los que impulsaron la de ella, para rendirles homenaje a quienes ya no están. El resultado es una entrañable película, El cielo gira, en la que encontré un espíritu idéntico al de este Blog: la voluntad del merecido tributo a las raíces.

Cine:


Un fragmento de El cielo gira.

Más:
Detalles de la película, en IMDB.

miércoles, julio 12, 2006

Retrato de una lealtad


Otto es un perro. Y decirlo así es tan cierto como injusto. Otto es muchas más cosas que un perro. Es un pedazo de la vida. De mi vida y de la de todos los que siempre estuvimos cerca. Cuando era un cachorro de Dogo de 600 pesos y tenía los dientes mínimos yo recién había terminado el secundario. Ya en esa época tenía la lengua gigante de siempre y un temperamento que desmentía el imaginario colectivo respecto de su raza. Otto siempre fue bueno. Recorrió cada metro, cada año, con la lealtad y la generosidad del primer idilio. Con esa bocota que siempre dosificaba fuerzas al momento del juego. Con ese andar torpemente elegante. Con esa percepción notable de cada situación relevante. Otto lo seguía a mi viejo al costado de la bicicleta. Otto se tiraba debajo de la mesa de trabajo de mi vieja, en el fondo, hasta que terminara con el último molde del último diseño de la última prenda. Otto se sentaba al costado de la cama de Ale, uno de mis hermanos, y escuchaba --porque no le quedaba otra-- desde Mariah Carey hasta Van Halen, pasando por Michael Jackson, Bon Jovi y Def Leppard. Otto se acostaba en mi cama todo el tiempo que podía hasta que escuchaba la voz de mi mamá. No hacía falta que lo echara. Se iba solo. A Otto siempre le gustó el pan lactal. Esa fue, quizá, su más grande tentación. Otto casi nunca gruñía, a menos que --de imprevisto-- se hubiera robado un paquete entero de Fargo y alguien osara quitárselo de su bocota. Otto pudo haber sido el intérprete de la película El Perro, de Carlos Sorin. Pero estoy seguro de que el casting lo habría fastidiado. Otto nunca mordió a nadie. Jamás le hizo falta.

Otto falleció el martes 27 de febrero de 2007, poco antes de cumplir 13 años. Se fue sin saber que nunca sería olvidado.

Cine:


El Perro, la película de Carlos Sorin. También un homenaje a Otto.