viernes, julio 15, 2011

El arquero de las manos rotas


De Nicolae Ceaucescu se contaron y se cuentan las peores cosas. Fue la máxima autoridad rumana entre 1965 y 1989 y condujo al país con el rigor de los peores dictadores. Retrató en su tiempo el diario El País, de Madrid, sobre el final de sus días: "Ceaucescu y su mujer gobernaron el país durante 24 años con mano de hierro, con un culto a la personalidad de ambos insólito en Europa y una represión de monstruosas proporciones". El matrimonio fue ejecutado en 1989 tras una sentencia condenatoria por delitos de genocidio, demolición del Estado y acciones armadas contra el pueblo, destrucción de bienes materiales y espirituales y de la economía nacional y fuga de US$ 1.000 millones hacia bancos extranjeros.

Eran tiempos difíciles en Rumania. Y el fútbol servía de retrato de la interna del poder y de maquillaje público para ocultar la verdadera cara del país. El enfrentamiento entre el Ministerio de Defensa y el Ministerio de Asuntos Internos se veía a partir del Marele Derby (El Gran Clásico) entre el Steaua y el Dinamo, ambos de Bucarest. Esta situación tuvo sus mayores expresiones en la década del 80. Entre 1981 y 1984 dominó el Dinamo; desde entonces hasta la caída de Ceaucescu fue el tiempo del equipo del ejército, Steaua.

Dentro de ese contexto hay un personaje emblemático: Hemult Ducadam, arquero del Steaua que en 1986 se convirtió en el primer equipo de Europa del Este en ganar la Copa de Campeones. El escritor húngaro Gyorgy Dragoman se inspiró en aquellos tiempos para el relato de su novela El Rey Blanco. Al momento de la presentación del libro, consultado por el diario La Vanguardia, evocó al arquero de lo imposible: "Ducadam detuvo nada menos que cuatro penales en la final de la Copa de Europa del 86. Era un héroe nacional. Pero, tras aquella final, desapareció del mapa. Corrían muchas leyendas urbanas sobre él. Yo, como muchos, creía que estaba muerto. Se decía que el dictador o su hijo le habían torturado, celosos de su popularidad o porque no les quiso dar un Mercedes que le habría regalado el presidente del Real Madrid. Sin embargo, como si no hubiera pasado nada, un día, en el 2002, puse la tele y lo vi hablando, en una entrevista".

En aquella ocasión, Ducadam relató una historia tremendamente real y curiosamente inverosímil: Steaua tuvo que jugar y entrenarse en Rumania tras el accidente nuclear de Chernobyl, en 1986, poco antes de la final frente al Barcelona, en Sevilla. La recomendación para los arqueros era terrible: "No toquen mucho la pelota porque puede tener partículas radiactivas en su contacto con el césped". Dragomán explicó sobre ese detalle: "La idea de un portero de fútbol que tuviera que huir del balón me pareció de un absurdo total, hasta tal punto que sólo un niño podría contarla sin parecer un bromista". Por eso, un niño es el protagonista de su novela.


La final de Sevilla, disputada en mayo de 1986, lo catapultó a Ducadam a la condición de figura y luego, a la de mito. Hijo de padres alemanes y nacido en Selinac, residencia de muchos rumanos de raza germánica, el inmenso arquero contó el día de la consagración: "Yo creo que hay otros porteros mejores. A mí me gustan Schumacher y Arconada, aunque siempre admiré a Gordon Banks. Además, para mí el mejor equipo europeo es el Dinamo de Kiev". Su modestia no lo salvó de las garras del régimen.

Tras transformarse en el Héroe de Sevilla al detener los remates de Alexanco, Pedraza, Pichi Alonso y Marcos, Ducadam sufrió una grave lesión que luego le impediría jugar la final Intercontinental contra River, en Japón. La versión oficial indicó una trombosis en el brazo. Pero el fantasma de la sospecha siempre abordó esta historia. Es curioso: ni el propio protagonista lo confirmó jamás. Pero en Bucarest casi nadie duda: a Ducadam le rompieron las manos con las que había hecho campeón al Steaua.

La leyenda urbana señala que había un hombre muy feliz por la derrota del equipo catalán: Ramón Mendoza, presidente del Real Madrid. Era lógico: Barcelona seguía sin poder ser el Rey de Europa. Cuentan que su alegría la hizo premio: le regaló a Ducadam un Mercedez Benz, una tentación de casi imposible acceso en el régimen de Ceaucescu. Nicu -hijo del presidente del país y mandamás del Steaua- reclamó el auto para él. No hubo caso, Ducadam no cedió. La creencia indica que le rompieron los diez dedos. Lo cierto es que recién volvió a atajar tres años más tarde, pero en un equipo menor, el Vagonul Arad.

Aunque nadie lo confirmó, la versión no parece una locura. Sobre todo, considerando que todo tipo de caprichos de los Ceacescu eran concedidos entonces. También en el ámbito del fútbol. El mejor ejemplo lo exhibió la final de la Copa de Rumania en 1988: hasta los 43 minutos del segundo tiempo el partido estaba igualado en uno. Entonces, el Steaua le convirtió un gol al Dinamo que el árbitro, correctamente, anuló por una posición adelantada. Ante lo que consideraban un despojo, los dirigentes retiraron al equipo de la cancha. Esa misma noche, una orden del Ministerio de Defensa prohibió a los medios publicar la crónica de ese encuentro. La resolución obligaba a esperar la decisión final de la Federación. Dos días después, el fallo era inequívoco: "El campeón es Steaua". A esa altura, el arquero de las manos rotas trataba de recuperarse lejos de esa final, entre olvidos.

Publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo. El texto inspiró el tema "El héroe de Sevilla" del grupo Viejo Smoking. Mañana (16/7), la banda presentará con un recital su segundo disco.

miércoles, junio 15, 2011

El abuelo del reggae



Música nacida de la inspiración de los esclavos llegados al Caribe desde Africa, el mento es un género tradicional de música de Jamaica. De ella surgieron el ska y el reggae. El mento suele utilizar instrumentos acústicos -como la guitarra y/o el banjo-, diferentes tambores y la marímbula (un tipo de mbira en forma de caja sobre la que el músico puede sentarse cuando la toca).
De acuerdo con los especialistas Samuel Floyd Jr (autor de Black Music in the Circum-Caribbean) y de Daniel Nelly (creador de Long Time Gal! Mento is Back!), el mento suele confundirse con el calipso, un género musical típico de Trinidad y Tobago. Aunque comparten similitudes, son estilos diferentes. La explicación está vinculada con las diferentes historias coloniales de cada una de esas islas: el estilo de Jamaica carece de influencias españolas.
El género musical mento conserva elementos de las tradiciones de los esclavos venidos de África en la época colonial. Sus letras suelen tratar temas de la vida cotidiana de una forma ligera o cómica. En muchas ocasiones se refieren a la pobreza, las malas condiciones de las viviendas u otros temas sociales.
La edad dorada del mento sucedió en la década de 1950, cuando los discos grabados por Stanley Motta, Ivan Chin, Ken Khouri y otros llevaron el mento a una nueva audiencia. En los años 1960 el mento fue eclipsado por el ska y el reggae, esa música nacida en Jamaica y adoptada por el mundo. Sin embargo, el mento se sigue tocando en cada rincón de Jamaica. El abuelo del reggae sigue contando su historia.

Más:
Sobre el mento, en esta pàgina (en inglés).

lunes, mayo 30, 2011

Roa Bastos y las Madres de la Plaza



Su palabra, su voz, su decir. Augusto Roa Bastos -dueño de magias- y su memoria activa.

martes, abril 12, 2011

viernes, marzo 18, 2011

El Viejo Colombo

Santa Ana, en Uruguay, apacible espacio compartido. A Agustín Colombo lo conocí en la redacción de Clarín, allá en 2007. Me sorprendió desde el diálogo inaugural: en los primeros pasos de sus 22 años tenía la lucidez y las inquietudes de quien vivió viviendo. Militante de los encantos barriales. Del Almagro de su niñez y de su adolescencia; del Caballito al que se mudó; y de esos barrios del Sur de los que -como yo- parece su habitante sentimental. Es reo, manso, bohemio, de preguntas que invitan a compartir largas charlas, de reflexiones que impulsan y/o alimentan búsquedas. Tiene algo de Bielsa: él va por la gloria, no por los billetes. Está de acuerdo con algo que leí de García Márquez: cree que los diarios salen mejor si antes sus creadores compartieron un almuerzo bien regado y bien dialogado. Tiene una particularidad de la que Arlt fue paradigma: transforma con facilidad las historias cotidianas en textos atractivos. Se parece a todos mis mejores amigos de la vida: es un tipo confiable. Compartimos los almuerzos en Lo de Luisito, salidas por San Telmo, noches de barra y mediodías de bar, historias de corazones rotos, asados de fin de año en el encantador galpón de Horacio -su viejo, ese loco lindo-, visitas a Uruguay en nombre de futuros en Santa Ana... Nos conocemos hace poco, pero parece que hubiéramos recorrido un camino de más de una década. Tal vez esa impresión tenga su matriz en otra: el Viejo Colombo -el Dogo- parece que hubiera vivido más años que lo que su documento señala. Hace poco me enteré que había fallecido su tío. Después, él me mandó un mail con un texto a modo de homenaje a Armando. Le pedí publicarlo en este blog que no es otra cosa que una sucesión de tributos a gente querible y querida. Cuenta a su tío. Pero también retrata la sensibilidad de mi Amigo.

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Por Agustín Colombo Se llamaba Armando Fernández Arroyo, pero casi nadie lo saludaba por su nombre: era tío para nosotros, los más chicos de su familia; Pichu o Pichuqui para los más grandes y cercanos; y maestro para todos sus amigos y compañeros del Teatro Colón. Había excepciones, es cierto: Horacio, Oscar y Hugo, sus entrañables amigos, le decían Armando; y la tía Rosita, el amor de su vida, lo llamaba Pato o Tati. Metódico y detallista, mi tío Armando ofreció su talento durante 43 años al teatro más importante de la Argentina. Brilló sentado en el órgano, donde pasó días enteros entre ensayos y discusiones, entre chistes, sugerencias y rabietas. Convincente en sus palabras, convincente en sus acciones, ganó una pelea desigual contra el plan jubilatorio macrista y concretó lo que deseaba en todo este último tiempo: volver a tocar el órgano en el refaccionado Colón, hoy más triste por su ausencia. Fue mi informante de lujo en todo el proceso de refacciones, y el primero en advertirme que la reinauguración del Teatro se parecía mucho a un engaño: todo muy lindo por fuera, pero por dentro había –y hay- muchas deficiencias. Trabajó en el Colón hasta el último día de la temporada 2010, y estrenó el órgano nuevo con una sonrisa amplia, como esa que muestran los nenes cuando tienen entre sus manos un chiche nuevo. Aquella noche, la de la inauguración de su instrumento amado, nos invitó a todos. Y casi todos fuimos para verlo a él, para escucharlo a él y para aplaudirlo a él. La enfermedad que tenía lo empezaba a molestar, pero prefirió no alarmar a nadie. Su versatilidad no admite discusiones. Se llevaba tan bien con los pibes como con los viejos, algo de lo que se enorgullecía en cada momento. Y disfrutaba comer en restaurantes lujosos como en los bodegones de los márgenes de la ciudad. Ahí estaba mi tío, sonriendo y levantando su copa de vino en Cló Cló o en la parrilla de Luisito, en Pompeya. En Puerto Madero o en la fonda Miramar. Fue el mejor anfitrión que conocí. Bastaba dar un paso en su departamento para que él lanzara la pregunta inevitable: “¿Qué tomás?”. Amable por naturaleza, bondadoso por convicción, mi tío Armando convertía su hogar en el hogar de cada uno de sus amigos y familiares. Caminaba tan feliz en el cemento porteño como en las calles mansas y arboladas de los pueblos del Uruguay. Y para cada uno de esos lugares tenía un plan: en Buenos Aires imaginaba comidas exquisitas, platos imposibles para cualquiera menos para él; en las vacaciones, cuando se escapaba de su rutina anual, transformaba los quinchos y las parrillas en un ámbito de ensueños. Será imposible disfrutar asados tan ricos como los que hacía. No fue periodista, ni le apasionaba demasiado el fútbol y el deporte, pero me ayudaba todo el tiempo a perfeccionar mi redacción. Sus consejos los recuerdo con precisión, porque eran consejos útiles y casi siempre irrefutables. Resultó, tal vez, el lector más riguroso que tuve. Le gustaba mucho este portal web y con frecuencia me mandaba mails o me llamaba para comentarme alguna nota. Ya no será lo mismo escribir aquí ni en ningún lado. Apenas me queda un consuelo, que trataré de llevar a cabo de ahora en más: cada texto, cada idea, será un módico homenaje a él. Al organista querible. Al tío inolvidable.

sábado, febrero 05, 2011

Cuando Perú humilló a Hitler

El seleccionado peruano que asombró a todos en los Juegos Olímpicos de 1936, en Berlín, ante la mirada del Führer.

Eduardo Galeano -escritor uruguayo, mago de las palabras- se asombró al enterarse de aquella historia. Eran días en los que estaba escribiendo su estupendo libro "Espejos, una historia casi universal". No lo dudó: ese episodio debía ser incluido allí, entre esos textos en los que hablan los que no tienen voz, en los que los callados gritan su verdad mentida por la versión oficial.

Lo retrató así en una entrevista concedida en Uruguay, mientras La Celeste conmovía en el Mundial de Sudáfrica y en su casa de Montevideo un cartelito colgado en la puerta decía "cerrado por fútbol": “Hitler estaba frente al palco, en el sitial de privilegio del estadio en el partido entre Perú y Austria. Perú ganó 4-2 a pesar de que el árbitro, para quitarle disgustos al Führer, anuló tres goles peruanos. Los dirigentes de la época, la FIFA y el Comité Olímpico, se reunieron esa misma noche y anularon el partido. La delegación peruana, ejemplo de dignidad, se retiró de la competencia”. Entonces, también recordó que a aquel equipo sin olvido le decían "El Rodillo Negro", por su condición arrolladora y por el color de la piel de varios de sus integrantes.

El recuerdo de aquel partido en la voz y en las palabras del escritor uruguayo generó un entusiasmo enorme en Perú. Y también cierta polémica. Sucede que en el año 2000, una investigación llevada a cabo por el periodista Luis Carlos Arias Schreiber para la revista Don Balón Perú, señala que el partido fue anulado por la invasión de aficionados peruanos al campo de juego, que estos agredieron a jugadores austríacos y que, para colmo, los dirigentes peruanos llegaron tarde a la reunión a la cual fueron citados para ofrecer su descargo. En definitiva, lo mismo que la FIFA y el Comité Olímpico habían señalado en su momento, allá por 1936, cuando Hitler soñaba un imperio ario y esas dos entidades le dieron la posibilidad de organizar los Juegos Olímpicos. También en 2008, con la misma versión, se publicó el libro "Ese gol existe", editado por Aldo Panfichi y con el sello del Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Aquel capítulo deportivo que habita en la memoria popular del Perú se disputó en el estadio Hertha, de Berlín, el 8 de agosto de 1936. Los sudamericanos se ganaron un lugar en las semifinales al imponerse por 4-2, luego de un arduo recorrido y tras remontar un 0-2 al cabo del primer tiempo. Pero hubo un reclamo austríaco. Decían ellos que habían sido agredidos por hinchas peruanos que habían invadido el terreno de juego. El detalle, más allá de versión oficial de la FIFA, parece curioso dentro de aquel contexto: en los días de Hitler (nacido en Braunau Am Inn, en tiempos del Imperio Austrohúngaro) aquella osadía de los simpatizantes peruanos se parecía demasiado a un imposible.

Sucede algo contradictorio en la versión oficial de la historia: la denuncia austríaca señala que las agresiones se produjeron entre el final del tiempo reglamentario y el inicio del suplementario. Sin embargo, sus futbolistas participaron del alargue sin quejas. Y en ese lapso llegaron los dos goles de la victoria sudamericana. Pregunta inevitable: ¿por qué no hubo protestas en el momento de las presuntas agresiones?

La FIFA les dio lugar a las broncas austríacas. Se concertó una reunión para las 9 de la mañana del día siguiente. Y según el documento oficial, los dirigentes peruanos llegaron recién a las 11, cuando la sesión ya se había levantado. Sin escuchar la versión de los peruanos, se decretó la repetición del encuentro para el lunes 10 de agosto. Para evitar ese atropello, Perú se retiró de la competición, a pedido de su Gobierno militar, a cargo del general Oscar Benavides. Y Austria accedió a las semifinales, a pesar de la humillación que habían sufrido en el campo de juego. Ya en esa instancia, el país de Hitler venció 3-1 a Polonia. En la final por el oro, Italia le ganó 2-1 en tiempo suplementario y se consagró. Benito Mussolini -líder de Italia- y Hitler, de algún modo, se colgaron las dos medallas más valiosas.

Los años treinta fueron de gloria para el fútbol peruano. Paricipó del Primer Mundial, disputado en Uruguay en 1930; ganó una de sus dos Copas América (en 1939, como local en Lima) y los Juegos Bolivarianos de 1938. Pero aquel partido ante Austria resultó un hito, "la historia de una dignidad", al decir de Galeano. Era la época de "El Rodillo Negro", bautizado como tal en 1935 tras una gira de Alianza Lima por Chile. Inicialmente, era el apodo de la delantera conformada por José María Lavalle, Adelfo Magallanes, Lolo Fernández, Alejandro Villanueva y José Cholo Morales. De ellos, Lavalle, Magallanes y Villanueva eran negros. Los dos últimos estuvieron bajo el cielo de Berlín ante Austria, en nombre de otra epopeya. Entonces, en días de la propaganda nazi, nada podía molestar más que el éxito de ellos en unos Juegos Olímpicos organizados para demostrar la pretendida superioridad aria.

Texto de Planeta Redondo publicado esta semana en Clarín.

lunes, enero 10, 2011

Gracias, Reina Batata...



Gracias Reina Batata por aquellas mañanas en la radio de la casa de la calle Melián. Gracias María Elena por acompañar tantas principios de aquellos días de formación. Me gustó escucharte, conocerte, que estuvieras. Te seguiré escuchando y haré que te escuchen. Para tus palabras, ya lo sabés, no habrá olvido...

Más:
El adiós a María Elena Walsh, en Clarín.

viernes, diciembre 24, 2010

Un mundo sin mapas



Calle 13. Una música. Una letra. Un mundo despojado de líneas que dividen. Un mundo de todos.

lunes, noviembre 08, 2010

Viva Cappa


Por Fidel Hernández, desde Mozambique
Como un gran goleador frente al arco rival, el Oportunista nunca deja escapar las chances que tiene. Cualquier error del rival o cualquier balón perdido es una tentación para mandar la pelota a la red; cualquier circunstancia o cualquier equivocación es una buena ocasión para ser funcional a las necesidades de pantallas y portadas. No hay excusas ni morales que sirvan para frenar el instinto del goleador. Con gran olfato, poco importa si es conciente o no de para quién juega: siempre al servicio de los discursos del éxito, siempre tirando paredes con los que se venden como vencedores.

Al Oportunista le molesta Angel Cappa. Lo incomoda que critique el silencio del mundo del fútbol frente al hambre como crimen organizado. Lo perturba que siga insistiendo en que ganar no vuelve humana a la condición humana. Le desestabiliza su universo que afirme que jugar bien es tan útil como ser feliz. Lo fastidia que visite la ESMA y los barrios castigados por la exclusión. Lo harta que pretenda cuidar a la pelota como un padre lo hace con su hijo. Lo irrita que no se desnude frente al poder. Lo enloquece que, a diferencia de él, no considere que las ideas tengan que plasmarse sí o sí en el resultado. Lo pudre que no se modernice al doble cinco hegemónico. Lo enoja que crea en las ideologías. Lo saca de quicio que diga que el fútbol es alegría o no es nada.

El Oportunista levanta la cabeza y mira hacia dónde va la ola. Ya no es negocio tirarle flores al Huracán de Bolatti y de Pastore. Ya no es negocio porque escuchó a sus maestros repetir, una y mil veces, que el pasado nada vale y que las emociones son para los estúpidos. Ahora es tiempo de treparse a la moda y echarse a correr para no dejar escapar la posibilidad de gol. El Oportunista pica al show vacío, mancha de mierda la noticia y lanza un disparo en forma de exabruptos de Cappa a un árbitro. Poco conoce de enojos así porque nunca se la jugó por nada más que él mismo. Poco critica a los entrenadores obedientes porque el también vive acatando órdenes sin saberlo. El Oportunista visualiza otro hueco en el área y arranca a toda velocidad. Se cree capaz de opinar sobre todos los temas, incluso sobre los que desconoce. Ve venir la pelota y se relame. Juzga cuántos días se entrena y cuántos se descansa, sacando conclusiones sin que nadie se lo pida. Hace un enganche y se acomoda para el tiro. Inventa afeitadas de bigotes para no tener que cuestionar la lógica. La bola le queda mansita en el punto del penal.

El Oportunista tira y acierta. Es gol. Celebran los mezquinos y se abrazan los egoístas. Llueven papelitos en forma de titulares y de twitters. Cappa los mira fijo, se embronca con razones y sigue construyendo ilusiones de dignidades que no se entregan.

*Texto publicado en Nos Digital, bajo el título "El Oportunista de siempre", en ocasión del despido de Angel Cappa de River.

jueves, octubre 14, 2010

Estados Unidos, según Michael Moore



Extracto del documental "Bowling for Columbine", de Michael Moore.

Más:
Detalles y películas de Michael Moore, en IMDB.

miércoles, septiembre 22, 2010

Adiós, Fiera, gracias por tu leyenda


Antes de que Defensores de Belgrano fuera reconocido como El Dragón del Bajo, Rodolfo César Chiti ya era el más dragón de todos los dragones: tenía el fuego sagrado. Le decían La Fiera porque jugaba como tal. En el estadio de La Techada, allí en Libertador y Comodoro Rivadavia, donde Núñez es orgullo y la ESMA resulta un dolor que todavía lastima, Chiti figura como un símbolo para la historia del club, mito para los que lo vieron poco y leyenda para los que no se pudieron dar tal gusto. Ese emblema -tal vez el más grande de este club, junto con aquellos héroes que mantuvieron a Defe en Primera durante toda la década del 20- falleció esta semana.
Jugó para el rojinegro más de 500 partidos; fue parte de una línea media sin olvido junto a Monaco y Borlenghi; fue fundamental en los ascensos a la B (con vueltas olímpicas incluidas) de 1953 y de 1958; fue parte importante del inolvidable equipo de 1967 que asombró a todos y se quedó a casi nada de Primera, en el Reclasificatorio. Era mago Chiti: ya retirado de su condición de futbolista, como entrenador se hizo cargo de otro equipo inolvidable, el campeón de la C en 1972. Consiguió algo grande esa campaña también: le dio al fútbol argentino a un paradigma del wing derecho, René Houseman, luego campeón con Huracán en 1973 y con Argentina, en el Mundial de 1978.
En tiempos recientes, su sonrisa breve se paseaba por la platea del Juan Pasquale. Era la misma con la que había agradecido que la cabecera visitante llevara su nombre. Dicen que una enfermedad se lo llevó. Pero no es cierto: Chiti -El Flaco, La Fiera, ese mago- seguirá estando ahí, buscando un lugar en La Techada repleta para gritar por Defe.

Texto publicado por el autor del Blog, en Clarín.

miércoles, septiembre 08, 2010

Un equipo lleno de espías


El Dínamo de Berlín es uno de los grandes misterios del fútbol europeo. Un retrato implacable de los tiempos del Muro. Nació a principios de los años 50 a la sombra de la Stasi, esa policía secreta capaz de desapariciones y muertes en nombre de los rigores del régimen comunista impuesto del lado oriental en la Alemania fragmentada, tras la Segunda Guerra Mundial. El equipo construyó su hegemonía en la República Democrática Alemana (fue campeón durante diez temporadas consecutivas entre 1979 y 1988) con un equipo repleto de espías y al amparo de arbitrajes afines a la causa.

Sobre los comienzos del Dínamo, relata el periodista Borja Barba en Diarios de Fútbol: "No hay que pasar por alto el complicado origen del equipo. Tras la Segunda Guerra Mundial, la Alemania Democrática necesitaba símbolos deportivos con los que demostrar su 'infinito' poder. En lo que a fútbol se refiere, se intentó primero con el equipo de la policía, pero los resultados de éste no eran en absoluto satisfactorios y su nivel futbolístico dejaba tanto que desear que se vio relegado de categoría en la temporada 1953/54. Aquello fue entendido como una afrenta a la autoridad y la solución no se hizo esperar".

El Dínamo de Dresden había sido el mejor equipo de la temporada 52/53. En consecuencia, Erich Mielke, jefe de la Stasi, convocó a los jugadores a la Policía Secreta, los convirtió en informantes o espías y los hizo jugar para su equipo, el Dínamo de Berlín. Bajo la órbita del Ministerio de Deportes, se armó también una enorme red de gente dispuesta a contar lo que los otros hacían. "Debemos seguir el comportamiento de los deportistas para saber quién está con nosotros y quién no", fue la advertencia oficial. El principal 'beneficiario' estaba claro: el Dínamo de Berlín. "En la lista de espías se incluyen jugadores del Dínamo, que establece una dictadura deportiva en la manipulada DDR-Oberliga ganando 10 Ligas seguidas en la década 1979-88. Cualquier jugador que se destacaba en otro equipo era alistado en el club", contó Fermín de la Calle en el diario As, de España.

En tiempos más cercanos, tras la caída del Muro de Berlín, se desclasificaron archivos de la Stasi y aparecieron en la lista de espías árbitros como Adolf Prokop (Gustav), Rudi Glöckner (Hans Meyer) o Bernd Stumpf (Peter Richter) y hasta tres entrenadores de la Alemania Oriental: Eduard Geyer (Jahn), Bernd Stange (Kurt Wegener) y Georg Buschner. El fútbol estaba organizado como una versión deportiva de lo que retrató magistralmente "La vida de los otros", la película alemana (escrita y dirigida por Florian Henckel von Donnersmarck) ganadora del Oscar a mejor film extranjero en 2007. No podía haber secretos en la DDR-Oberliga.

El caso de Lutz Eigendorf, conocido como "el Beckenbauer del Este", es emblemático de los días de gloria y de trauma para el Dínamo: en 1983, su Alfa Romeo apareció destrozado contra un árbol, con él adentro, pero en Alemania Federal. Había jugado más de cien partidos entre 1974 y 1979. Pero tomó la decisión de partir hacia el Oeste. Recién en la última década se confirmó: no había sido un accidente. Los tentáculos de la Stasi habían cruzado el Muro. Hubo otros casos que también sirvieron de espejo: Gerd Weber, Matthias Müller y Peter Kotte, jugadores importantes del Dínamo, fueron detenidos en el aeropuerto de Berlín-Schönefeld a principios de 1981 antes de viajar a la Argentina. Querían irse.

Tras la reunificación alemana en 1990, la Stasi fue disuelta. El equipo cambió su nombre con la intención de maquillar su pasado: se comenzó a llamar FC Berlin. Sin embargo, regresó a la denominación oficial de BFC Dynamo (Dínamo de Berlín) en 1999. Sin los beneficios de otros días, el equipo no paró de tropezar: ahora disputa la Oberliga Nord, la cuarta categoría de la Alemania unificada.

Texto publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo, de Clarín.

Cine:

"La vida de los otros", un retrato de la Alemania Oriental en los tiempos del Muro. El trailer, versión doblada al español.

Más:
Otros detalles de la película, en IMDB.

domingo, agosto 01, 2010

La isla de una memoria


Dennis Brutus lo escribió acá, en una de estas celdas que ahora son memoria. "Vendrá un tiempo./ Vendrá un tiempo, esto creemos,/ cuando la forma del planeta / y las divisiones de la tierra / serán de menos importancia. /Estaremos capturados en la luz de la amistad./ Una estrella roja de esperanza / iluminará nuestras vidas./ Una estrella de esperanza./ Una estrella de gran alegría./ Una estrella de libertad". El era poeta, pero sobre todas las cosas era un soñador de las causas justas. Su piel blanca y su barba blanca no condicionaban su búsqueda: él quería un mundo de todos los colores. Entró a Robben Island, esa cárcel que ahora resulta un museo de la vergüenza de otros días, con la única cara posible: la de un dolor, la de una militancia.
Allí, en ese mismo espacio de cautiverio convivieron muchos de los héroes de una idea que luego se hizo país y ahora se transformó en Mundial. La isla fue utilizada como colonia de leprosos entre 1836 y 1931. Pero su condición de máximo emblema de la represión aconteció en tiempos del apartheid. Entre esos prisioneros de aquellos días se enumeran Nelson Mandela, Walter Sisulu, Govan Mbeki, Robert Sobukwe y Kgalema Motlanthe. Los mismos nombres que permitieron que ahora la bandera de Sudáfrica sea más colorida que cualquier otra.
En la actualidad, la isla es una memoria activa. Con la prisión clausurada, la UNESCO la declaró Patrimonio Histórico de la Humanidad. Y ahora, desde el coqueto Puerto de Ciudad del Cabo, se ofrecen diversas excursiones para visitarla. También hay souvenirs que se venden en varios rincones del país. En el Waterfront, una chica de ojos claros que nació en Sudamérica y luce más que guapa tiene una remera ajustada que lo cuenta: "46663 / I'm Madiba's neighbour" (soy vecino de Mandela). El líder histórico de este país que no para de seguir naciendo, Nelson Mandela, ocupaba la icónica celda 46664, con idéntico número de preso. Por eso, también el merchandising al respecto. Su imagen y esa identificación con la vecindad, ese precioso sentido de pertenencia. Certezas de que algo nuevo está sucediendo.
Alguna vez el líder de U2, Bono, retrató la dimensión de esa celda y del personaje que la habitó: "No es sólo un símbolo para Sudáfrica, no sólo para África; es un símbolo para quienes aman la libertad. Le dicen Madiba; se llama Mandela". La mayoría de los que ahora están en la excursión rumbo a Robben Island en este ferry impecable lo saben: sin él, la Sudáfrica de todos los matices no existiría.
La isla, según cuentan los guías que la frecuentan, también guarda secretos en las aguas que la rodean. Ocasionalmente se han encontrado durante varios siglos monedas de oro en sus costas. Se debe, dicen, a que a fines del siglo XVII un barco cargado de monedas de oro destinado al pago de salarios en Indonesia naufragó en estas costas y perdió su carga. El tesoro, otro misterio de este territorio indescifrable, permanece aún bajo este océano de bellezas.
Pero más allá de ese oro incomprobable por ahora, habita en Robben Island otra certeza mucho más grande que un tesoro enorme: quienes aquí estuvieron presos, creyeron, soñaron, lucharon, vivieron. Como escribió algún ciudadano de a pie, con los retazos de un inglés aprendido a los tropiezos, en una de las calles menos favorecidas de Ciudad del Cabo: "Para ser vistas, algunas cosas primero deben ser creídas". Eso hicieron Mandela y los suyos. Por eso ahora este país tiene tantos colores posibles. Por eso ahora, acá, un Mundial está en marcha. Y los gritos de aquellos presos son una memoria que late.

Texto publicado por el autor del Blog, en Clarin.com, en ocasión de la reciente cobertura del Mundial Sudáfrica 2010.

Post publicado en conjunto con el Blog Caminos Compartidos.

Cine:


El trailer de Invictus, una película sobre Nelson Mandela.

Más:
Algunas películas y series sobre Mandela, en IMDB.

miércoles, julio 21, 2010

El profesor de vuvuzela


Por Ariel Scher*
El Rey Daniel fue el único profesor de vuvuzela de mi vida y puedo asegurar que no me arrepiento de no haber tenido ninguno más. Lo conocí a las seis de la tarde del 3 de marzo de 1974, mientras los pulmones me reventaban de voluntad por soltar aires y el corazón me ardía de indignación. Lo de los pulmones era lógico porque yo estaba en el nudo de mi adolescencia y respiraba cada cosa que ofrecía la realidad. Lo de la indignación me empezaba en los oídos: un día antes, Carlos Reutemann había ganado el Gran Premio de Sudáfrica, en la Fórmula 1, y un comentarista argentino e impune había proclamado que en esa tierra florecían el orden y la civilización. Por aquella época, yo no era experto en nada y no imaginaba que, treinta y seis años después, en el país del triunfo de Reutemann habría un Mundial de fútbol con vuvuzelas ululando en cada pelotazo. Lo que sabía era que en Sudáfrica a la gente la arrasaban por ser pobre y por ser negra.
Fui a estudiar vuvuzela porque el padre del volante derecho de uno de mis dos equipos de 1974 soplaba una cuando nos alentaba en los partidos que jugábamos los sábados de primavera. Ese padre no entendía mucho de música, pero creía en unas cuantas de las épicas que surcaban al mundo en 1974 y, sin muchos detalles, me había explicado que la vuvuzela era un instrumento a través del que los silenciados de Sudáfrica se hacían oír en el fútbol o en otros juegos. También yo era alguien entusiasmado con muchas épicas y, a causa del desgraciado comentarista de automovilismo, me sentía fuertemente comprometido con los dolores de ese pueblo. Así que dos o tres averiguaciones intensas me pusieron enseguida frente al Rey Daniel.
“Rey Daniel, maestro de vuvuzela”, indicaba la placa de bronce opaco que se veía en el departamento de Villa Crespo al que viajé en busca de sonidos y de justicias. “Este es mi estudio”, me dijo, delante de una colección infinita y abrumadora de vuvuzelas, diseñadas con colores, materiales y anchos tan variados que costaba aceptar que alguien alguna vez en el paso de los siglos y en algún rincón del planeta hubiera emprendido una tarea diferente que tocar o construir vuvuzelas. Muy rápido percibí en el Rey Daniel las generosidades que lo volvían un ser extraordinario, pero no fue por ellas que me dejó elegir el día y la hora de las clases. En verdad, disponía de tiempo: en 1974 y en todos los años siguientes, jamás superó los dos alumnos por mes. Uno siempre era yo.
Fuimos también sólo dos los componentes del público en el concierto de vuvuzela que el Rey Daniel dio en agosto de 1975. Debimos viajar hasta el parque Pereyra Iraola, en La Plata, con un mapa complicadísimo como equipaje, porque los conciertos de vuvuzela sólo podían hacerse en lugares en los que los estruendos incomparables del instrumento no perturbaran a nadie. Con la misma seguridad que me permite afirmar que ninguna belleza es bonita al lado de los ojos de mi mujer o que me gustan los equipos que atacan, puedo sentenciar que los millones de individuos que no se trasladaron hasta el parque Pereyra Iraola se lo perdieron. En cada tema de ese concierto nos envolvió una experiencia cautivante y feliz. El Rey Daniel interpretó la vuvuzela como si Mozart estuviera hospedado en sus bronquios, con una gracia y una melodiosidad capaces de hacer llorar o de hacer bailar. Sin embargo, más que eso, lo que recuerdo es el cierre, cuando el Rey Daniel agradeció la tenacidad de las cuatro manos que lo aplaudían, nos convidó una vuelta de sándwiches de miga y, sobre todo, nos develó el gran secreto de su historia.
Hasta esa cita de arte, yo había supuesto que el Rey Daniel se dedicaba a la vuvuzela con una aplicación que casi nadie dedica a casi nada a causa de los condicionamientos que una de sus pasiones, el fútbol, le había impuesto a otra, la música. Erré. Era cierto que sus horas de arquero le habían dañado cuatro de los diez dedos, vulnerando la perspectiva de que fuera guitarrista. Y también era cierto que las solvencias aeróbicas de un abuelo judío y centrodelantero que empuñaba el mítico shofar y de una tía irlandesa que relataba partidos en su barrio lo habían empujado hacia los instrumentos de viento. Pero sucedía más. En esencia, el Rey Daniel era un trabajador de las causas ignoradas y un adversario de los que ejercían como única conducta la que dictaban las modas. Lo verifiqué en mil situaciones: deploraba a los oportunistas, rechazaba a los que creían que la historia empezaba con ellos, maldecía a los trangresores sin vocación de cambios profundos y detestaba a los que se portaban como si la existencia fuera una ola y andaban arriba de ella. En síntesis, se entregaba a la vuvuzela y a Sudáfrica porque a ambas, maravillosas y nobles, se las castigaba con la indiferencia.
Jamás se conformó con ser un predicador en los cafés o un egocéntrico encerrado en su don de gran músico. Él puso el cuerpo. De todo lo que protagonizó, todavía me impacta una gesta desconocida que no procede de fines de los ochenta, de la mitad de los noventa o del pleno Mundial, todos momentos en los que Sudáfrica se convirtió en otra. Impresiona: el Rey Daniel desfiló por la avenida Corrientes con un cartel que reivindicaba la lucha y los sueños de Nelson Mandela durante el invierno de 1979. Aquella vez se le animó, al menos, a dos obstáculos. El menor era el frío, que le partía los huesos, la garganta y el grosor del magro pulóver bueno que lo acompañaba en esa edad de bolsillos en malaria; el mayor era una dictadura, cuyo plan reprimía a los que sabían que eran reprimidos y a los que no se daban cuenta de que eran reprimidos. Tiritando entre Callao y Montevideo, al frío lo resistió haciendo resonar su vuvuzela como un trueno inagotable. De la dictadura y de la represión zafó porque el primer milico que vino a interceptarlo cometió el error de hacerle una pregunta bravucona. “¿Y usted quién se cree que es para andar con ese cartel por acá?”, lo interrogó, a los gritos. El Rey Daniel lo miró fijo, advirtió en un segundo que se trataba de un pelotudo, y le contestó, tal cual, lo que sigue: “Soy un fanático del boxeo. ¿No lee los diarios, usted? ¿No se enteró de que Nelson 'Dinamita' Mandela es desde hoy campeón mundial de peso gallo?” El milico, machete en mano, tomó la fatal decisión de ir a buscar un diario para comprobar el dato. Cuando regresó, el Rey Daniel ya estaba arriba del colectivo 146, con el cartel recontradoblado adentro de un bolso, convencido de que, en una tarde de sol de un almanaque no muy lejano, merendaría con Mandela, lo ilustraría sobre las magias de la avenida Corrientes y ambos reirían juntos por la evocación de aquel invierno de 1979.
El Rey Daniel nunca apostó por ir hacia donde marcha la corriente. De allí que, en las décadas posteriores, cuando reconocer el valor de Mandela se volvió un acto justo pero también una demostración de corrección política, no se pronunció más sobre el tema. Si yo no anduviera con la ansiedad y con los párpados tan atrapados por la agenda del Mundial, habría advertido que en ese antecedente quedaba escrito un pedacito de mi destino. Ocurrió después de que Portugal y Costa de Marfil terminaran un partido en el que no hubo ruido de goles y sí de vuvuzelas enarboladas por sudafricanos, japoneses, portugueses, marfileños, suecos en estado de turismo y algún argentino que se mezclaba en las tribunas por equivocación o porque así son los mundiales. Desembarqué frente a la placa bronceada y ya mucho más que opaca del estudio de Villa Crespo, toqué timbre y entré, mecánicamente, al estudio. De golpe, una electricidad me quemó el cuerpo. Por primera vez en treinta y seis años, vi vacío ese espacio: no estaba una sola de las infinitas vuvuzelas.
El Rey Daniel me encaró con su sinceridad irrompible y evitó distraerme con mensajes indirectos:
-Me retiro. Dejo. Termino. Veo que la vuvuzela está en auge. No sé si es bueno o es malo. Sólo sé que estoy en paz con lo que hice. Y que ella ya no me necesita.
Lo miré más cerca de la ternura que del asombro. A pesar de los cuatro dedos dañados en sus ensayos de arquero, acariciaba un curioso instrumento de cuerdas que vaya a saber qué postergados del universo le habían enviado. “Suena hermoso y estuvo prohibido durante medio milenio. En cuanto lo domine del todo, empiezo a dar clases”, me anticipó. A los dos se nos apretaban las gargantas con cuestiones que las personas muchas veces sienten y pocas veces dicen. En treinta y seis años de esfuerzos compartidos no habíamos logrado que yo hiciera sonar con armonía a la vuvuzela ni siquiera en un solo intento. No me atreví a comentárselo ni en broma. Demasiadas otras cuestiones me había enseñado el Rey Daniel, compañero anónimo de sonidos que esperan que el mundo los escuche un día, profesor sin igual de vuvuzela, maestro de humanidad.

*Ariel Scher es periodista, escritor y docente.

domingo, julio 11, 2010

Bendita seas, Sudáfrica



Nkosi Sikeleli Afrika, un himno de una reconstrucción. Un grito de Sudáfrica, ese precioso país que tanto sabe de empezar de nuevo; y de abrazar la naturaleza.

Post publicado en conjunto con el Blog Caminos Compartidos, en ocasión del Mundial Sudáfrica 2010. Desde Johannesburgo.

jueves, julio 08, 2010

El perro y el pacifista



Bryan Adams* fue capaz de llenar oídos y corazones durante varias décadas. Con su música, con su sensibilidad, con sus mensajes.
Cuando cumplió 10 años su tío le regaló su primera guitarra y a partir de entonces empezó a mostrar interés por la música, algo que no aprobaba su padre, diplomático de profesión. Al poco tiempo, sus padres se divorciaron, por lo que el futuro cantante se fue a vivir con su madre y su hermano a la ciudad de Vancouver. Bryan pasó parte de su infancia y adolescencia en Portugal, habida cuenta de la profesión de su padre, el Embajador. Vivió en Birre, cerca de Cascais, a unos 25 kilómetros de Lisboa. Por eso, tan bien habla el idioma portugués. A los quince años dejó la escuela y se unió a una banda como cantante haciendo giras por Canadá.
En alguno de todos esos recorridos nació el idilio con la naturaleza. Se hizo pacifista, ecologista y vegetariano. Un día de 1993, mientras se filmaba el video de la involvidable "Please forgive me" sucedió una anécdota que lo cuenta. Apareció el perro del dueño del estudio. No lo querían dejar entrar al lugar. Pero el inmenso Bryan lo invitó a pasar. Le habló, lo acarició, lo invitó a sentarse. Y ahí estuvo el perro del pelo dorado. Lo siguió a todos lados, sentado al lado del cantante, invariablemente. Nadie podía creer que no ladrara cuando sucedía la canción. Pasó hace 17 años. Ahora el video lo muestra al perro andando por el video. Como protagonista elegido. El pacifista sabía y sabe rendir homenajes.

*Bryan Adams ofrecerá un recital el 18/7 en Johannesburgo, a modo de cierre de la Copa de Sudáfrica 2010 y para celebrar el cumpleaños 92 de Nelson Mandela.

Post publicado desde Johannesburgo, Sudáfrica.

viernes, julio 02, 2010

El arquero que murió dos veces


Fue un segundo que le partió la vida en dos. Voló, como en tantas otras ocasiones similares: elástico, seguro, convencido. El remate de Alcides Ghiggia traía la pelota que lo debía consagrar para siempre como lo que era: un arquerazo. Pero esta vez, la decisiva, la más importante, la del destino, Moacir Barbosa Nascimento no llegó. En ese instante que todavía parece durar, aquel 16 de julio de 1950, el Maracaná era un monstruo de más de 200.000 cabezas, un hervidero de gente sólo preparada para la felicidad. Pero Uruguay, el ocasional invitado al festejo de Brasil, terminó siendo el dueño de la alegría propia y del silencio ajeno.
Se vivió como una tragedia deportiva en Brasil y luego se le puso nombre en el mundo: Maracanazo. También se eligió un responsable desde entonces y para siempre: Barbosa. "Llegué a tocarla y creí que la había desviado al tiro de esquina, pero escuché el silencio del estadio y me tuve que armar de valor para mirar hacia atrás. Cuando me di cuenta de que la pelota estaba dentro del arco, un frío paralizante recorrió todo mi cuerpo y sentí de inmediato la mirada de todo el estadio sobre mí", contó entre sollozos el arquero, ya con la certeza de que Brasil se había quedado a la sombra del capítulo más épico del fútbol mundial. Las consecuencias las retrató también el escritor uruguayo Eduardo Galeano: "Los moribundos demoraron su muerte y los bebés apresuraron su nacimiento. Río de Janeiro, 16 de julio de 1950, estadio de Maracaná: la noche anterior, nadie podía dormir; y la mañana siguiente, nadie quería despertar".
Obdulio Varela, partícipe imprescindible y símbolo de la hazaña de La Celeste, peón de albañil, laburante del fútbol y militante de los rezagados, abrazó a los vencidos y bebió la derrota junto a ellos por los mostradores de Río de Janeiro. Palabras más, palabras menos, contó más tarde sobre el gol de Ghiggia: "La culpa no fue de Barbosa. A esa pelota la hizo entrar el destino". Que el Negro Jefe lo eximiera no le alcanzó tampoco a Barbosa.
Hasta ese momento, Barbosa se había ganado un pedazo de la historia. Nacido en Campinas, San Pablo, en marzo de 1921, empezó a jugar al fútbol en Almirante Tamandaré, un modesto club de su ciudad. Lo ponían de wing para aprovechar su velocidad. Al arco llegó mucho por casualidad y un poco por pereza: no le gustaba correr demasiado durante los partidos. Para comer, lavaba vidrios; también atajaba para sus empleadores en el Laboratorio Paulista de Biología, a modo de changa. El siguiente paso fue decisivo: le ofrecieron jugar para Ypiranga, un equipo pequeño de la Liga de San Pablo de entonces.


Sorprendía por su destreza. Y por eso lo contrató Vasco da Gama: se mudó a Río de Janeiro y pronto se hizo crack. Fueron los mejores años del club carioca: con su emblemático equipo conocido como El Expreso de la Victoria (Expresso da Vitória, en portugués) ganó cinco Estaduales en ocho años (entre 1945 y 1952) y el Campeonato Sudamericano de Campeones de 1948 (una suerte de antecedente de la Copa Libertadores). Luego Barbosa jugó también en Bonsucceso, Santa Cruz y Campo Grande.
Su llegada al seleccionado verdeamarelo fue un paso natural e inevitable. Un año antes del Maracanazo, había ganado la Copa América. Pero el día de la maldición llegó y transformó un paraíso en infierno. Lo contó el periodista Ariel Scher, en su espacio De Rastrón: "Barbosa, que merecía los derechos de un individuo corriente, se volvió esclavo de esa circunstancia durante el medio siglo completo que transcurrió desde el instante en el que aquella pelota tocó la red hasta la hora en la que él respiró el último de sus aires. Se lo señalaron en las veredas modestas de Río de Janeiro en las que parecía haberse quedado sin sitio, en los ómnibus en los que viajaba con las miradas de los otros astillándole la piel y en las tribunas desagradecidas que antes le habían aplaudido hasta los tiros que tapaba con las uñas".
Fue declarado culpable sin razón y sin juicio. Y condenado a cadena perpetua por todas las tristezas que el gol de Ghiggia había generado. Con él fueron injustos y hasta miserables. En 1993, en plena disputa de las Eliminatorias para el Mundial de los Estados Unidos, Barbosa quiso pasar por la concentración brasileña a saludar a los futbolistas. Fue hasta la puerta. No lo dejaron entrar. "Que no pase y que no vuelva", fue la orden de las autoridades. Ya entonces, Barbosa vivía de prestado en la casa de una cuñada y se alimentaba gracias a una jubilación de hambre. Lo dijo y lo escribió el periodista Armando Nogueira: "Fue la persona más maltratada de la historia del fútbol brasileño. Era un arquero magistral. Hacía milagros, desviando con mano cambiada pelotas envenenadas. El gol de Ghiggia, en la final de la Copa de 1950, le cayó como una maldición. Cuanto más pasa el tiempo, más lo absuelvo. Aquel partido Brasil lo perdió en la víspera".
En una noche de viernes de abril de hace 10 años, murió Barbosa. Solo, olvidado, despreciado. En Praia Grande, donde entonces vivía y donde lo enterraron luego, no había más de cincuenta personas para despedirlo. Lo evocó un viejo rival, Idario Peinado, estrella del Corinthians en los años 50. Y sobre su ataúd habitaba una bandera del Club Atlético Ypiranga, que entonces ya no jugaba más al fútbol profesional. No había dirigentes, ni famosos, ni autoridades nacionales. Barbosa era un olvido. Lo retrató el escritor mexicano Juan Villoro, autor de Dios es Redondo: "El primer arquero negro de la historia de la selección brasileña murió pobre, humillado y condenado. La prensa casi no registró su muerte. Barbosa no se habría sorprendido. La segunda muerte de Barbosa será la definitiva".

Texto publicado en Planeta Redondo y Misión Mundial.



Post publicado desde Ciudad del Cabo, Sudáfrica.

lunes, junio 21, 2010

El crack de los pies torcidos


Nació entre desamparos, despojado de casi todo. En los días de su infancia de dolores en Pau Grande, a Manuel Francisco dos Santos su hermana Rosa lo bautizó con un nombre que tenía explicación: Garrincha. No se trataba de una casualidad: en su familia lo consideraban natural, escurridizo, chueco y feo, como el pájaro que lleva ese nombre y habita las selvas del Mato Grosso. Ese apodo lo acompañó siempre: en la gloria de sus gambetas y de las ovaciones y en la miseria de sus días finales. Le decían también Mané. Y él, más allá de cómo lo eligieran llamar, resultó invariablemente lo mismo: la alegría del pueblo. Por eso, cuando el director brasileño Joaquim Pedro de Andrade realizó la primera de las varias películas que se hicieron sobre este crack sin igual optó por ese nombre: "Garrincha, alegria do povo".

Su vida parece sacada de algún retazo del memorable film brasileño Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles. Una vida ardua, de favelas, de violencia, también de hambre. "Lucha y nunca sobrevivirás... Corre y nunca escaparás...", era el eslogan de la película. Y eso hizo Garrincha en su recorrido: luchó primero entre las carencias que le ofrecía Río de Janeiro y contra los augurios de los médicos, que señalaban que no podría jugar al fútbol; corrió luego por los terrenos del mundo para ganarse la vida y la historia. Un libro reciente, del chileno Reinaldo Marchant, lo define desde el título: "El Angel de las piernas torcidas".

Nada de él hacía imaginar lo que fue: uno de los más grandes futbolistas de todos los tiempos. Hijo de africanos e indígenas, tenía los pies girados hacia adentro, su pierna derecha era 6 centímetros más larga que la izquierda, su columna vertebral estaba torcida y sus problemas se agravaron por una severa poliomielitis. Le ganó a todo eso. Y se convirtió en mago de la raya, en un wing capaz de todo en cualquier momento. Es el máximo ídolo de la historia del Botafogo (con el que ganó tres campeonatos cariocas y dos Copas Río-San Pablo) y obtuvo dos títulos del mundo con Brasil (en Suecia 1958 y en Chile 1962, donde también fue goleador). Armando Nogueira, periodista de TV Globo, explicó alguna vez: "Garrincha es el único jugador del mundo que hizo millonarios a seis compañeros de equipo, sirviéndoles goles hechos: Amarildo, Altafini, Vavá, Paulo Valentim, China y Chinezinho". Tremenda paradoja: Mané murió abrazado a la más extrema pobreza.

Hay una anécdota, ya casi con carácter mitológico o de leyenda, que lo retrata como lo que fue: un jugador maravilloso al servicio del carácter lúdico del fútbol. Cuando el árbitro del encuentro definitorio del Mundial de 1958, el francés Marcel Guigue, señaló el final, Garrincha -al ver a sus compañeros correr para abrazarse y celebrar el triunfo- preguntó qué sucedía. Cuando se enteró de que todo había terminado y que eran campeones, él se disgustó. Había una razón poderosa: quería seguir jugando.

Sobre él, contó el escritor uruguayo Eduardo Galeano: "Cuando él estaba allí, el campo de juego era un picadero de circo; la pelota, un bicho amaestrado; el partido, una invitación a la fiesta. Garrincha defendía a su mascota, la pelota, y juntos cometían diabluras que mataban de risa a la gente. Él saltaba sobre ella, ella brincaba sobre él, ella se escondía, él se escapaba, ella lo corría. En el camino, los rivales se chocaban entre sí". A Garrincha también lo cuentan los números: para Botafogo convirtió 244 goles y de los 60 encuentros que disputó para Brasil, sólo perdió uno.

Su vida de excesos lo condenó pronto: a los 49 años, lo mató una cirrosis. Estaba solo, más allá de los muchos hijos que tuvo por varios rincones de Río de Janeiro. Lo velaron en el Maracaná, ese lugar en el que Garrincha había hecho lo que mejor sabía: regalar alegrías. La gente lo lloró por varios días y varias noches. El inmenso Mané tal vez nunca supo que había generado en los demás lo que casi nunca había conseguido para él: felicidad.

Texto publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo y en Misión Mundial, de Clarín.



Post publicado desde Durban, Sudáfrica.

Cine:

Imágenes de Alegria do povo, la película más significativa sobre Garrincha.

Más:
Detelles del film, en IMDB.

miércoles, junio 09, 2010

Soy vecino de Madiba



Dice una remera que ahora llevo puesta: "I'm Madiba's neighbour" (soy vecino de Mandela). Y tiene un número: 46665. No es azar: es el número de la celda de la lado a la del líder sudafricano en los días duros del apartheid. Mañana me pondré otra remera que es negra y que cuenta una verdad que Mandela hizo frase: "History depends on who wrote it" (la historia depende de quién la escribió).

Post publicado desde Ciudad del Cabo, Sudáfrica.

viernes, mayo 14, 2010

El adiós a la Rana docente



Lo supo pronto: Rana quería ser docente aunque jamás le pagaran un sueldo. Quería explicar su mundo, ese que había aprendido entre los rigores de algunas calles que no merecía vivir; tal vez comiendo poco y mal, hurgando comidas, mendiga de cariño.

Entonces, cuando se adaptó a Blanco Encalada, Rana comenzó a enseñar:
Dio lecciones de tolerancia y de gratitud.
Dirigió todas las Cátedras sobre afecto y lealtad que las facultades no ofrecen.
Explicó, mansamente, que para defenderse no es necesario atacar.
Que los espacios se ganan con paciencia.
Que la advertencia siempre es mejor que la reacción.
Que la tristeza se puede curar o sobrellevar con cucharitas.
Que la magia no es patrimonio exclusivo de los magos; los gatos también pueden.
Que quejarse sólo sirve para lo imprescindible: mimos y comida.
Que para construir también hay que conceder (si lo sabrá Reini ahora...).

Por ahí anduvo Rana dando clases gratuitas para personas apuradas. Ahora se nos fue del mundo. Pero nos dejó aquella generosidad de docente vocacional.
Me lo dijo Martín cuando me ofreció adoptarla: "Es un ser divino, especial". Mi amigo no había exagerado ni apenitas. También por eso duele la injusticia: habiendo tantos humanos haciendo animaladas el Tipo de Arriba decide llevarse a este animal tan humano que tanto tenía para ofrecer.
Tal vez, cuando pase el dolor, nos demos cuenta de que el Tipo de Arriba tenía razón: el lugar de Rana estaba en el cielo.

Adiós Rana. Gracias por tanto. Perdón por tan poco...

W & los Raneros.

miércoles, mayo 12, 2010

Xote da Alegria



Brasil, esa magia, esa música de forró (fojó) en la voz y en las melodías de Falamansa, esos recuerdos siempre habitables. Por eso, esta canción: Xote da Alegria.

Se um dia alguém mandou
Ser o que sou e o que gostar
Não sei quem sou e vou mudar
Ser aquilo que eu sempre quis
E se acaso você diz
Que sonha um dia em ser feliz
Vê se fala sério
Pra que chorar sua magoa?
Se afogando em agonia
Contra tempestade em copo d'água
Dance o xote da alegria--a----ra--re--re
Um dê run dê run dê


El forró (fojó) es un género musical y una danza brasileña que tiene sus orígenes en Europa y en Africa. Es especialmente popular en las ciudades de Caruaru y Campina Grande, donde resulta símbolo de la Fiesta de San Juan. En Fortaleza, Natal y Recife son promovidas como grandes fiestas y duran toda la noche.
El Forró es un conjunto de varios estilos musicales, y no de uno solo. Entre varios ritmos diferentes que son frecuentemente identificados como forró, se destacan el "Baião", el "Coco", el "Rojão", la "Quadrilha", el "Xaxado", el "Xote", y "Forro Dos Cumpadre".

domingo, mayo 02, 2010

Antes



Lo escribió y lo canta Jorge Drexler, ese entrañable uruguayo. La canción se llama "Antes". Habla también y sobre todo del significado de "nosotros".

Antes de mí tú no eras tú,
antes de tí yo no era yo.
Antes de ser nosotros dos
no había ninguno de los dos,
no había ninguno de los dos.

Antes de ser parte de mí,
antes de darte a conocer,
tú no eras tú y yo no era yo,
parece que fuera antes de ayer.

Antes que nada
yo quiero aclarar
que no es que estuviera tampoco pasándolo mal antes.

Pero algo de mí, yo no supe ver
hasta que no me lo mostró,
algo de tí, que quiero creer
que no vio nadie antes que yo,
que nadie vio antes que yo

Después de todo
lo que quiero es decir
que no entiendo como podía vivir antes,
no entiendo como podía vivir antes
no entiendo como podía vivir.

Antes de irme
yo debo decir:
yo también pensaba que era feliz
No entiendo como podía vivir antes.

sábado, mayo 01, 2010

Bendito seas...


"El principio fundamental de la anarquía es la abolición del salario y la sustitución del actual sistema industrial y autoritario por un sistema de libre cooperación universal, el único que puede resolver el conflicto que se prepara. La sociedad actual sólo vive por medio de la represión, y nosotros hemos aconsejado una revolución social de los trabajadores contra este sistema de fuerza. Si voy a ser ahorcado por mis ideas anarquistas, está bien: mátenme".

Albert Parsons, Mártir de Chicago, tenía 39 años. Era periodista. Pero sobre todas las cosas, era mago: todavía vive aunque lo mataron en la horca.

viernes, abril 23, 2010

Un discurso de casi cuatro décadas





Exposición de Gabriel García Márquez en la aceptación del Premio Nobel de Literatura de 1982, ante la Academia Sueca. Palabras con una vigencia que asombra. Un discurso de casi cuatro décadas.

Más:
El texto completo, acá.

sábado, marzo 27, 2010

El tango, ese poema


Poema "El Tango", escrito por Miguel Camino. Un homenaje a su geografía inaugural, Parque de los Patricios, cuando se llamaba Barrio de los Corrales Viejos.

Nació en los Corrales Viejos
allá por el año ochenta.
Hijo fue de la milonga
Y de un taita de arrabal
Lo apadrinó la corneta
Del mayoral del tranvía,
Y los duelos a cuchillo
Le enseñaron a bailar.

*Desde octubre de 2009 el tango es considerado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO.

viernes, marzo 19, 2010

Bendita tu locura de sol



Se va el sol del verano. De esta estación con Eduardo Galeano como perfecto guardián de mis inquietudes. Hay brillos, de todos modos, en la despedida. Son -seguro- las luces y el fuego de las palabras de este montevideano, tenaz fabricante de un mundo mejor.

viernes, marzo 12, 2010

El impecable entrevistado

Eduardo Galeano prefiere las entrevistas con medios menores, con periodistas despojados de la farsa televisada. Acepta las consultas de los medios poderosos, pero no hace concesiones. No busca la exposición. Tiene algo mucho más importante para hacer: ofrecer un espacio para la reflexión.







domingo, marzo 07, 2010

Los criminales desnudos





Son filosas sus palabras. No recorren caminos intermedios ni descansan en ninguna comodidad. Crecen, galopan, denuncian. Desnudan a esos criminales impunes: el hambre, los miedos impuestos, los demonios inventados.

sábado, febrero 27, 2010

Detalles sobre el miedo y la desconfianza



Cada pausa de Eduardo Galeano es una invitación a reflexionar. Pero sobre todo, una ansiedad: la de querer seguir aferrado a sus recorridos, a sus relatos.