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viernes, diciembre 09, 2016

Ciudad de México, ciudad de fútbol


Caben muchos mundos en esta Ciudad de México de tantos colores que encandila, de tantos vértigos que apura. Mundos diversos y dispersos. Es un país dentro del país: según datos de la ONU, acá viven poco más de 20 millones de habitantes incluyendo las periferias. Parece inabarcable. Tal vez lo sea. Hay una certeza que se comprueba caminando: acá el fútbol late como en cualquier rincón del conurbano bonaerense profundo o como sobre la arena en un atardecer de Praia do Rosa o de Río de Janeiro. Ahí están las camisetas que tantos lucen aunque no sea día de partido. Las del América -las más vendidas- compiten con las de los otros dos gigantes de la ciudad, Cruz Azul y Pumas de la UNAM.

Esta ciudad de personajes que parecen cuento o mentira o fantasía ofrece un asombro a cada paso. Lo escribió en el Libro de los abrazos Eduardo Galeano, amigo de este territorio, visitante frecuente en sus días: "Superbarrio, cualunque mexicano de carne y hueso, héroe del pobrerío, vive en un suburbio llamado Nezahualcóyotl. Superbarrio tiene barriga y piernas chuecas. Usa máscara roja y capa amarilla. No lucha contra momias, fantasmas ni vampiros. En una punta de la ciudad enfrenta a la policía y salva del desalojo a unos muertos de hambre; en la otra punta, al mismo tiempo, encabeza una manifestación por los derechos de la mujer o contra el envenenamiento del aire; y en el centro, mientras tanto, invade el Congreso Nacional y lanza una arenga denunciando las cochinadas del gobierno". Ya lleva 29 años andando este hombre que es un misterio y del que nadie conoce los goles de qué equipo grita.

La primera impresión es que cualquier personaje propio del realismo mágico puede aparecer en este espacio que Gabriel García Márquez eligió para vivir varias temporadas. Un hombre con pajaritos que predicen el futuro, brujos, chamanes, un ex convicto con la piel a prueba de vidrios, artistas callejeros del absurdo, vendedores de todo lo que pueda caber en la imaginación, músicos de instrumentos de nombres impronunciables, entre tantos otros seres que ya forman parte del escenario o de la mitología. O de las dos cosas. También a la par de ellos están los hinchas de este ámbito en el que el fútbol resulta una suerte de religión. O varias al mismo tiempo. Se adivina una cosa: no hay ateos en la cuestión. Son mayoría los del América. En la capital y en el resto del república. Según relevamientos varios suman alrededor de la cuarta parte del total de 120 millones de habitantes del país.

Juan Villoro -escritor de esta tierra, preciso y precioso observador del fenómeno del fútbol, autor de Dios es redondo- es hincha de un equipo que pertenecía a la CIudad de México, pero fue mudado. Sus llaves cuelgan de un llavero del Necaxa. Le contó a la Revista Ñ, en su visita a la Feria del Libro de 2013: "El mío es un equipo muy gitano, simpático. Era el equipo del sindicato de electricistas. Y era muy rebelde: fue el único que se negó a cobrar cuando el fútbol se volvió profesional. Era un equipo romántico que no quería cobrar. Como suele ocurrir con tantos clubes, especialmente en mi país, fue vendido. Y pasó a ser propiedad de otro equipo que es el villano de la liga, el archiodiado América. Y además se lo llevaron a jugar a Aguascalientes. Pero uno no puede negar al club de sus amores, es como decir 'yo ya no soy ese niño, que me den otra infancia'. Y creo que a lo último que debemos ser fieles en nuestra vida es a nuestra propia infancia". El Necaxa volvió a ser vendido en 2014 a un grupo de inversionistas encabezado por Ernesto Tinajero y por Guillermo Cantú. Sigue jugando en Aguscalientes. La razón de la mudanza era ajena: el América, omnipresente en la capital mexicana, le quitaba hinchas. Acaparaba todo.

"Odiame más", fue uno de los eslogans de más impacto y mayor polémica asociado a un equipo de fútbol. No podía ser patrimonio de otra institución: sí, del América, el más campeón de los clubes locales y el más exitoso de la Concacaf. También el más poderoso en términos económicos, al amparo de su propietario, el Grupo Televisa. "Lo dejamos un poco de lado eso del 'odiame más' para que no se interprete mal. Vivimos en un mundo muy complejo. De todos modos, es cierto que el América genera eso: es amor o es desprecio. Nosotros -los millones de hinchas- lo amamos. El resto, nos quiere ver perder hasta los amistosos", le cuenta a Clarín el presidente de Las Aguilas, Ricardo Peláez, en pleno estadio Azteca, templo del fútbol, museo vivo de tantos encantos.



Ahí está, claro, el arco de la Mano de Dios y el del Mejor Gol de la Historia. Ambas obras sucedieron el mismo día de 1986 y tuvieron a idéntico protagonista, Diego Maradona.

"Acá vive el mejor de los fantasmas", cuenta uno de los tantos empleados de seguridad del estadio. No es día de partido. Pero a la joya la cuidan como tal, más en este 2016 del centenario de Las Aguilas. Y se nota en cada detalle.

-¿Qué fantasma? ¿El de la altura?, pregunta el argentino asombrado.

-No, el de Maradona...

El seleccionado de México también es local en esta ciudad y en ese estadio afín a las mitologías. A los temores que generan los 2.250 metros sobre el nivel del mar se suma ese contorno de 84.000 espectadores (históricamente, la capacidad superaba los 100.000 asientos), con cada butaca ocupada, con cada hincha vestido de verde dominante. "En cada presentación en el Azteca hay dos espectáculos: uno adentro, que puede fallar; y uno afuera, que es una garantía de calidad", cuenta el periodista Jaime Luna, ante la consulta de este diario.

Los locales, a este estadio ubicado en la Calzada de Tlalpan, prefieren llamarlo con un nombre más grandilocuente: El Coloso de Santa Ursula. Aclara el guía oficial: "No es una exageración. Es un coloso de verdad. Miren..." Y allí, recién remodelado, el Azteca revela su imponencia ante los ojos. Es una maravilla propia de esta ciudad de maravillas. Y de fútbol, claro.

Texto publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo, de Clarín.com.

Post publicado desde Ciudad de México.

sábado, junio 14, 2014

El ejército de la pelota


"Golaaaaaaazoooooooo", grita el relator como si no le importara quedar disfónico al día siguiente, por una semana o por toda la vida. Celebra como si la felicidad dependiera de ese partido. El estadio Nacional de San José resulta el paraíso por un rato. De repente, los desconocidos parecen amigos de toda la vida. Y se abrazan. Joel Campbell acaba de marcar el tercer gol de Costa Rica frente a Estados Unidos, por las Eliminatorias para Brasil 2014. El delantero es moreno, nació en esa misma ciudad que ahora lo ovaciona, lleva el número 12 en la espalda y todos lo conocen por un apodo, La Joya. A los 21 años, juega para el Olympiakos de Grecia, cedido por el Arsenal inglés. Es la cara de una victoria clave para Los Ticos. Queda enterrado por sus compañeros en el grito compartido por todos. Al levantarse, sonríe. Sabe que cumplirá un sueño en breve: ser uno de los pocos futbolistas en haber disputado Mundiales de las tres categorías (ya jugó en Sub 17 y Sub 20). La escena sucedió en este setiembre, cuatro días antes del empate 1-1 frente a Jamaica, en Kingston, que garantizó el acceso de Costa Rica a su cuarta Copa del Mundo.

Hay otro personaje emblemático en el festejo. Y no es costarricense. Se llama Jorge Luis Pinto, nació en San Gil -Colombia- y, según dicen los especialistas, es uno de los entrenadores que más sabe sobre el fútbol de Centroamérica y el Caribe. Fue campeón en las cuatro Ligas en las que dirigió: Colombia, Perú, Costa Rica y Venezuela. Tiene un apodo que lo retrata: le dicen Explosivo. Y un aspecto que lo podría llevar al cine: si se dejara siempre el bigote, aprobaría cualquier casting para un western mexicano. Con él, La Sele se clasificó incluso antes de que las Eliminatorias de la Concacaf finalizaran. A su equipo le quedan dos partidos y Pinto ya anda buscando lugares para la concentración en la tierra de los pentacampeones. El, como casi nadie, entiende el significado que para los constarricenses tiene el seleccionado nacional. Lo aprendió en su primera experiencia, entre 2004 y 2005. Lo demuestra ahora, con su festejo entre abrazos.

El fútbol en Costa Rica resulta una cuestión central, un espacio de pertenencia que excede el campo de juego. Ahora, vía mail, el sociólogo Sergio Villena Fiengo -especialista en el tema- cuenta los detalles del significado de La Sele: "Costa Rica es un país que abolió el ejército en 1948 y que no tuvo guerra de la independencia como tal (aunque en 1856 tuvo que repeler a un filibustero norteamericano, William Walker, lo que convirtió a esta 'gesta' en un suerte de guerra de independencia). Por otro lado, Costa Rica definió como núcleo de la identidad nacional la idea de ser una sociedad pacífica y democrática. En ese marco, el futbol de selecciones masculinas mayores es un espacio ritual en el que de alguna manera se produce un 'retorno de lo bélico reprimido'. El discurso en torno a la selección está cargado de retórica belicista y épica, con elementos que resaltan la masculinidad/virilidad, así como la idea de 'conquista'. Este discurso, usual entre los medios de comunicación, también se constata en el discurso publicitario y en las manifestaciones de algunos aficionados, sin dejar de lado el propio equipo. Es significativo que en eliminatorias pasadas, se publicaran anuncios o se exhibieran mantas con la leyenda '¿Quién dijo que Costa Rica no tiene ejército?'. En resumen, la Sele parece ser imaginada, al menos por algunos, como un 'ejército sustituto'". El deporte rey en este territorio de América Central resulta frecuentemente un espejo de otras cosas.

En este país de poco menos de cinco millones de habitantes, una frase adjudicada a Albert Camus se transforma en verdad cada vez que La Sele juega: "Patria es la selección nacional de fútbol". El equipo representativo se fue transformando en un símbolo de defensa nacional, tal como lo sugiere también el escritor Juan Villoro en su libro Dios es redondo. Lo que sucedió tras la notable actuación en el Mundial de Italia, en 1990, es un testimonio al respecto. El entonces presidente Rafael Angel Calderón ofreció las siguientes palabras: "Hemos esperado más de 30 años para esto y nos han dado lo más maravilloso que ha ocurrido en la historia costarricense (...), lo más grande que nos ha dado Dios". No es realismo mágico; es el fútbol de Costa Rica en estado puro.

Sucedió aquella vez, de regreso de Italia, pero podría suceder en estos días o en cualquier momento. La escena es un encanto y una locura: el avión que trasladaba al seleccionado de los asombros, ese que en su estreno en una Copa del Mundo había accedido a los octavos de final, voló durante un puñado de horas a velocidad mínima por los 51.100 kilómetros cuadrados de territorio costarricense para recibir el cariño de cada uno de los ciudadanos a los que el orgullo no le cabía en el cuerpo, en el alma ni en ningún lado. En el mismo contexto, antes ya se había armado desde el Gobierno una Comisión de Recibimiento y se había decretado asueto. Se crearon carrozas para trasladar a los futbolistas al Estadio Nacional; fueron saludados por el Presidente, la Primera Dama y todos los ministros; las empresas privadas regalaban banderas con los colores patrios. La gente lloraba emociones en las calles. De aquellos días de hace dos décadas todavía se habla ahora que el equipo de ellos, de todos, imagina otro Mundial...

Este seleccionado que ahora es motivo de orgullo fue, durante cinco décadas, la historia de un crecimiento. En los 50, a La Sele se la conocía como Los Chaparritos de Oro. En los treinta años posteriores quedó presa de vaivenes. Un golpe y un espasmo glorioso y otro golpe. Apenas un par de aproximaciones la pusieron en la escena internacional: en los Juegos Olímpicos de Los Angeles 1984 -con la histórica victoria ante Italia, 1-0 con gol de Enrique Rivers- y la participación en el Mundial Sub 16 de China, en 1985. Eran días de búsquedas y de construcciones. Lo que sucedió pronto fue una consecuencia enorme y atractiva: un lustro después, Luis Gabelo Conejo atajaba como si fuera Superman y Juan Cayasso construía jugadas a la velocidad supersónica del Hombre Araña. Parecía magia, pero era realidad: así lo demostraron las posteriores presencias en Japón-Corea 2002 y en Alemania 2006. Más: en el Mundial Sub 20 de 2009, Costa Rica se posó a gusto en las semifinales (terminó cuarto detrás de tres escuelas de distintos continentes, Ghana, Brasil y Hungría).

Pero más allá del progreso visible, el fútbol representa muchas más cosas en Costa Rica. Es un modo de mostrarse en la región y en el mundo; un lugar en el que Los Ticos se pintan la cara para contarles a todos que esos colores son los de su bandera que nada sabe de guerras. El fútbol se interpreta como una manera de establecer contacto. La anécdota que sigue sucedió hace poco más de una década: en ocasión del Mundial Sub 17 de 2001, en Trinidad y Tobago. Los pibes de Costa Rica venían de derrotar 3-0 a Paraguay, en Malabar. El micro con el plantel iba rumbo a Puerto España, la capital. En el recorrido, varados, estaban dos periodistas argentinos procurando transporte. No habían aparecido gestos de generosidad hasta que los Ticos decidieron parar allí, en plena oscuridad, para auxiliar a los desconocidos. Preguntaron, invitaron, hablaron de Maradona, de Batistuta, también de los días inolvidables de 1990. Entre los costarricenses estaba el mismo Conejo que France Football había señalado como el mejor de la Copa del Mundo de Italia. "Ellos vienen con nosotros", dijeron los muchachos del seleccionado en el restorán del hotel para que los argentinos no se quedaran sin comida. El diálogo continuó más allá de la cena. Aquella sobremesa era otra demostración: Costa Rica -país de abrazos- latía de fútbol. Como ahora.

Texto publicado en Planeta Redondo, de Clarín.com

domingo, marzo 09, 2014

El fútbol que vence a la Guerra


Ese ruido que parece hostil es una preciosa mentira. No se están matando bajo el oscuro cielo de Kabul. Hay disparos que no invitan a dolores inmediatos. Hay gritos que no son desencantos sino hermosos desahogos. Afganistán escucha los sonidos de siempre pero esta vez no lastiman, cuentan otra historia: el fútbol, increíble espejo de tantas cuestiones, es ahora motivo de una felicidad. Lo contó desde el lugar de los hechos el periodista Subel Bhandari, de la agencia DPA: "Durante largas horas resonaron disparos, pero esta vez el sonido de los fusiles Kalashnikov no tenía nada que ver con la guerra en Afganistán: eran la celebración por el primer título internacional de fútbol de la selección nacional". Las escenas sucedieron en el último septiembre, luego de la victoria en la final de la Copa Sudasiática, 2-0 frente a la India, en Katmandú, Nepal. En simultáneo, vía Twitter, Ahmad Shudsha -militante regional en nombre de los derechos humanos- escribía: "No son disparos de guerra civil ni de los talibanes ejecutando gente, sino de alegría". Por primera vez en demasiados años, tremenda paradoja, las armas ofrecían un mensaje feliz.

Pasaban otras cosas allí hace poco más de una década en tiempos del régimen talibán. En la misma Kabul, los escenarios desoladores se repetían sin interrupciones. Guerras internas, invasiones externas, conflictos diversos. Todo aportó para que el paisaje se deshiciera, para que las grietas y los escombros se apropiaran de cada porción de territorio. Pero también allí, desde las alturas del Tapa Maranjan, había espacio para un asombro: sobre un césped que parecía absurdo para el contexto, que en algún tiempo había sido campo de golf para ocio de los poderosos de turno, los hombres jóvenes jugaban cada tarde al fútbol. Como si se tratara de una tregua en tiempos devastadores. Corrían, pateaban, incluso gritaban una osadía: goles ante los oídos vigilantes de los implacables guardianes talibanes.

Enfrente había un emblema de esos tiempos inaceptables: el estadio Ghazi, el lugar más relevante para el deporte de este país de padecimientos repetidos. Allí cada viernes se ejecutaba, apaleaba, apedreaba y golpeaba a todos los hombres que las autoridades de entonces entendían como inapropiados. El martes era el turno de las mujeres. Ocurría que el viernes era considerado un día santo y por lo tanto las mujeres no merecían el patético honor del castigo en ese día. La gente era obligada a concurrir a los martirios. Las calles eran cercadas con vallas y todos los caminos conducían al estadio, donde camionetas 4x4 pobladas de talibanes con armas inmensas se encargaban de ordenar el listado de los inminentes crímenes. Ahí también ahora, una felicidad sucede: aquellos audaces que gritaban goles, por primera vez en su vida de tropiezos pueden sentirse campeones. No sólo por la gloriosa participación reciente; sobre todo, porque el fútbol sucede con la naturalidad de un amanecer.

El fútbol en Afganistán es la historia de una reconstrucción. Lo señala el periodista Andrés Burgo, siempre afín a estos recorridos periféricos vinculados al deporte: "El 20 de agosto, también sucedió en Kabul algo que excede cualquier resultado. Ese día, después de 10 años, la selección de Afganistán jugó su primer partido como local, y fue en el mismo estadio que los talibanes usaban para sus ejecuciones. Era la época en que se habían prohibido los barriletes (todo lo que estuviera cercano al cielo era ofender a Dios) siguiendo por la libertad física de las mujeres (esa imagen de los burkas tapando los rostros) y en el medio, entre otras tantas cosas, el fútbol. El torneo local estuvo suspendido 15 años y recién volvió a jugarse en 2012. Ahora se disputa la segunda edición". Cambian las sensaciones. En un país y en una región en la que el cricket es el deporte más popular, el fútbol asoma su inmensa cabeza. Y eso también es un síntoma.

La historia retrata al afgano como un seleccionado acostumbrado a perder e invariablemente ajeno a las grandes citas. El primer partido con carácter oficial se disputó recién en agosto de 1941. Y a la distancia, ese 0-0 frente a Irán tiene un carácter casi épico en términos del resultado. Los Leones -como los llaman- jamás jugaron un Mundial ni una fase final de la Copa de Asia. Su único registro en una competición de la FIFA aconteció en los Juegos Olímpicos de Londres 1948. Un partido, una derrota, una demostración: Luxemburgo lo goleó 6-0 en el debut y despedida. Hubo largas ausencias por los dolores y las cicatrices que la vida de este país cuenta. Pero, parece, ya es otro el seleccionado afgano. Poco se parece -incluso- a aquel plantel de 2004 que se terminó desmembrando por la deserción de nueve de sus integrantes en ocasión de un viaje a Italia para disputar un amistoso ante Verona. En el último ranking de la FIFA, publicado en setiembre, Afganistán alcanzó su mejor ubicación histórica: está en el puesto 132, delante de -por ejemplo- Tahití, el campeón de Oceanía y participante de la reciente Copa de las Confederaciones de Brasil. Parece un detalle poco significativo, pero resulta estrictamente un hito. Es más: Afganistán es uno de los principales candidatos a ganar el premio honorífico que la FIFA ofrece al seleccionado de mayor progreso en el año. De enero a septiembre, el equipo dirigido por Mohammad Yousef Kargar -un ex campeón nacional de esquí que fue futbolista y que ahora es el mejor técnico de la historia de este territorio- avanzó 54 lugares.

De repente, por un instante, la escena les pertenece a los olvidados. Mansur Faqiryar, quien nació muy cerca de esos disparos que se animan a celebraciones, es la principal figura de un equipo decididamente ajeno a la elite. Es arquero, ataja para el Oldenburg, de la quinta categoría de Alemania, pero en su país todos creen que es un superhéroe. El Buffon y el Casillas de Kabul. En la semifinal de la Copa Sudasiática atajó dos penales frente a Nepal. En la final, dicen que voló como si fuera el dueño del aire. Por ese motivo recibió un premio: el presidente Hamid Karzai le otorgó 20.000 dólares a modo de reconocimiento por los servicios prestados. También fue premiado como el mejor futbolista del torneo. Otro caso: Zohib Islam Amiri es un emblema del actual plantel. Juega como defensor y es quien más partidos internacionales acumula. También es un retrato: juega al fútbol en Mumbai, allí donde se filmó la película Slumdog Millonaire, de Danny Boyle. Por un momento, camino al título, Amiri se sintió Jamal Malik, el estupendo personaje construido por Dev Patel en el film. Hizo lo mismo, pero en otro terreno: respondió con la constancia de un campeón. Y como él, otros nombres tan lejanos para el Camp Nou o Wembley o el Maracaná: Sandjar Ahmadi o Hashmatullah Barakzai, quienes brindaron goles decisivos.

Queda claro: los mejores días están sucediendo ahora. También lo cuentan las calles, los parques y los restoranes. Nunca como en el último septiembre se vivió tal fervor alrededor del fútbol en la capital de este país, uno de los más pobres del mundo (ocupa el lugar 175 entre 186 en cuanto a su Indice de Desarrollo Humano, según datos de la ONU). Expresaron las agencias de noticias que el parque central Shar-e-Nau era una fiesta de colores y de entusiasmos, tras la victoria en Katmandú. Allí se transmitió el partido frente a India en pantalla gigante. Un milagro sucedió bajo ese cielo: la gente sintió que podía bailar y cantar y saltar sin que nadie prohibiera ni limitara nada. En paz. Y así lo hicieron hasta bastante después de finalizado el encuentro. En algunos puestos de alimentos y en restoranes se regaló comida. Parecía una fábula. Pero era otra cosa: un auténtico sueño de fútbol capaz de matar a cualquier guerra, al menos por un rato.

Texto publicado en Planeta Redondo, de Clarin.com


La celebración, del estadio a las calles.

domingo, febrero 09, 2014

Mushuc Runa, retrato de una construcción


Chibuleo es la historia de una reivindicación. Lo cuentan tantos alzamientos indígenas que allí nacieron y que desde allí lucharon en nombre de la restitución de tantos derechos robados. Lo retrata también la tradicional ceremonia de Inty Raymi, ese precioso rito andino en homenaje al Sol; esa ceremonia que en tiempos de los Incas era el más relevante de los cuatro festivales celebrados en el Cusco. Lo que ahora sucede en ese lugar es también otra demostración del impresionante carácter universal del fútbol: Mushuc Runa, el equipo fundado por una cooperativa indígena hace una década, jugará la próxima temporada en la máxima categoría de Ecuador. Y detrás de esta victoria deportiva hay una historia mágica de constancia y de superación.

Allí, cerca de Los Andes, en el sur de Ambato, el fútbol transformó a la comunidad en un fenómeno nacional que, con mucha naturalidad, excede lo deportivo. Es un asombro para toda la sociedad. Y hay un detalle que invita a reflexiones sobre los grandes clubes del fútbol de aquel país y de toda América. Lo cuenta la periodista Marcela Caicedo, del diario El Comercio: Mushuc Runa es -junto a Emelec e Independiente del Valle- uno de los tres equipos que no vive preso de su crisis económica. Es un ejemplo de orden, de cumplimiento de contratos, de respeto por el trabajo ajeno. Caicedo explica: "El espíritu cooperativista de este club se imprime en la vinculación de todos sus miembros en las decisiones y movimientos institucionales, aplicando los principios y raíces de esta clase de sociedades, como son la responsabilidad, la igualdad, la solidaridad, entre otros; los mismos que se han visto reflejados en la austera pero firme economía que Mushuc Runa ha manejado desde su aparición, en el 2003".

La clave de ese éxito más allá del éxito nació bastante antes de que la pelota comenzara a rodar oficialmente bajo el sol de Chibuleo. Lo señalan en su página web los fundadores de la cooperativa: "Cuando a los pueblos indígenas se les consideraba aptos sólo para la agricultura, ganadería y otras actividades relacionadas al campo, nadie pensaba que podíamos administrar una institución financiera. Cuando las instituciones financieras tradicionales calificaban a los indígenas al igual que a los sectores urbano-marginales como sujetos de crédito de alto riesgo, poco confiables y no rentables, nace la Cooperativa de Ahorro y Crédito". Ahora, aquella búsqueda surgida en 1997 es también un milagro que late de fútbol.

El nombre que eligieron aquellos 38 campesinos de Chibuleo y de sus zonas cercanas (como Pilahuin y Quisipancha, en la Provincia de Tungurahua) fue un mensaje: Mushuc Runa significa "Hombre Nuevo" en kichwa, su idioma. Cuentan que cuando lo decidieron estaban pensando en aquel concepto de Ernesto Guevara, el Che. Luego, el entusiasmo por el fútbol y el paso firme de la cooperativa le dieron lugar a este encantador equipo de los indígenas. En este territorio, donde las mujeres también juegan al fútbol y organizan campeonatos a tal efecto, el Mushuc Runa es un hermoso espejo en el que mirarse. Y reconocerse.

En días recientes, le tomaron al plantel la foto oficial. En ella, los futbolistas y el cuerpo técnico lucían como los hinchas en las calles y en las tribunas, en las terrenos agrícolas y entre las piedras: esos ponchos rojos que le valen el apodo al Mushuc Runa, Los del Poncho o El Ponchito, como algunos medios nacionales eligieron mencionarlo tras el histórico ascenso, conseguido tres fechas antes de finalizar la temporada. Allí, estaba el entrenador, el argentino César Vigevani, el mismo que en el día de la consagración se puso una camiseta con una leyenda que excedía la alegría de lo deportivo: "Orgulloso de ser indígena". También ofreció palabras entonces: "Teníamos hambre de hacer historia. Y la hicimos. Es una felicidad poderle ofrecer este ascenso a esta gente". Lucía emocionado.

La campaña del Mushuc Runa fue una suerte de fiesta a cada paso. Ganó la Primera Etapa con 17 victorias en 22 partidos, dejó atrás a instituciones habituales de la A como Olmedo (campeón ecuatoriano en 2000), Aucas y Espoli. Decayó un poco en la Segunda Parte, pero la tabla general lo llevó a la serie A tras 24 triunfos en 44 encuentros. Así fue subcampeón (detrás de Olmedo), siete puntos delante de Imbabura. Ahora van por más. Para la próxima campaña ya contrataron a tres argentinos: el arquero Sebastián Blázquez y los delanteros Federico Almerares y Maximiliano Barreiro.

El día del partido del gran salto a la A, en noviembre ante Técnico Deportivo, el presidente Luis Alfonso Chango agradeció a todos por esa campaña: desde el goleador Bryan Rodríguez hasta cada uno de los hinchas que decoraban el ambiente con globos rojos y verdes. Chango, emprendedor indígena, no sabía que el fútbol podía hacer llorar de alegría. Lo aprendió esa tarde. Desde mucho antes venía enseñando una lección: para ser vistas, algunas cosas primero tienen que ser creídas.


Texto publicado en Planeta Redondo, de Clarin.com.

domingo, enero 12, 2014

El fútbol según Mandela


Nelson Mandela está en todos lados. Late en los rincones, se hace gigantogragía al paso, se lo escucha contando búsquedas y reivindicaciones desde las grabaciones de viejos discursos que se venden en CDs en los locales del elegante Waterfront de Ciudad del Cabo. Sonríe en las fotos, mira contento. Está ahí, de alguno o de todos los modos. Una chica de ojos claros que nació en territorio europeo y luce más que guapa tiene una remera ajustada que lo cuenta: "46663 / I'm Madiba's neighbour" (soy vecino de Mandela). El líder histórico de Sudáfrica, ese país que no para de seguir naciendo, ocupaba la icónica celda 46664, con idéntico número de preso. Por eso, también sucede el merchandising al respecto. La escena pertenece al Mundial de 2010 y resulta el perfecto ejemplo de la dimensión de ese hombre. También, de su vínculo con el deporte y con su modo de entender el mundo.

A unos metros de esa escena un ferry invitaba a conocer Robben Island, la isla en la que Madiba permaneció preso durante casi tres décadas. Un arco que ya no podría cumplir con sus viejas funciones retrataba un pasado. Los presos, casi todos negros y amigos de la intención de un mundo multicolor, querían jugar el fútbol. No los dejaban en aquellos primeros años de la década del sesenta. "Al principio teníamos que jugar a escondidas, en nuestras celdas, fabricando los balones con papeles, ya que estaba prohibido. Si nos descubrían jugando nos castigaban de varias formas, como no darnos de comer", contó alguna vez Tony Suze, uno de aquellos presos.

Intervino la Cruz Roja para que aquellos oprimidos pudieran tener un rato de su deporte más deseado: el fútbol. Los dejaron jugar apenas cuarenta minutos por sábado. La pasión pudo más: desde el fondo de las restricciones, armaron una Liga. Fueron ocho equipos los que comenzaron aquel pequeño mundo que tanto excedía el maltrecho campo de juego: Manong, Rangers, Hotspurs, Dynamo, Bucks, Ditshitshidi, Gunners y Black Eagles. Mandela no jugaba en aquellos sábados, pero sí participaba en la construcción de ese espíritu colectivo que el fútbol representaba.

El periodista Miguel Lara lo escribió alguna vez en el diario Marca: "El fútbol iba más allá de los partidos. La biblioteca de la prisión comenzó a llenarse de literatura deportiva. La estrella era 'Soccer Refereeing' (El arbitraje en el fútbol), una obra de Denis Howell. La obra del político laborista británico, que escapó a una bomba del IRA en su coche y que era un enemigo abierto del racismo del gobierno de Pretoria, se convirtió en el segundo libro más leído en Robben Island por detrás de 'El Capital'. Los guardianes de la prisión no censuraban la obra de Karl Marx pensando que con ese título los presos consultaban una obra que iba a hacer entender a los comunistas que estaban equivocados". El fútbol, deporte de negros en aquella Sudáfrica de rugby blanco y exitoso, resultaba un lugar de encuentro. Los abrazos de gol eran mucho más que eso. Así contaban que ellos estaban juntos.

Dennis Brutus tampoco jugaba frecuentemente al fútbol. Pero lo escribió allí, en una de esas celdas que ahora son memoria: "Vendrá un tiempo./ Vendrá un tiempo, esto creemos,/ cuando la forma del planeta / y las divisiones de la tierra / serán de menos importancia. /Estaremos capturados en la luz de la amistad./ Una estrella roja de esperanza / iluminará nuestras vidas./ Una estrella de esperanza./ Una estrella de gran alegría./ Una estrella de libertad". El era poeta, pero sobre todas las cosas era un soñador de esas causas justas a las que Mandela convocaba. Su piel blanca y su barba blanca no condicionaban su búsqueda: él quería un mundo de todos los colores. Entró a Robben Island con la única cara posible: la de un dolor, la de una militancia. Y allí estuvo, también, aplaudiendo jugadas de las que no mucho entendía.

Allí, en ese mismo espacio de cautiverio convivieron muchos de los héroes de una idea que luego se hizo país y que con aquella impronta se transformó en el Primer Mundial de Africa. La isla había sido utilizada como colonia de leprosos entre 1836 y 1931. Pero su condición de máximo emblema de la represión aconteció en tiempos del apartheid. Entre esos prisioneros de aquellos días se enumeran Mandela, Walter Sisulu, Govan Mbeki, Robert Sobukwe y Kgalema Motlanthe. Los mismos nombres que permitieron que ahora la bandera de Sudáfrica sea más colorida que cualquier otra. Y el fútbol, aquella Liga tan periférica y tan mágica, les había mostrado también que juntos eran mejores.

La final del último Mundial ofreció una escena que lo excedió y que lo excederá. Mandela estuvo allí, antes de que España le ganara a Holanda, saludó a todos con su manito mansa, escuchó el chillido intenso de tantas vuvuzelas, miró, sonrió. Emocionarse fue la consecuencia inevitable de los presentes. Lo contaron y lo cuentan varios de los periodistas y/o comentaristas que allí sentados estuvieron: Danilo Díaz, Iván Zamorano, Federico Kotlar, Juan Lagares, Gustavo Flores... La lista podría ser interminable. Mandela había logrado algo inmenso. En aquella aparición, la última en espacio público, lucía la cara del hombre que tanto había hecho. Era el rostro preciso de una felicidad que no era solo de él sino de tantos que lo rodeaban bajo el cielo de su tierra.

Lo sabe la FIFA y lo sabe el mundo: si Sudáfrica fue la sede de la última Copa del Mundo mucho tuvo que ver Mandela, ese señor que entendió -quizá como ningún otro- que el deporte era un precioso escenario para mostrarse al mundo, para ofrecer mensajes, para comprenderse incluso más allá de colores, de ideas, de orígenes. En la misma Ciudad del Cabo desde la que se accede a Robben Island, algún ciudadano de a pie lo escribió con los retazos de un inglés aprendido a los tropiezos, en una de las calles menos favorecidas: "Para ser vistas, algunas cosas primero deben ser creídas". Madiba lo sabía desde los tiempos en los que -como castigo- le impedían ver los partidos de fútbol en la Isla de la Memoria. Pero lo que sus ojos no podían mirar; sus oídos lo escuchaban: algún preso siempre le regalaba un grito de gol.

Texto publicado en Planeta Redondo, de Clarin.com

jueves, febrero 21, 2013

Infiernos y paraísos del primer playboy

El sol resulta hostil en el verano del sur carioca. En la ensenada de Botafogo, sobre la Bahía de Guanabara, un hombre que parece exagerado invita a repasar la vida de un personaje al que alguna vez -cuando ya no estaba- lo compararon con Pelé. Era capaz de todo, decían. Y dicen. Al día siguiente de una noche con todos los excesos podía convertir goles para guardar en cada memoria. Mujeriego y alcohólico; abogado y políglota. Irreverente y pendenciero; mago y arquitecto de las mejores jugadas. Campeón sin títulos, Heleno de Freitas fue uno de los cracks más asombrosos de la historia. Adentro de la cancha, con ese repertorio colmado de maravillas. Y afuera, con sus propios infiernos que lo terminaron condenando pronto. Su vida, como su juego, fue puro frenesí. Aunque falleció hace poco más de 53 años, ahora, en las calles de Río de Janeiro, en esos rincones en los que se respiran fútbol y nostalgias, su nombre aparece como el de esas leyendas que atraviesan los tiempos. Son murmullos que se van haciendo mitología entre los que lo vieron jugar y los que escucharon que jugó.

Heleno no quería ser Heleno. Fue barrilete de su destino. Desde el comienzo. El escritor Antonio Falcao retrató alguna vez el surgimiento del futbolista con una anécdota: Prancha -un poco entrenador, un poco filósofo sin acreditación, un poco loco- se instalaba detrás de un mostrador de naranjas como si fuera un vendedor en la playa de Copacabana. Su modo de captación de jóvenes promesas era novedoso: a cada niño le lanzaba una fruta, miraba cómo la detenía y determinaba si era estrella o estrellado. "Heleno de Freitas, mineiro de 12 años, amortiguó la naranja en el muslo, la dejó caer en el pie, hizo malabarismos, la levantó a la cabeza, la trajo de vuelta al pie, pasando por un control de tacón", relata Falcao. Un crack inversosímil estaba naciendo. Lo que siguió fue el vertiginoso recorrido de un talentoso lastimado por sus propios abusos.

"Yo no soy jugador de fútbol, soy jugador del Botafogo", decía, orgulloso, aunque luego el tiempo y otras cuestiones lo llevaron de paseo por clubes diversos. Sin embargo, siempre fue patrimonio del Fogão. Casi por naturaleza. No había otro lugar en el que encajara mejor. Bohemio, encantador, atorrante. Fue un determinismo: los artistas suelen volcar su simpatía por la institución de la Estrela Solitaria. Augusto Frederico Schmidt era poeta y fue presidente a principios de los años 40. Botafogo es el representante carioca del carácter lúdico de este deporte, del fútbol más allá de los vitrinas que muestran consagraciones, del equipo como mensaje. Vinicius de Moraes lo comentó alguna vez: "En Río, la formación de la identidad pasa también por la elección del equipo. Un poeta, fiel a su infancia, elige a Botafogo".  No podía ser de otro modo: era el club de Heleno.

Fumaba muchísimo, tenía problemas con las drogas, era capaz de perderse en una noche de casino cuatro sueldos juntos. También leía mucho y frecuentaba a los intelectuales de la época. Heleno parecía vivir varias vidas en una sola. En el fútbol, despreciaba la tarea de los árbitros, de los entrenadores y de los dirigentes. Todo en uno. Todo en él. Todo a velocidad supersónica. Cuando el escritor Paulo Mendes Campos definió al Botafogo parecía estar refiriéndose al crack: "Un niño perdido en el poético dramatismo del fútbol". El periodista Armando Nogueira, que mucho sabía de Heleno y más de las palabras, contó: "El fútbol, fuente de mis angustias y alegrías, me reveló a Heleno de Freitas, la personalidad más dramática que conocí en los estadios de este mundo". Nogueira también interpretaba que el Príncipe Maldito había nacido para el Fogão: "Botafogo es bastante más que un club; es una predestinación celestial". Heleno jugó allí nueve temporadas e hizo 209 goles en 235 encuentros. Pero nunca fue campeón, más allá de su juego estelar. Cuando se fue a Boca, el equipo carioca terminó la temporada festejando. Algo parecido le sucedió en el seleccionado brasileño. Se lució, generó adhesiones múltiples (las mujeres, por ejemplo, iban a verlo exclusivamente a él), fue el máximo anotador de la Copa América en 1945, pero no ganó ni un Sudamericano.

Su historia parece un rompecabezas al que siempre le faltan piezas. Heleno es inabarcable. Eduardo Galeano lo contó en un puñado de palabras: "Tenía estampa de gitano, cara de Rodolfo Valentino y un humor de perro rabioso. En la cancha, resplandecía". Su origen era una excepción para los futbolistas de ese tiempo: procedía de una familia acaudalada y distinguida. Marcos Eduardo Neves, quien escribió una biografía sobre el futbolista, lo observa como "un jugador temperamental, guapo, millonario y elegante". Estaba casado con la hija de un diplomático y tenía un hijo, Luiz Eduardo. También le señalan mil romances extramatrimoniales. Quienes abordaron en profundidad sus tropiezos narran que, en su paso por Boca en 1948, mantenía un cercano vínculo con varias de las grandes protagonistas de la época. Tenía debilidad por rubias y famosas. Sucedió lo mismo en Colombia. Su profuso recorrido de alcobas no tenía fronteras.

En Barranquilla adoptó la condición de superhéroe. Andrés Salcedo -autor del libro El día en que el fútbol murió- lo comentó en una entrevista con el diario El Espectador: "Fue el primer gran ídolo deportivo que tuvo la ciudad. El primer futbolista al que se le perdonaron hasta los malos partidos y los excesos en su vida privada". La biografía novelada que escribió alrededor de Heleno nació de un detalle: "Llevaba mucho tiempo contándome a mí mismo esa historia, que fui enriqueciendo en mi mente a lo largo de los años. Pero la escena que dio origen a la novela siempre estuvo ahí, entre mis recuerdos de infancia: la llegada de Heleno de Freitas a mi barrio en su lujoso automóvil..." Gabriel García Márquez también lo ofreció como tema de sus columnas. Y la mítica revista Crónica lo puso en la portada de su primer número. La admiración se transformó en homenaje al partir: le dedicaron una estatua.

En el fútbol argentino jugó poco y no tan bien. Sus números: 17 partidos y 7 goles. Los diarios de esos días repetían: "No se adaptó". El periodista Federico Kotlar cuenta en esta redacción una anécdota que heredó de alguna charla familiar: Heleno jugaba invariablemente engominado y muy prolijo. Parecía ajeno al estilo luchador y barrero que caracterizaba a Boca. Entonces, en algunas ocasiones, en la Bombonera los hinchas solían gritarle: "Dale, Heleno, cabeceá que no te vas a despeinar". Para molestarlo, le decían "Gilda", como el personaje de Rita Hayworth. Era el precio que pagaba por su irascibilidad y cierta coquetería. Su paso fugaz no dejó huellas. Se fue en 1949 a Brasil, donde salió campeón con Vasco da Gama. Fue su única vuelta olímpica. Ese mismo año, partió a Colombia. Cuando regresó a Brasil, en 1950, sólo quedaban los retazos del crack. Probó sin éxito jugar en Santos. Y se retiró en América de Río de Janeiro. A esa altura, las mujeres ya no iban a verlo a los estadios. Decían que había perdido glamour y belleza.

La película Heleno, estrenada en 2011, lo muestra como el primer playboy del fútbol. "Era un vanguardista, su comportamiento era muy abierto para la época... Eso confrontaba con su alma atormentada", lo describió el director José Henrique Fonseca. Rodrigo Santoro -el actor encargado de llevar adelante el personaje- expresó, en ocasión del Festival de Cine de Cartagena del año pasado: "Gracias a la ficción, hice realidad un sueño de niño: ser futbolista, como Heleno. Me pareció una bella historia porque él es patrimonio del fútbol brasileño. Es un ícono popular del folclore de mi país. Y tuvo una importancia histórica en el deporte mundial". A Santoro la crítica lo aprobó. Antes, en los festivales de Lima y de La Habana, se había llevado el premio al mejor actor. Seis décadas después de su gloria, Heleno seguía en escena.

Había nacido en São João Nepomuceno, en 1920. Vivió como quiso y como pudo. Entre los extremos de su talento y de sus desvaríos. Atravesó, sin paz, todas las sensaciones. Se devoró la vida. Y viceversa. Quería ser el mejor de un deporte para el que estaba predestinado, pero del que despreciaba casi todo. Menos la pelota, la más fiel de sus compañías. Pagó su desmesura con intereses y recargos. Le detectaron neurosífilis en el hospital Santa Clara de Belo Horizonte. En breve, lo internaron en un manicomio de Barbacena, en Minas Gerais. La muerte lo encontró rápido. Estaba solo. A los 39 años, en noviembre de 1959, falleció. Cuentan que la enfermedad no le permitió percibir que -en el Mundial de Suecia- Brasil se había tomado revancha de aquel Maracanazo que tanto le había dolido. Ya estaba atrapado en su último infierno. Antes, con esa locura de fútbol bien jugado se había ganado el paraíso.

Texto publicado en Planeta Redondo, de Clarín.com

Cine sugerido:
El trailer del film Heleno

viernes, febrero 01, 2013

El triunfo de los olvidados


Si el inmejorable seleccionado español -dueño del ciclo más exitoso de la historia- tuviera que viajar a Cabo Verde para jugar en el Estádio da Várzea (Estadio de las tierras bajas o postergadas), Xavi, Iniesta y compañía deberían darse diferentes vacunas (entre ellas para la fiebre tifoidea y para el paludismo) por recomendación del Ministerio de Salud de España. Cabo Verde fue siempre un fantasma y un misterio en la costa oeste de Africa. También lo es ahora, en días en los que el fútbol lo hace un poco más visible a los ojos del mundo. Sucede que en Sudáfrica, el seleccionado de este país que cuenta con apenas 500.000 habitantes -menos que, por ejemplo, la ciudad de Mar del Plata- es un asombro que late en la Copa de su continente. En su primera participación de la historia, accedió a los cuartos de final tras pasar de manera invicta por el Grupo A, ganado por el equipo local, los Bafana Bafana.

Hasta este verano del Hemisferio Sur, el mayor orgullo lo había ofrecido un tal Gelson Fernandes, nacido en Praia (la capital) pero representante del seleccionado de Suiza. Se trata de una cara del fútbol de este tiempo: el de la nacionalidad oscilante. Empezó a jugar a los 18 años para el Sion, por unos pocos días no fue compañero de Carlos Tevez en el Manchester City y en 2009 fue transferido al Saint Etienne. Al finalizar su primera temporada en el fútbol francés, le llegó una posibilidad enorme: jugar un Mundial. Luego de tres años en el equipo nacional de su país adoptivo, Ottmar Hitzfeld lo incluyó en la lista para el Mundial 2010. Y lo puso entre los titulares en el debut imposible frente a España, en el Moses Mabhiba de Durban. Tenía el número 16 en la espalda y una velocidad supersónica. Era un desconocido para el gran escenario. Pero ese día, aquel 16 de junio, los medios del mundo lo mostraron por todos lados. Era lógico: había convertido el único gol del partido ante el candidato de todos. Los mismos españoles que se tendrían que vacunar para viajar a la ciudad que vio nacer a Gelson, sufrieron -por obra y culpa de ese caboverdiano astuto y audaz- su única derrota en la Copa del Mundo que luego ganarían.

Allí, donde la mayoría de sus pobladores son descendientes de esclavos, se crió Gelson Fernandes. En aquel partido fue elegido de manera unánime como la figura de la cancha. En la conferencia de prensa, le preguntaban en alemán, en portugués, en español, en inglés. Y él entendía todos los idiomas. Como un ciudadano del mundo. Pero en portugués dijo que esa victoria también era para su Cabo Verde. Se quedó sin Mundial en la primera ronda (España y el Chile de Bielsa lo superaron en la tabla de la zona). Y ahora que la cláusula de rescisión impuesta por el Sporting de Lisboa (su club desde julio de 2012) es de 25 millones de euros, él mira desde algún lugar de la capital portuguesa cómo el país para el que decidió no jugar hace historia bajo el mismo cielo que a él lo consagró. Cosas del destino: el primer gol de Cabo Verde en la historia de la Copa de Africa también fue en el Moses Mabhida, al borde de las playas de Durban. Lo hizo Luis Carlos Soares Almada. Pero nadie lo reconoce por tan largo nombre. En Praia, donde nació cuatro meses antes que Gelson, todos le dicen Platini, como al crack francés que ahora preside la UEFA.

"Cabo Verde é futebol", dice en el portugués del archipiélago un adolescente, con una pelota que le pica cerca en un informe que la FIFA presentó en días no tan lejanos en su canal oficial. Una señora cuenta que su país -joven como ella- es "de belezas"; y un hombre que vivió los días de la colonia sostiene que es "de música". A simple vista también resulta otra cosa: un pequeño mundo de colores. Recién en julio de 1975, Cabo Verde alcanzó su independencia de Portugal. Antes había padecido los rigores de los días de opresiones: durante mucho tiempo, este territorio fue el espacio preferido para la trata de esclavos. "Los (esclavos) de Cabo Verde eran muy apreciados por su resistencia y robustez, que les hacían ser muy cotizados para trabajos duros [...]. Por el contrario, los procedentes de Santo Tomé por su fragilidad y disposición a la huida no se los valoraba", retrata José Luis Cortés López en su obra "La esclavitud negra en la España peninsular del siglo XVI". Ahora, tiempos de reconstrucción, se respira otro aire. Y también se gritan goles.

No debía ser de otro modo el día consagratorio. La épica aconteció como reclaman las buenas historias de superhéroes rezagados. Para clasificarse, Cabo Verde debía vencer a Angola en la última fecha de la primera ronda. A los 32 minutos del partido, el capitán Fernando María Neves -Nando; defensor del Chateauroux, de la segunda división de Francia- convirtió un gol en contra. Parecía el final del recorrido. Feliz y valioso, a pesar de la derrota. Pero no. Había más. Los Blue Sharks (su apodo universal) o los Crioulos (su apodo local) fueron tras los pasos del primer éxito de una federación de las más nuevas, creada en 1982 y afiliada a la FIFA en 1986. Fernando Varela -portugués de nacimiento; defensor del Vaslui de Rumania- estableció el empate faltando nueve minutos. Pero no alcanzaba. El 2-2 entre Marruecos y Sudáfrica obligaba a más. El tiempo estaba cumplido. Apenas quedaba el descuento. Y Cabo Verde fue. Con lo que tenía. Con lo que le quedaba. Y encontró: en el primer minuto adicional, Héldon Augusto Almeida Ramos -nacido en Ilha do Sal; delantero del Marítimo- convirtió ese gol que, cuentan, se escuchó desde el escenario del encuentro -la Bahía Nelson Mandela, en Port Elizabeth- hasta la más pequeña de las islas del archipiélago.

Se trata de un milagro de fútbol, más allá de cómo le vaya en el partido de los cuartos de final, a disputarse el sábado. La historia del entrenador es el perfecto ejemplo al respecto. En la misma isla en la que nació el autor del gol más importante (el mencionado Héldon), Lucio Antunes trabaja como controlador aéreo del aeropuerto internacional Amílcar Cabral (el más importante de Cabo Verde; el nombre es un homenaje al líder de la independencia). Lleva allí más de dos décadas. Para poder dirigir al equipo nacional tuvo que pedir licencia. "Mi trabajo es mi trabajo; en algún momento tendré que volver", contó en una entrevista en tiempos de la etapa clasificatoria para esta Copa de Africa, en la que eliminó a un gigante continental: Camerún, con Samuel Eto'o -el futbolista mejor pago del mundo- entre sus figuras. Ahora, el desconocido Antunes es un personaje central y principal revelación de esta fase final de la competición. Fue futbolista, basquetbolista y jugador de tenis de mesa. Señalan que se destacó en todos esos deportes. Pero nunca festejó tanto como en el triunfo ante Angola. Ese grito que desde el domingo en el que sucedió se transformó en el día de la refundación del fútbol caboverdiano.

Cesária Evora no era fanática del fútbol. En 1941, cuando nació cerca del puerto de Mindelo, Cabo Verde era un territorio de postergados y de postergaciones. Ella le puso su música al desamparo. Fue premiada en muchos rincones, ganó un Grammy, el cine la convocó, recibió la Medalla de Legión de Honor entregada por el gobierno de Francia. Sus canciones se quejaron de la barbarie colonizadora y del comercio de esclavos. También les dedicó palabras a los encantos de su tierra. "Allá en el cielo tú eres una estrella / Aquí todo brilla / Allá en el mar tú eres arena / Aquí todo moja / Mirando este mundo afuera / Sólo hay rocas y mar / Pobre tierra llena de amor / Con canciones de Morna y Coladera / Tierra sabia llena de amor / Con música de Batuco y Funana / Oh, cuánta saudade / Pequeño país, yo te amo mucho". Cesária -estrella brillante, estrella querida- cantaba con los pies descalzos. Era un gesto de solidaridad para con los sin techo y los sin comida y los sin nada. Les cantó y los recibió a ellos hasta el último de sus días y de sus suspiros, en el pasado diciembre. Ella poco o nada sabía de goles y de gambetas. Pero -seguro- si Cesária hubiera estado allí, habría gritado el gol de Héldon hasta la disfonía. Es que así se celebran los triunfos de los olvidados.

Texto publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo, de Clarin.com


jueves, noviembre 29, 2012

Memorias


Al Estadio Olímpico Joao Havelange, los hinchas del Botafogo eligen llamarlo con otro nombre más breve y más simpático: Engenhão. Allí, en uno de sus accesos, Nilton Santos brilla bajo el sol del verano más reciente. Está ahí parado, dueño de la historia que cuenta su bronce. La estatua es un homenaje que se renueva cada partido: los abuelos y algunos padres que lo vieron, y los hijos y los nietos que escucharon su leyenda le ofrendan sonrisas cada vez que caminan por allí para ver al Botafogo, en cualquier cita del Brasileirão o del Carioca. "¿Enciclopedia? O maior do mundo", cuentan algunos al pasar con cierta grandilocuencia, pero sin exageración. Enciclopedia -ese apodo nacido de sus profusos conocimientos futbolísticos- es considerado por muchos el mejor lateral de todos los tiempos. Fue bicampeón Mundial (en 1958 y 1962), top 10 según IFFHS entre los mejores futbolistas brasileños de todos los tiempos, elegido como el mejor en su puesto en el Mundial de Suecia, integrante del FIFA 100. Le sobran laureles a su recorrido de crack.

El periodista Manolo Epelbaum -argentino, de larga residencia en Brasil- suele contar una anécdota que también describe al futbolista y su contexto: "En aquel tiempo a Brasil lo dirigía Vicente Feola, el mismo que tres años después del Mundial del 58 dirigió a Boca. En un partido contra Austria en plena Copa del Mundo, otra vez, Nilton Santos se iba al ataque. Y el gordo le gritaba 'volvéééé, volvéééé'. Pero Nilton Santos siguió yendo y la pasó y siguió y fue gol. Al volver, Feola le dijo lo único que podía decirle: 'Buena, buena'". Desde su debut en el Fogão hasta su retiro con la misma camiseta y en todo su recorrido por el seleccionado verdeamarelo fue el mismo: un futbolista capaz de refundar una función, de convertirse en paradigma.

La propia FIFA, que lo ubica en su Salón de la Fama, lo retrata desde aquella jugada icónica: "Resulta difícil contextualizar con precisión lo que significó aquella jugada que hoy parece tan trivial. Habían transcurrido cuatro minutos del segundo tiempo, y Brasil iba ganando 1-0 a Austria en su estreno en la Copa Mundial de 1958. Fue entonces cuando el lateral izquierdo Nilton Santos recuperó un balón en defensa y avanzó. Llegó al mediocampo y se lo pasó a José Altafini. Entonces, ocurrió: en lugar de regresar a su puesto en la retaguardia tras haber asistido al atacante, continuó avanzando, y pidiendo la pelota. Hasta que la recibió y marcó, de un disparo preciso, el segundo tanto de la victoria por 3-0 de los suyos". Aquella aparición osada resultó bastante más que un gol para un triunfo amplio: fue un hito en la estupenda vida de los laterales brasileños. Fue una celebración que luego heredaron tantos otros, como Junior o Roberto Carlos, por la izquierda; o como Cafú o Dani Alves, por la derecha. En definitiva, representa también un modo de entender el fútbol. Ahora lo sabe todo Brasil: la final del Mundial de 1950 se comenzó a perder con la decisión del técnico Flavio Costa de dejarlo a Nilton Santos fuera de los titulares. Por allí, por la punta que cubría Bigode, el memorable Alcides Ghiggia se ganó para siempre el pedestal de la historia de La Celeste.

Hijo de un pescador y de una portera de escuela, Nilton Santos abrazó desde los días de la niñez su deseo de ser futbolista. Tenía condiciones. Le gustaba jugar de delantero. A los 19 años, entró en la Aeronáutica y pronto lo advirtieron todos: ese flaquito ágil había nacido para jugar con una pelota. Fue a probarse al Fluminense, también de la Cidade Maravilhosa, su ciudad. Le dijeron que no. La tristeza no lo venció. Un tal Bento Ribeiro -tío del coronel que lo tenía a cargo- lo llevó a Botafogo. Lo que continuó fue un idilio: su talento al servicio de la Estrela Solitaria que lo cobijó para siempre.

El club en el que jugó toda su vida fue una suerte de determinismo en su recorrido profesional: los artistas suelen volcar su simpatía hacia el equipo del barrio Botafogo. Augusto Frederico Schmidt era poeta y fue presidente a principio de los años 40, en tiempos de la fusión entre Botafogo Football Club (nacido en 1904) y el Clube de Regatas Botafogo (fundado en 1894 y de gran protagonismo en los deportes náuticos). El escritor Paulo Mendes Campos lo definió en alguna ocasión: "Botafogo es un niño de la calle perdido en el poético dramatismo del fútbol". Estaba escrito en algún lado. Como aquel entrenamiento de 1953 en el que padeció a un rival mucho más que en cualquiera de los 729 partidos oficiales que jugó para el Alvinegro. Se llamaba Garrincha y antes de jugar parecía más un mendigo que un crack de todos los tiempos. También había nacido para jugar en el Fogão. Lo primero que hizo Nilton Santos fue pedirles a los dirigentes que lo contrataran. Aquella práctica fue la más importante en la historia del club: al costado de la amistad inquebrantable entre el lateral izquierdo y el wing derecho también nacía el máximo ídolo de larga vida del club carioca.

Armando Nogueira -destacado periodista y escritor- alguna vez le dedicó un poema que decía mucho en un puñado de palabras: "Tu, em campo, / parecias tantos, / E, no entanto, / que encanto! / Eras um só; / Nílton Santos." (Tú, en el campo / parecías tantos / Y, aún / qué encanto ! / Eras uno solo / Nilton Santos). Generaba y genera ese tipo de adhesiones. En estos días bravos, de enfermedad e internación en una clínica del sur de Río de Janeiro, su amigo Damásio Desidério hizo lo que hacen los amigos: puso a la venta esas reliquias que se guardan para siempre en nombre de donar lo obtenido, para ofrecer al mejor lateral de la historia una mejor calidad de vida. En 2002, Nilton Santos le había regalado botines, premios, pantalones y hasta las dos camisetas que utilizó en sus dos finales del mundo. El inmenso gesto de gratitud tenía un sentido: Damásio, director de una escola de samba, lo había hecho emocionar con un homenaje que le preparó entonces.

El relator Waldir Amaral sabía lo que decía cuando, entusiasmado, decidió ponerle Enciclopedia como apodo a Nilton Santos. La memoria del crack y sus conocimientos en cuanto a cuestiones futbolísticas hicieron no sólo que estuviera justificado sino que todos comenzaran a llamarlo de tal modo. Tenía una espacialidad: Garrincha. Conocía detalles y anécdotas memorables del crack de los pies torcidos. Y las contaba del mejor de los modos: con gracia y con sensibilidad. Pero desde hace cinco años el avance del Mal de Alzheimer fue deteriorando su memoria lúcida. Sin embargo, su esposa María Célia contó no hace mucho que un instante mágico sucede frecuentemente. Cuando algún viejo amigo o admirador le cuenta en voz baja y al oído alguna historia de sus tiempos del Botafogo, Nilton Santos sonríe. Nadie le pregunta por qué. Todos saben de qué se trata. En ese momento breve, en ese suspiro, aquel crack vuelve a ser Enciclopedia.

Texto publicado por el autor del Blog, en Planeta Redondo, de Clarin.com

sábado, julio 07, 2012

El wing que Auscwitz mató


El ministro del Interior de Alemania, Otto Schily, tenía la cara seria. La circunstancia obligaba: Alemania, a un año del Mundial de 2006, ofrecía al mundo una confesión histórica a través del libro "El fútbol bajo la esvástica", una investigación a cargo del historiador Nils Havemann. El trabajo -consecuencia de la consulta de muchísimos documentos de unos cincuenta archivos de diversos países del mundo- ponía algunas verdades al desnudo de los tiempos oscuros de Adolf Hitler en el poder. En el recorrido de la obra, se demostró -por ejemplo- que el Bayern Munich permaneció alejado del nazismo a partir de que su entonces presidente, Kurt Landauer, tuviera que exiliarse en Suiza por su condición de judío. También se comprobó que el mítico entrenador del seleccionado alemán campeón de la Copa del Mundo de 1954, Sepp Herberger, había tenido vínculos con Hitler y con el partido nacionalsocialista. Lo dijo Schily en esa ocasión: "No existe en la historia alemana ninguna violación más vergonzosa de las reglas del deporte y de la humanidad como la sucedida en ese período". En esa presentación, surgió un nombre y con él, recuerdos de los días más crueles: Julius Hirsch, el wing que Auschwitz mató.

Hirsch fue un crack de su tiempo, cuando el fútbol alemán comenzaba a asomar. Lo retrata el periodista Francisco Ortí, de El Enganche: "El filósofo alemán Theodor Adorno apuntó que 'escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie'. Julius Hirsch la escribió antes de Auschwitz y lo hizo con sus habilidosos pies. Nacido en Achern en 1892, a los diez años ya se decantó por el fútbol, pasando a formar parte de la cantera del club que amaba, el Karlsruher FV, un equipo que por aquella época luchaba por la hegemonía del sur de Alemania. Flacucho y débil, pero con una velocidad endiablada y una técnica exquisita, Hirsch no tardó en llamar la atención del primer equipo. A los 17 años, el entrenador William Townley le alineó como titular contra el Freiburg para cubrir la baja del extremo izquierdo titular. Hirsch le enamoró".

Fue parte de un Karlsruher que fue uno de los equipos dominantes de los primeros años del Siglo XX. Los que lo vieron y los que contaron luego su leyenda señalaban que se trataba de un wing que parecía capaz de todo. Aquellos días los describió el blog "Historias de una pasión": "Los éxitos del Karlsruher no pasaron desapercibidos para la selección nacional que convocó a su famoso tridente formado por Hirsch, Fochs y Fürderer. Conocidos como 'El Trío Tormenta', eran considerados piezas fundamentales de la Mannschaft de 1911 a 1913. Uno de los partidos más recordados fue en Zwolle (Holanda), contra la selección local, que finalizó con empate a cinco. Se dice que fue el mejor encuentro anterior a la Primera Guerra Mundial".

Tenía todo para destacarse dentro de los campos de juego. Pero debió afrontar el primer horror de su vida: la guerra. Durante cuatro años sirvió a su país como soldado. También se destacó en los campos de batalla y por eso recibió diversas condecoraciones. Quiso volver al fútbol, quiso seguir asombrando ahí cerquita de la raya, con su astucia. Pero ya no era el mismo. Lógica pura: el conflicto bélico le había quitado magia y esplendor. Insistió, de todos modos. No sólo era hábil; también era tozudo.

Los tiempos del régimen fueron un dolor para él. Y también el trauma de una persecución. Juller -como le decían en confianza- contó su indignación, su inquietud y sus temores en una carta a la conducción del Karlsruher: "He leído en el Sportbericht de Stuttgart que los judíos deben ser despedidos de los clubes, entre ellos del KFV. El amor que le tenía a este equipo al que he pertenecido desde 1902 ha desaparecido radicalmente. Quería que quedara claro el daño que nos está haciendo la nación alemana a un conjunto de personas decentes que hemos demostrado nuestro cariño a este país, incluso dando nuestra sangre por él".

No pudo escapar de las garras del III Reich. Lo cuenta el sitio La Redó, en una suerte de homenaje a Hirsch: "La situación en Alemania se complicó para Hirsch y su familia. Intentaba exiliarse sin fortuna y en 1943 la Gestapo lo encontró y lo envió a Auschwitz. Allí, nadie supo más de él; pero luego apareció en uno de los listados con los miles y miles de asesinados de ese campo. Aquel muchachito esmirriado, lleno de talento, judío y alemán, había dejado todo por la selección de su país". A su muerte le pusieron día específico y oficial: 8 de mayo de 1945.

En 2005, la Federación Alemana de Fútbol fundó el Premio Julius Hirsch. El galardón -homologado por la FIFA- pretende animar a las asociaciones miembros y a los clubes (jugadores, entrenadores, dirigentes, hinchas) a luchar contra la discriminación y la marginación en los campos de juego, en los estadios y, por añadidura, en la sociedad. La primera edición fue para el Bayern Munich -el club más exitoso de la Bundesliga- a consecuencia de la organización del Partido de la Paz entre su equipo Sub 17 y un combinado compuesto por jóvenes israelíes y palestinos. Al año siguiente hubo dos premiados: el Proyecto Dortmund -impulsado por los hinchas del Borussia- y el emprendimiento "El balón rueda igual para todos". En ambos casos se destacó el respeto por la diversidad. En el último octubre, el reconocimiento fue para Thomas Hitzlsperger, mediocampista del Wolfsburgo. El futbolista dijo entonces: "Es un orgullo más grande que cualquier otro en mi carrera". Por ahí andaba, en las palabras de Hitzlsperger, la memoria de Hirsch.

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martes, diciembre 06, 2011

Adiós querido Doctor


De repente, un domingo se hace velorio de una ciudad, de un país, de un deporte. La noticia sucede y se hace un golpe en la cabeza de los que lo quieren, de los que lo abrazaron, de los tantos y tantos que lo vieron jugar por los rincones del mundo: Sócrates -el Doctor, el crack que defendía como pocos el carácter lúdico del fútbol y el militante de las causas de los postergados- dejó de existir bajo el cielo de ese país al que representó y adoró, Brasil. El homenaje sucedió en simultáneo con la despedida: en cada estadio donde el Brasileirao se estaba disputando hubo un minuto de silencio y aplausos reverenciales; en Ribeirao Preto -a 280 kilómetros de San Pablo- los más cercanos y muchos admiradores lloraban su adiós y recordaron a sus modos su recorrido épico y su compromiso más allá del verde césped. En Florencia, esa ciudad que también lo tuvo como orgullo y como elegante mediocampista, sucedió lo mismo. También allí, en el estadio Artemio Franchi, una bandera de la Curva Fiesole sostenía: "Il Dottore vola in cielo a fare un tacco da Dio" (El Doctor vuela al cielo para hacerle un taco a Dios").

En el cementerio Bom Pastor, había caras de todos los orígenes: amigos del futbolista destacado, chicos de favela, compañeros universitarios de su carrera de médico, vecinos respetuosos, fanáticos en silencio inevitable, familiares cercanos y no tanto. "Todo el mundo sabe la importancia de Sócrates para el fútbol y para el país", dijo Raí -su hermano, figura del San Pablo en días felices- y recordó la condición de luchador inquebrantable contra la dictadura sucedida en Brasil. Habló de aquellos tiempos de militancia de un Sócrates que se animaba a protestar y a decir en los días bravos en los que el poder del gobierno de facto dictaba normas y obligaba a silencios. Cerca de Raí estaba Walter Casagrande, ex delantero del Corinthians y del seleccionado canarinho, actual comentarista de la TV Globo. Lucía roto. Dijo cuatro palabras entre sollozos: "Se fue mi superhéroe". Ese mediocampista que parecía capaz de todo generaba ese tipo de adhesiones y de sensaciones.

Lo escribió Ronaldo, otro crack de la misma tierra, en su cuenta de Twitter, apenas enterado de la noticia: "O dia começou triste. Descanse em paz Dr. Sócrates..." ("El dìa comenzó triste. Descanse en paz, Dr. Sócrates..."). El resto del dolor lo dijo callando. La presidenta Dilma Roussef le puso palabras al lamento de todos: "Brasil ha perdido a uno de sus hijos más queridos: el doctor Sócrates". En su comunicado oficial destacó la "genialidad en el campo de juego y el compromiso político y su preocupación con el pueblo de nuestro país". Lula da Silva -el inmenso líder latinoamericano, el hincha del Corinthians- expresó sobre el hombre que se fue de este mundo después de 57 años: "Se va un ejemplo de ciudadanía, inteligencia y conciencia política. Se va también un amigo". Y agregó: "Su contribución al Corinthians, al fútbol y a la sociedad brasileña jamás será olvidada. Por todo eso, Gracias Doctor".

El estadio Pacaembú, el último domingo, vivió una jornada atravesada por todas las sensaciones: el vacío, el llanto, la gratitud, el festejo contradictorio, el clásico, el respeto, el dolor, la fiesta inevitablemente dosificada. Corinthians necesitaba -y consiguió- apenas un empate en el clásico frente a Palmeiras para consagrarse en el Brasileirao por primera vez desde 2005, en aquellos tiempos de Carlitos Tevez ídolo del Timao. En las tribunas, el adiós a Sócrates había modificado el escenario de la inminencia de otra vuelta olímpica. Las banderas contaban de qué se trataba la jornada: "Obrigado Doutor" ("Gracias Doctor") decían por cada costado del estadio. El crack que tanto habían querido y que tan grande los había hecho ya no estaba. Hubo silencio y aplauso unánime para evocarlo.

Escribió Diana Renée, de la agencia DPA, en una necrológica que tituló con unas pocas palabras que cuentan a Sócrates ("Un intelectual y artista del fútbol"): "Fue durante dos décadas uno de los símbolos de una de las eras doradas de la selección brasileña, cuyo estilo alegre y ofensivo encantó el planeta, especialmente en el Mundial de España 1982. El fracaso en el intento de la 'verdeamarela' de conquistar el título en España -que se repitió en México 1986- no borró el encantamiento dejado por el equipo dirigido por Telé Santana y comandado por estrellas como Zico, Paulo Roberto Falcao y por el mismo Sócrates, que está hasta hoy considerado como uno de los mejores que ha formado Brasil en su historia". Tales Azzoni, en Terra, escribió en la despedida: "Dentro y fuera de la cancha, el ex astro brasileño de fútbol Sócrates se destacó sobre el resto. Su elegante estilo de juego y su profunda participación política le hicieron una figura única en el fútbol de Brasil, en su tiempo de jugador e incluso en la actualidad. Dejó su huella como capitán de la selección de Brasil en la Copa del Mundo de 1982, considerada por muchos como el mejor equipo que no haya ganado el certamen. Era sabida su afición a la bebida, que él reconoció públicamente y que le causó los problemas de salud que eventualmente llevaron a su fallecimiento".

Antonio Falcao brindó la armonía de sus palabras para contarlo: "Fue la antítesis del buen atleta: estaba en contra de los entrenamientos individuales o colectivos y de la abstinencia -sobre todo del sexo, alcohol, tabaco, juerga nocturna y guitarra (que tocaba). Hasta su nombre se escapaba de lo convencional: Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira. Estudió medicina mientras jugaba, se expuso en la política y vio el binomio directivo-jugador desde la óptica de las relaciones laborales. Se entregó a la ciudadanía con ahínco, siendo intransigentemente solidario con los compañeros de profesión. Para emplear el término típico de la inútil y necia dictadura militar brasileña, Sócrates era subversivo. Aunque, desde el punto de vista estrictamente democrático, un cordial y saludable subversivo, de gran utilidad a la humanidad".

Siempre estuvo orgulloso de su mirada del mundo, de sus mensajes, esos que en tiempos de futbolista se animaba a ofrecerlos desde una vincha que se convirtió en su marca registrada. En los 80, por ejemplo, este admirador del Che Guevara fue partícipe e ideólogo de una búsqueda que asombró a su país y a su deporte: el Movimiento Democrático Corinthians, que hizo que el club paulista llevara a cabo elecciones democráticas internas. Un símbolo inequívoco del rechazo a la dictadura, que ya comenzaba a retirarse tras dos décadas en el poder. Se manifestaba de izquierda. Y de su admiración por Fidel Castro surgió el nombre de uno de sus hijos. Sobre eso, Sócrates contó alguna vez, en una entrevista para la BBC, la siguiente anécdota: "Cuando le puse a uno de mis hijos Fidel, mi madre me dijo: 'Es un nombre un poco fuerte para un niño'. Y le respondí: 'Madre, mira lo que me hiciste a mí'". Cuentan que también se podría haber llamado John, por Lennon, otro de sus personajes más apreciados.

Sus compañeros lo elegían como líder, naturalmente. Los rivales se paseaban cerca de él entre el respeto y la admiración. El diario El País, de España, consultó a varios de los que lo tuvieron enfrente. Contó Andoni Zubizarreta, arquero de España, quien lo enfrentó en el Mundial de México 1986: "Le recuerdo escuchando los himnos antes del partido con aquella cinta en el pelo que recordaba a los más desfavorecidos. Era en el estadio Jalisco justo antes de mi primer partido en un Mundial y para mí era el recuerdo del mágico Brasil que cayó contra Italia en España 82. Era el fútbol poderoso y elegante de un jugador que reunía la potencia del fútbol alemán y la sutileza del mejor brasileño. Siento que se nos ha ido un romántico del fútbol... un grande del balompié". Dino Zoff, arquero campeón del mundo con Italia a los 40 años, recalcó: "A mí me marcó un gol en el Mundial del 82... por el que recibí criticas. Sócrates era el clásico jugador que cuando chutaba metía el balón donde nunca te lo esperabas. Era una persona de bien y un jugador inteligente y con gran clase".

Su esposa Katia Bagnarelli no estuvo en el velatorio en Bom Pastor. Estaba empezando a cumplir el deseo del hombre al que acompañó hasta el último de sus minutos: Sócrates pidió que en su despedida hubiera una fiesta. Según señala el diario Folha de Sao Paulo habrá una celebración a pedido del crack que desde ahora será mito y añoranza. Allí estarán, entre muchos de sus amigos más íntimos, los músicos Raimundo Fagner y Zeca Baleiro. El primero cantará una de sus canciones más conocidas, Sorriso novo (Sonrisa nueva): "Não se pode prender uma asa de luz / Que brilha junto a toda segredo que há / E sempre viverá / Mesmo em quem não entenda / Que aquilo que viveu não se retocará" ("No se puede encender un haz de luz / Que brilla sobre todos los secretos que hay / Y que siempre vivirá / Incluso en aquellos que no entienden / que lo que se vivió no se modificará"). Esa letra nació en 1982, en aquel tiempo en el que todos querían jugar como Sócrates. Y ahora sonará de nuevo. Para siempre.



Más:
Otros detalles, en Planeta Redondo, de Clarín.

domingo, septiembre 04, 2011

El equipo de los fusilados


Esos disparos fueron los últimos sonidos que escucharon. No hacía falta que nadie les explicara nada. Ellos -futbolistas, hombres sufridos en días de guerra- sabían por qué los mataban. Habían tenido una osadía grande: ganarle al equipo que no debía perder. En la Ucrania invadida por la Wehrmacht -las fuerzas armadas de la Alemania nazi-, los jugadores del FC Start (conformado por mayoría de futbolistas del Dinamo de Kiev) habían vencido a esos rivales que -bajo el ala protectora de Hitler- sólo conocían los encantos de las victorias fáciles.

Eduardo Galeano, desde la Vecina Orilla, los evocó: "También para los nazis, el fútbol era una cuestión de Estado. Un monumento recuerda, en Ucrania, a los jugadores del Dínamo de Kiev de 1942. En plena ocupación alemana, ellos cometieron la locura de derrotar a una selección de Hitler en el estadio local. Les habían advertido:

-Si ganan mueren.

Entraron resignados a perder, temblando de miedo y de hambre, pero no pudieron aguantarse las ganas de ser dignos".

El lugar de nacimiento de este equipo sin olvido, orgullo de su tierra y del deporte, fue una panadería. Allí se juntaban muchas personas para conseguir un trabajo que no había. Josef (o Iosif, según el idioma) Kordik, el dueño del local, era fanático del Dínamo y del fútbol. El origen alemán le había salvado la vida y el trabajo. Allí, en ese espacio que era un refugio entre bombas y hostilidades, Nikolai Trusevich -ex arquero del Dinamo- trabajaba a escondidas a cambio de cama y de comida. Josef fue el primer audaz: le propuso armar un equipo de fútbol. Nikolai le sumó su cuerpo enorme y su entusiasmo gigante: se puso a reclutar antiguos compañeros. Era el principio del Football Club Start.

El hambre no los hizo débiles. Allí estaban ellos para demostrarse y demostrar que juntos podían afrontar las adversidades más crueles. Además del arquero, había otros siete jugadores del Dínamo en el grupo: Mikhail Putistin, Ivan Kuzmenko, Makar Goncharenko, Mikhail Svyridovskiy, Fedir Tyutchev, Mykola Korotkykh y Oleksiy Klimenko. A ellos se sumaron tres integrantes del Lokomotiv Kiev: Vladimir Balakin, Mikhail Melnyk y Vasil Sukharev. Entre junio y julio de 1942 se mostraron como un equipo imbatible: vencieron a equipos de distintas reparticiones militares; los golearon y se lucieron. Fueron seis triunfos, con cuarenta goles a favor.

Ya en agosto, el día 6, derrotaron por 5-3 al Flakelf, el equipo de la Fuerza Aérea de Alemania. Era una afrenta para los representantes del Tercer Reich. Enseguida los vencidos pidieron revancha y determinaron quién iba a ser el árbitro. No podía ser de otro modo: el elegido era un integrante de las SS. El desarrollo del partido, disputado en el estadio Zenit, fue similar a como lo mostró la película "Evasión o victoria" (en la Argentina, "Escape a la victoria"), inspirada en este partido. Patadas permitidas para el equipo alemán, un gol con el arquero lesionado, infracciones de todo tipo, empujones, amenazas. A pesar de todo eso, el primer tiempo finalizó 2-1 para el equipo de la panadería de Kiev.

Lo que pasó en el entretiempo, considerando el desenlace, resulta previsible de imaginar: a los jugadores del equipo del barrendero Trusevich les explicaron que no debían ganar. El precio de la victoria era el más caro: la vida. Pero ellos -deportistas desde el alma- aceptaron pagarlo. Fueron mejores durante todo el segundo tiempo. Ya con el resultado 5-3, los ucranianos seguían brillando. Demostraban toda su superioridad en el campo de juego. Lastimaban el orgullo nazi, como aquellos peruanos de los Juegos Olímpicos de 1936, en la victoria ante Austria. Ellos -los refugiados del panadero Josef- ya sabían que ese atrevimiento traería consecuencias.

Lo que pasó después fue una tragedia en medio de la tragedia. Tras el partido, los dejaron festejar a los ucranianos. Pero averiguaron dónde se refugiaban. Y los obligaron a volver a jugar. Lo que pasó lo recordó el periodista Santiago Siguero, en el diario Marca, al cumplirse esta semana 69 años de aquel encuentro: "Esa segunda derrota fue demasiado para los alemanes, que prepararon la venganza en frío. Una semana después, el 16 de agosto, el Start volvió a ser obligado a jugar ante el Rukh (8-0). Tras el partido, la Gestapo arrestó a varios jugadores, oficialmente por pertenecer a la NKVD, el órgano represor de Joseph Stalin. En realidad, uno de ellos, Korotkykh, ya había sido detenido antes del partido del 6 de agosto y murió unas semanas después, tras ser torturado. El resto fueron enviados al campo de trabajo de Sirets, donde Klymenko, el portero Trusevich e Ivan Kuzmenko fueron ejecutados en febrero de 1943". La leyenda cuenta que Trusevich murió con el buzo de arquero puesto...

El escritor mexicano Juan Villoro, impecable hombre de las palabras y un preciso observador del fenómeno del fútbol, puso aquel hecho en su lugar. Lo describió así: "La historia del fútbol mundial incluye miles de episodios emotivos y conmovedores, pero seguramente ninguno sea tan terrible como el que protagonizaron los jugadores del Dinamo de Kiev en los años cuarenta. (...) En la muerte dieron una lección de coraje, de vida y honor, que no encuentra, por su dramatismo, otro caso similar en el mundo".

Los homenajes brotaron con el tiempo: se filmaron películas y documentales, se escribieron libros y cuentos, se erigieron monumentos, se alimentó con adjetivos la épica de aquel grupo de futbolistas. Pero hubo y hay un modo de evocarlos que es pasado, presente y futuro: los poseedores de una entrada de aquel partido de la muerte tienen derecho perpetuo a un asiento gratis cuando juegue el Dinamo. Esos ojos que todavía miran son, tal vez, el mejor tributo a ese equipo víctima del horror.

Texto publicado por el autor del Blog, en Planeta Redondo.

Cine:

El trailer de Escape a la victoria (Victory), la película inspirada en aquel partido de la muerte, sucedido durante la Segunda Guerra Mundial.

Más:
Los detalles de la película, en IMDB.

viernes, julio 15, 2011

El arquero de las manos rotas


De Nicolae Ceaucescu se contaron y se cuentan las peores cosas. Fue la máxima autoridad rumana entre 1965 y 1989 y condujo al país con el rigor de los peores dictadores. Retrató en su tiempo el diario El País, de Madrid, sobre el final de sus días: "Ceaucescu y su mujer gobernaron el país durante 24 años con mano de hierro, con un culto a la personalidad de ambos insólito en Europa y una represión de monstruosas proporciones". El matrimonio fue ejecutado en 1989 tras una sentencia condenatoria por delitos de genocidio, demolición del Estado y acciones armadas contra el pueblo, destrucción de bienes materiales y espirituales y de la economía nacional y fuga de US$ 1.000 millones hacia bancos extranjeros.

Eran tiempos difíciles en Rumania. Y el fútbol servía de retrato de la interna del poder y de maquillaje público para ocultar la verdadera cara del país. El enfrentamiento entre el Ministerio de Defensa y el Ministerio de Asuntos Internos se veía a partir del Marele Derby (El Gran Clásico) entre el Steaua y el Dinamo, ambos de Bucarest. Esta situación tuvo sus mayores expresiones en la década del 80. Entre 1981 y 1984 dominó el Dinamo; desde entonces hasta la caída de Ceaucescu fue el tiempo del equipo del ejército, Steaua.

Dentro de ese contexto hay un personaje emblemático: Hemult Ducadam, arquero del Steaua que en 1986 se convirtió en el primer equipo de Europa del Este en ganar la Copa de Campeones. El escritor húngaro Gyorgy Dragoman se inspiró en aquellos tiempos para el relato de su novela El Rey Blanco. Al momento de la presentación del libro, consultado por el diario La Vanguardia, evocó al arquero de lo imposible: "Ducadam detuvo nada menos que cuatro penales en la final de la Copa de Europa del 86. Era un héroe nacional. Pero, tras aquella final, desapareció del mapa. Corrían muchas leyendas urbanas sobre él. Yo, como muchos, creía que estaba muerto. Se decía que el dictador o su hijo le habían torturado, celosos de su popularidad o porque no les quiso dar un Mercedes que le habría regalado el presidente del Real Madrid. Sin embargo, como si no hubiera pasado nada, un día, en el 2002, puse la tele y lo vi hablando, en una entrevista".

En aquella ocasión, Ducadam relató una historia tremendamente real y curiosamente inverosímil: Steaua tuvo que jugar y entrenarse en Rumania tras el accidente nuclear de Chernobyl, en 1986, poco antes de la final frente al Barcelona, en Sevilla. La recomendación para los arqueros era terrible: "No toquen mucho la pelota porque puede tener partículas radiactivas en su contacto con el césped". Dragomán explicó sobre ese detalle: "La idea de un portero de fútbol que tuviera que huir del balón me pareció de un absurdo total, hasta tal punto que sólo un niño podría contarla sin parecer un bromista". Por eso, un niño es el protagonista de su novela.


La final de Sevilla, disputada en mayo de 1986, lo catapultó a Ducadam a la condición de figura y luego, a la de mito. Hijo de padres alemanes y nacido en Selinac, residencia de muchos rumanos de raza germánica, el inmenso arquero contó el día de la consagración: "Yo creo que hay otros porteros mejores. A mí me gustan Schumacher y Arconada, aunque siempre admiré a Gordon Banks. Además, para mí el mejor equipo europeo es el Dinamo de Kiev". Su modestia no lo salvó de las garras del régimen.

Tras transformarse en el Héroe de Sevilla al detener los remates de Alexanco, Pedraza, Pichi Alonso y Marcos, Ducadam sufrió una grave lesión que luego le impediría jugar la final Intercontinental contra River, en Japón. La versión oficial indicó una trombosis en el brazo. Pero el fantasma de la sospecha siempre abordó esta historia. Es curioso: ni el propio protagonista lo confirmó jamás. Pero en Bucarest casi nadie duda: a Ducadam le rompieron las manos con las que había hecho campeón al Steaua.

La leyenda urbana señala que había un hombre muy feliz por la derrota del equipo catalán: Ramón Mendoza, presidente del Real Madrid. Era lógico: Barcelona seguía sin poder ser el Rey de Europa. Cuentan que su alegría la hizo premio: le regaló a Ducadam un Mercedez Benz, una tentación de casi imposible acceso en el régimen de Ceaucescu. Nicu -hijo del presidente del país y mandamás del Steaua- reclamó el auto para él. No hubo caso, Ducadam no cedió. La creencia indica que le rompieron los diez dedos. Lo cierto es que recién volvió a atajar tres años más tarde, pero en un equipo menor, el Vagonul Arad.

Aunque nadie lo confirmó, la versión no parece una locura. Sobre todo, considerando que todo tipo de caprichos de los Ceacescu eran concedidos entonces. También en el ámbito del fútbol. El mejor ejemplo lo exhibió la final de la Copa de Rumania en 1988: hasta los 43 minutos del segundo tiempo el partido estaba igualado en uno. Entonces, el Steaua le convirtió un gol al Dinamo que el árbitro, correctamente, anuló por una posición adelantada. Ante lo que consideraban un despojo, los dirigentes retiraron al equipo de la cancha. Esa misma noche, una orden del Ministerio de Defensa prohibió a los medios publicar la crónica de ese encuentro. La resolución obligaba a esperar la decisión final de la Federación. Dos días después, el fallo era inequívoco: "El campeón es Steaua". A esa altura, el arquero de las manos rotas trataba de recuperarse lejos de esa final, entre olvidos.

Publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo. El texto inspiró el tema "El héroe de Sevilla" del grupo Viejo Smoking. Mañana (16/7), la banda presentará con un recital su segundo disco.

sábado, febrero 05, 2011

Cuando Perú humilló a Hitler

El seleccionado peruano que asombró a todos en los Juegos Olímpicos de 1936, en Berlín, ante la mirada del Führer.

Eduardo Galeano -escritor uruguayo, mago de las palabras- se asombró al enterarse de aquella historia. Eran días en los que estaba escribiendo su estupendo libro "Espejos, una historia casi universal". No lo dudó: ese episodio debía ser incluido allí, entre esos textos en los que hablan los que no tienen voz, en los que los callados gritan su verdad mentida por la versión oficial.

Lo retrató así en una entrevista concedida en Uruguay, mientras La Celeste conmovía en el Mundial de Sudáfrica y en su casa de Montevideo un cartelito colgado en la puerta decía "cerrado por fútbol": “Hitler estaba frente al palco, en el sitial de privilegio del estadio en el partido entre Perú y Austria. Perú ganó 4-2 a pesar de que el árbitro, para quitarle disgustos al Führer, anuló tres goles peruanos. Los dirigentes de la época, la FIFA y el Comité Olímpico, se reunieron esa misma noche y anularon el partido. La delegación peruana, ejemplo de dignidad, se retiró de la competencia”. Entonces, también recordó que a aquel equipo sin olvido le decían "El Rodillo Negro", por su condición arrolladora y por el color de la piel de varios de sus integrantes.

El recuerdo de aquel partido en la voz y en las palabras del escritor uruguayo generó un entusiasmo enorme en Perú. Y también cierta polémica. Sucede que en el año 2000, una investigación llevada a cabo por el periodista Luis Carlos Arias Schreiber para la revista Don Balón Perú, señala que el partido fue anulado por la invasión de aficionados peruanos al campo de juego, que estos agredieron a jugadores austríacos y que, para colmo, los dirigentes peruanos llegaron tarde a la reunión a la cual fueron citados para ofrecer su descargo. En definitiva, lo mismo que la FIFA y el Comité Olímpico habían señalado en su momento, allá por 1936, cuando Hitler soñaba un imperio ario y esas dos entidades le dieron la posibilidad de organizar los Juegos Olímpicos. También en 2008, con la misma versión, se publicó el libro "Ese gol existe", editado por Aldo Panfichi y con el sello del Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Aquel capítulo deportivo que habita en la memoria popular del Perú se disputó en el estadio Hertha, de Berlín, el 8 de agosto de 1936. Los sudamericanos se ganaron un lugar en las semifinales al imponerse por 4-2, luego de un arduo recorrido y tras remontar un 0-2 al cabo del primer tiempo. Pero hubo un reclamo austríaco. Decían ellos que habían sido agredidos por hinchas peruanos que habían invadido el terreno de juego. El detalle, más allá de versión oficial de la FIFA, parece curioso dentro de aquel contexto: en los días de Hitler (nacido en Braunau Am Inn, en tiempos del Imperio Austrohúngaro) aquella osadía de los simpatizantes peruanos se parecía demasiado a un imposible.

Sucede algo contradictorio en la versión oficial de la historia: la denuncia austríaca señala que las agresiones se produjeron entre el final del tiempo reglamentario y el inicio del suplementario. Sin embargo, sus futbolistas participaron del alargue sin quejas. Y en ese lapso llegaron los dos goles de la victoria sudamericana. Pregunta inevitable: ¿por qué no hubo protestas en el momento de las presuntas agresiones?

La FIFA les dio lugar a las broncas austríacas. Se concertó una reunión para las 9 de la mañana del día siguiente. Y según el documento oficial, los dirigentes peruanos llegaron recién a las 11, cuando la sesión ya se había levantado. Sin escuchar la versión de los peruanos, se decretó la repetición del encuentro para el lunes 10 de agosto. Para evitar ese atropello, Perú se retiró de la competición, a pedido de su Gobierno militar, a cargo del general Oscar Benavides. Y Austria accedió a las semifinales, a pesar de la humillación que habían sufrido en el campo de juego. Ya en esa instancia, el país de Hitler venció 3-1 a Polonia. En la final por el oro, Italia le ganó 2-1 en tiempo suplementario y se consagró. Benito Mussolini -líder de Italia- y Hitler, de algún modo, se colgaron las dos medallas más valiosas.

Los años treinta fueron de gloria para el fútbol peruano. Paricipó del Primer Mundial, disputado en Uruguay en 1930; ganó una de sus dos Copas América (en 1939, como local en Lima) y los Juegos Bolivarianos de 1938. Pero aquel partido ante Austria resultó un hito, "la historia de una dignidad", al decir de Galeano. Era la época de "El Rodillo Negro", bautizado como tal en 1935 tras una gira de Alianza Lima por Chile. Inicialmente, era el apodo de la delantera conformada por José María Lavalle, Adelfo Magallanes, Lolo Fernández, Alejandro Villanueva y José Cholo Morales. De ellos, Lavalle, Magallanes y Villanueva eran negros. Los dos últimos estuvieron bajo el cielo de Berlín ante Austria, en nombre de otra epopeya. Entonces, en días de la propaganda nazi, nada podía molestar más que el éxito de ellos en unos Juegos Olímpicos organizados para demostrar la pretendida superioridad aria.

Texto de Planeta Redondo publicado esta semana en Clarín.